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Castaños, Fernando. 2004. “Locos, muertos y ánimas en Pedro Páramo: los lugares de sus voces como rasgos de identidad”.  Discurso:cuadernos de teoría y análisis, no. 25. México. Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. 43-63.

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Locos, muertos y ánimas en Pedro Páramo: los lugares de sus voces como rasgos de identidad*

Fernando Castaños**

 Resumen

Ya por medio de contrastes desconcertantes, ya a través de retos sutiles, Pedro Páramo conduce el movimiento de nuestra mirada. Vamos de la historia a la palabra de la historia, y de ahí a la lectura de la palabra y de la historia, para regresar a la historia o a la palabra. El texto nos hace interrogarnos porque nuestras respuestas serán parte de la novela. Las cadencias de este andar nos dicen que en Comala tres tiempos dialogaban entre sí: el tiempo cronológico del callar, el tiempo detenido del musitar ye1 tiempo sin tiempo del murmurar.

 Palabras clave:  Lengua      Habla      Puntuación     Poder


Comala

Pedro Páramo, la novela del escritor mexicano Juan Rulfo, comienza con una oración simple, breve y categórica:

 Vine a Comala

El verbo venir, que denota un movimiento hacia el hablante, dirige la atención al sitio desde donde se habla. La conjugación en primera persona, no sólo dice que fue el hablante quien se movió y que lo hizo intencionalmente; subraya su presencia en este lugar. El tiempo del verbo muestra la llegada como un punto en el tiempo1[1] sin una ubicación clara. Indica, sí, un momento anterior al del habla, pero no expresa si ese momento es lejano o cercano. Entonces, el tiempo del habla, el ahora, queda mostrado con mayor nitidez.

Por contraste implícito, aparece apenas en la penumbra de la atención la partida; está en un sitio que está fuera del lugar de habla y en un tiempo distinto, quizá para el hablante en el mismo periodo que la llegada.

Estos rasgos del significado de la primera oración se repiten en la siguiente, que forma con ella un solo enunciado:

      porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

La intencionalidad es recalcada por la palabra “porque”, que liga las dos oraciones y confiere a la segunda el carácter de una expresión de razón. “Me dijeron”, que en este contexto nos remite al lugar de partida, entraña una toma de distancia por parte del expositor. Fueron otros, no él, quienes afirmaron que en Comala vivía su padre.

El distanciamiento es subrayado por la indefinición del sujeto del verbo, ellos. Plural y tácito, este pronombre —válgase la designación— no sustituye a expresión referencial alguna, puesto que carece de antecedente; más bien, la evita. Fueron otros que no importan; no tendría caso replicarles. Como si ello no bastara, por medio del también indeterminado “un tal”, el hablante reitera su posición, o mejor dicho su falta de posición, en relación con lo que le fue dicho en el lugar de partida. Con esa elección nos dice que no podría identificar a Pedro Páramo, que no podría relacionar el nombre con e] nombrado.

 El sitio desde donde surge la palabra del relato vuelve entonces a recibir la mayor atención, “Acá” señala un área en cuyo centro está presente la persona que habla. Además, lo que aquí acontece interesa, ya no como un punto que ocurre en la línea del tiempo que lleva al presente, sino como algo que transcurre, que merece ser observado bajo una lupa que muestre su tiempo interno. A diferencia del pasado simple en “me dijeron”, que nos pide abstraer las dimensiones de la plática, el copretérito en “vivía” nos hace pensar en la duración de la existencia.

De esta manera, acompañando al enunciado “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, la mirada del lector atisba el allá de la partida, se aparta de ese lugar y se posa en el aquí del enunciador. Se pregunta uno entonces, naturalmente, cuál es este lugar y hasta dónde llega: ¿quién dice “vine” y, al decirlo, señala a Comala?, ¿qué es Cornala?, ¿qué sitios abarca el demostrativo “acá”?, ¿quién, o quiénes, se encuentran en su extensión? Queremos sobre todo saber a quién se dirige el enunciador, que es lo mismo que querer saber si está hablando a otra persona que está con él. ¿O lo que tenemos es un texto escrito para acercar al destinatario? ¿Una carta quizás? ¿Un testimonio autobiográfico dirigido anónimamente a quien corresponda? ¿A nosotros?

A mirar de esta manera, interrogando al texto, dudando de nuestra lectura, nos incita el autor. Podemos aseverarlo. “Vine a Comala Porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” tiene un ritmo poético:

TÁ-ta-ta-TÁ-ta-TÁ-ta-ta-ta-TÁ-ta-ta-TÁ-ta-TÁ-ta-ta-TÁ-ta-ta-ta-TÁ-ta-TÁ-ta-ta

Sólo pudo haber sido producto de una selección cuidadosa de cada palabra, de cada sílaba. Sí cupiera alguna duda, tenemos la evidencia editorial. Los dos primeros fragmentos de la novela aparecieron con el título “Un cuento” en Las Letras Patrias y con el de “Los murmullos la Revista de Universidad de México en 1954, es decir, antes de la publicación de todo el libro por el Fondo de Cultura Económica en 1955. En dicha versión de cuento corto, en el espacio que ahora ocupa “Vine a Comala” encontrábamos “Fui a Tuxcacuexco”; y en el de “aca”, estaba “allá”.

Además de estos cambios que son parte de una lista larga, la versión actual “presenta la supresión de palabras o frases en 18 ocasiones y la introducción de una o dos palabras en otras nueve.”[2] Se ha dicho con razón que “todo ello evidencia un esfuerzo del autor en busca de
una mayor perfección”.
[3]

Efectivamente, Juan Rulfo se exigió mucho. Según él mismo lo refiere, el texto completo, que consta de 127 cuartillas, es el producto de una depuración en la que se deshizo de más de 150.[4] Se exigía mucho: en raras ocasiones habló de otra novela que quiso y no logró escribir, o escribió y destruyó, La Cordillera, y habló de ella sólo para externar insatisfacción.[5]

El cuidado empeñado en resolver la sintaxis y el léxico de cada enunciado han de corresponderse con una lectura consciente de sí. Ya por medio de contrastes desconcertantes, ya a través de retos sutiles, Pedro Páramo nos hace leer su lectura.[6]

Después de las frases vagas “me dijeron” y “un tal Pedro Páramo” en la segunda parte del primer enunciado, tenemos una oración aún más rotunda que la del inicio:

      Mi madre me lo dijo.

“Mi madre” puesto por singular y explícito, al indefinido ellos que sólo está esbozado en el sufijo de “dijeron” —aparece en el primer lugar de la estructura de la oración, en el que corresponde al tema del que se habla. El narrador no está tratando ya la razón por la que fue a Comala, que es lo que el lector esperaría —que la desarrollan después de haberla presentado. De hecho, es ahora la razón Jaque queda tácita. En el centro de la atención están, la persona que afirmó y el hecho de haber afirmado el compromiso con lo dicho; lo afirmado el contenido ha pasado a un segundo plano.

Este contrapunto temático nos hace inquirir nuevamente al texto. ¿Por qué la madre del narrador —ella tan clara y tan presente para él en este momento— era un instante antes un ellos que ni siquiera estaba mencionado? Yal hacerlo, el lector se interroga a sí: “habré leído bien?” “Sí, aquí[7] está:

      Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo.” (p. 15)

El lector ha citado, entonces, los dos enunciados en unidad como arte de un diálogo consigo.

Aquí está: “me dijeron” y “me lo dijo”. Vemos, por la transposición pronominal,[8] la correferencia forzada entre mi madre y ellos,[9] que la madre del hablante es para él una figura que oscila entre la ausencia y la presencia. Volvemos a preguntarnos qué es Comala, este acá que hace al narrador vivir tan intensamente y mostrar de manera tan abrupta un recuerdo que acaso quería evitar o, al menos, quería evitar compartir. O —podría ser?— ésta es la historia que el narrador quiere contar realmente y el primer enunciado era sólo una manera de empezar a hablar.

Al mismo tiempo, encontrarnos la primera gota de la respuesta a una de nuestras primeras preguntas. Este titubeo del narrador, inscrito en las cadencias del autor, sólo puede ocurrir en un diálogo. El remitente de un testimonio escrito habría tenido tiempo de verificar la concordancia pronominal. Entonces nosotros no somos los destinatarios de la narración; somos los testigos, o quizá unos intrusos.

¿Pero por qué el diálogo no está marcado como tal? ¿Por qué no hay un guión o unas comillas? ¿Acaso no es el diálogo, sino un recuerdo, una traza del diálogo?

Las primeras dos líneas de Pedro Páramo, con sus palabras sencillas, con la secuencia desconcertante de sus frases, han llevado nuestra atención al habla y a lo hablado, a aquello de lo que se habla y a la manera en que leemos el habla, a las preocupaciones del hablante y a la forma en que su habla está escrita en la página. Con avidez de respuestas, volvemos al texto. Y encontramos que este rápido y suave movimiento de nuestra mirada, que va de la historia a la palabra de la historia, y de ahí a la lectura de la palabra y de la historia, para regresar a la historia o a la palabra, anticipa un vaivén de la voluntad del narrador. El cuenta que sin quererlo, o sin saber si lo quería o no, prometió a su madre ir a buscar a Pedro Páramo:

      Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. (p. 15)

De la misma manera, más adelante nos dice:

      Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. (p. 15)

Lo que no sabemos ahora, y queremos saber, es si el narrador ha actuado por decisión, por azar o por designio. Esta duda se refuerza cuando él, en el siguiente pasaje, cuenta la llegada. Se encontraba en un cruce de varios caminos cuando apareció un arriero y le preguntó:

      — ¿Conoce un lugar llamado Comala?

      — Para allá mismo voy.

      Y lo seguí. (p. 17)

A esta nueva interrogante se añade otra. Una página y media antes, como parte del mismo pasaje, es decir, de la misma narración de la llegada, tenemos esta pregunta del narrador al arriero:

      — ¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

      — Comala, señor. (p. 16)

Pero “¿Conoce un lugar llamado Comala?” no puede haber sido preguntado después de preguntar “Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?”, y menos aún después de haber obtenido “Comala” como respuesta. ¿Qué significa esta yuxtaposición de los tiempos? Nuevamente, nos cuestionamos: ¿estaré leyendo mal?

Así, de duda en duda, pasaje tras pasaje, el texto de Pedro Páramo va construyendo una certeza: hay un mundo en Comala en el cual el destino y el azar se identifican porque allí la voluntad actúa en momentos que, más que formar tiempo, constituyen eternidad. En sus calles solitarias, como en los parajes secos y soleados que la rodean, lo que pasó después ocurre simultáneamente y lo que quizás hizo el arriero es lo que inevitablemente hará. Los acontecimientos se confunden porque no transcurren, están atrapados.

Ése es el mundo de las ánimas en pena, que andan buscando vivos que recen por ellas, un mundo en el que, lo advertirá el narrador, las palabras que se oyen no tienen sonido, no suenan, se sienten, “pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños” (p. 66).

¿De qué otra manera sería comprensible que el narrador, al cruzar una bocacalle, haya visto “una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera” y luego volvió a cruzarse frente a él (p. 20)? ¿O que, como lo cuenta: “toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto” (p. 21)?

Es también la única forma de dar sentido a las palabras que ofrece al narrador Damiana Cisneros, quien lo había cuidado cuando nació y ahora fue a ofrecerle hospitalidad:

      Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. (p. 59)

Si a la mitad de la novela no estamos totalmente seguros, si la certeza no es completa, ello es porque no hemos encontrado todavía respuesta cabal a las primeras interrogantes. Más bien, hemos recogido claves de su importancia. Dos pasajes después del de la llegada, en uno muy breve, el narrador había referido dos veces que permaneció en Comala. Primero dijo:

      Me había quedado en Comala. (p. 22)

Unas líneas más adelante afirmó:

      Y me quedé. A eso venía. (p. 22)

La definición insuficiente del lugar desde donde habla el narrador se va volviendo cada vez más inquietante —o fue siendo cada vez más inquietante, porque ahora nos estamos observando y nos vemos retrospectivamente también. Asimismo, se va volviendo cada vez más conspicua la anomia de él. En ese mismo pasaje nos enteramos que el arriero se llamaba Abundio y conocimos el nombre de una persona que podía dar alojamiento al narrador: doña Eduviges. Pero seguimos sin saber quién es él. Sólo habíamos aprendido que se trata de un
hijo de un tal Pedro Páramo, quien, según Abundio, había muerto hace muchos años, aunque lo describía como un rencor vivo. Por oposición a las designaciones propias de los otros personajes, la carencia de una suya se volvió un signo tangible que queremos descifrar.

Después del próximo pasaje, en el que aprendimos que de niña Eduviges Dyada fue amiga de la madre del narrador de “Vine a Comala”, se duplicó el espacio de nuestras interrogantes, pues los siguientes tres pasajes parecían estar narrados por una persona distinta. En ellos, había descripciones más largas que las que habíamos visto, como la siguiente:

      Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba rodos los colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire. (p. 25)

Son descripciones que contienen palabras como “irisaba”, que no diría el narrador de “Vine a Comala’. Y, sobre todo, en los enunciados que constituyen la estructura narrativa de estos pasajes no aparece la primera persona, aunque se encuentran intercalados de manera naturtal, y marcados con guiones o comillas, fragmentos de diálogos o de pensamientos en que los personajes dan cuenta de sí, como éste:

      Alzó la vista y miró a su madre en la puerta.

      —Por qué tardas tanto en salir? ¿Qué haces aquí?

      —Estoy pensando. (p. 26)

Estos tres pasajes que, si se encontraran al principio del libro, no despertarían curiosidad alguna, nos hicieron interrogarnos por qué hay dos narraciones. ¿Significa ello que hay dos narradores, uno que cuenta su propia historia y otro que relata la de un tercero? Ciertamente, estos
pasajes, por sí, no hubieran hecho surgir la expectativa por saber cuál es presente del narrador o el sitio desde donde habla; no hay en ellos nada que dirija la atención hacia la enunciación. Sin embargo, en contraposición con los primeros, nos llevaron a preguntarnos si habría dos lugares de habla y dos presentes narrativos —¿acaso dos tiempos?

Si ello fuera así, ¿cabría hablar de un propósito? ¿Se trataba de que, Por contraste la segunda narración subrayara el carácter de la primera? ¿O era simplemente una manera de recordarnos que estábamos leyendo una novela? Pero el cuidado puesto en cada palabra, cuidado que volvió a llamarnos la atención, nos dijo que podría haber razones mayores. Leímos:

      —Por qué no has ido a rezar el rosario? Estamos en el novenario de tu abuelo. (p. 29)

Y unas líneas más adelante:

       Entonces ella se dio vuelta. Apagó la llama de la vela, Cerró la puerta y abrió sus sollozos, que se siguieron oyendo confundidos con la lluvia. (p.29)

Era claro que para el narrador de la segunda narración, probablemente el autor mismo de la novela, distintas presencias definen espacios distintos, y en distintos espacios se manifiestan diferentes sentimientos. Entonces, sí, tendría que haber otro por qué. Además de decirnos que “Vine a Comala” había sido, efectivamente, el inicio de una plática que tenemos el privilegio de mirar desde fuera de su lugar, la segunda narración nos había dicho que en la novela quizá haya dos narraciones porque en cada una de ellas tendría voz algo distinto.

Por eso ahora al leer la siguiente pregunta nos detenemos a reflexionar:

      —Quieres hacerme creer que te maté el ahogo, Juan Preciado? (p. 78)

Por primera vez, escuchamos el nombre del narrador de “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.” Justo antes, en un pasaje muy breve, él contaba:

      El calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor, El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me faltó el aire que se necesita para respirar. (p. 78)

Concluía así:

      Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi. (p. 78)

Juan Preciado —ya lo sabemos— es un muerto, y el presente desde donde habla es el final de su vida, el tiempo que para él ya no tiene continuación. Dudamos. ¿Es éste el mismo tiempo de las ánimas en pena? Aquél parecía, más bien, un tiempo sin orden, en el que un acontecer puede repetirse como se repite el eco, no tiene hechos antecedentes ni subsecuentes y sus causas pueden ser simultáneas, como sus efectos. Éste, en cambio, es un tiempo detenido, que vive sobre todo del recuerdo de hechos pasados que sí ocurrieron en secuencia.
Otra vez, se pregunta el lector: ¿estaré leyendo bien? Y continúa leyendo la réplica que hace a Juan Preciado la persona que platica con él:

      Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis… ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de la que hablas, nos hubieran Faltado las fuerzas para llevarte y contimás para encerrarte, Y
ya ves, te enterramos. (pp. 78-79)

Se trata de una muerta enterrada junto a él y que después proporciona su nombre: Dorotea. Al continuar la plática, él acepta la versión de ella y la amplía. Le dice que llegó a la plaza atraído por un murmullo que tomó por bullicio. Comenzó a sentir que el bisbiseo se le acercaba y daba vueltas a su alrededor:

      …hasta que alcancé a distinguir unas palabras casi vacías de ruido:
“Ruega a Dios por nosotros.” Eso oí que me decían. Entonces se me helé el alma. (p. 81)

Juan Preciado es un muerto y habla desde su sepultura en un presente que sólo tiene pasado. Su relato es parte de un dialogo con otra muerta, y por la manera en que ha hecho referencia a las ánimas que aparecen y desaparecen, ellas parecen estar para él fuera del espacio en que habla con Dorotea Ahora él marca claramente la distancia entre ellos, lo que platican, y ellas, las ánimas que le pedían sus ruegos a Dios. “Eso”, y no “esto” fue, no lo que dijeron, sino lo que él oyó que decían.

Si seguimos leyendo, vemos que el mundo de Juan Preciado y Dorotea es un mundo en el que el mínimo sonido se capta. Ellos perciben la lluvia y el cambio del viento. A diferencia de las palabras de las ánimas, que más que sonar se sentían, los susurros de la mujer que ocupa la caja enterrada al lado se escuchan y se distinguen, como se escucha también el removerse de aquel hombre que yace más lejos y con la humedad se remueve entre sueños.

Entonces, ¿en Comala el mundo de las ánimas y el de los muertos son dos? Dos pasajes más adelante tenemos la confirmación. Dorotea platica:

      —…El Cielo para mí, Juan Preciado, está aquí donde estoy ahora.

      — ¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?

      — Debe andar vagando por la tierra como tantas otras… Tal vez me odie por el mal trato que le di; pero eso ya no me preocupa. He descansado del vicio de sus remordimientos. (p. 88)

En el mismo instante, es evidente que los lectores somos los destinatarios anónimos del segundo narrador. Si él está, como nosotros, fuera del espacio de habla de los muertos, nuestra relación con su relato no es la misma que con el de Juan Preciado. Frente a aquél, no somos la tercera persona que observa, sino la segunda a quien se dirige.

El presente desde el cual tiene lugar la segunda narración es el de la lectura. Es por lo tanto un presente variable, y no puede ser un punto de referencia para ubicar los acontecimientos narrados. Por eso, con frecuencia se hace aquí alusión a las relaciones temporales de unos con otros, a sus propios tiempos. En los siguientes pasajes, que pertenecen a esta narración, tenemos:
Al amanecer, gruesas gotas de lluvia calleron sobre la tierra. Sonaban huecas al estamparse en el polvo blando y suelto de los surcos. (p. 83)

      — Mañana mandas matar ese animal para que no siga sufriendo. (p. 91)

El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la duren de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. (p. 91)

Empezamos a ver con mayor claridad por qué se requieren dos narraciones. Desde la perspectiva del segundo narrador se observa el mundo de los vivos que también es Comala. En él, los aconteceres sí tienen un ordenamiento y sí hay un futuro:

      Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos… Dio hasta tres bocanadas de aquel sabor… “¡Vaya! —dijo—. Otro buen año que se nos echa encima.” (p. 83)

En él sí hay causas antecedentes:

      [El padre Rentería] duró varias horas luchando con sus pensamientos, tirándolos al agua negra del río.

      “El asunto comenzó —pensó— cuando Pedro Páramo, de cosa baja que era, se alzó a mayor. Fue creciendo como una mala yerba. Lo malo de esto es que todo lo obtuvo de mí: “Me acuso padre de que ayer dormí con Pedro Páramo.” “Me acuso padre de que tuve un hijo de Pedro Páramo.” “De que le presté mi hija a Pedro Páramo.”

      Siempre esperé que él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo. (pp. 91-92)

Este, el de los vivos, es un mundo que vive entre el silencio y el estruendo. Aquí no hace falta que, para librarse de los revolucionarios que lo han increpado y amenazado, Pedro Páramo, dueño de la Media Luna y cacique de Comala, instruya a Damasio, el Tilcuate; basta con que le pregunte:

      — ¿Quién crees tú que sea el jefe de estos?

      — Pues a mí se me figura que es el barrigón ese que estaba en medio y que ni alzó los ojos. Me late que es él… Me equivoco pocas veces, don Pedro.

       No, Damasio, el jefe eres tú. ¿O qué, no te quieres ir a la revuelta? (p. 126)

Aquí, el duelo de Pedro Páramo por la muerte de Susana San Juan es acompañado durante tres días por el repique de las campanas de tres iglesias5 “todas por igual, cada vez con más fuerza”, tanta que es atraída “como en peregrinación” gente de otros rumbos (pp. 147-48):

      Quien sabe de dónde, pero llegó un circo, con volantines y sillas voladoras. Músicos (…) Comala hormigueó de gente… (p. 148)

Entonces, en ese mismo instante de la lectura, cuando cobraron plenamente forma los dos mundo, el de los vivos y el de los muertos, también cristalizó frente a nosotros una distinción que Eduviges Dyada había presentado con toda intensidad, pero sin nombrarla propiamente, entre los vivos y las ánimas. Explicaba a Juan Preciado por qué el caballo de Miguel Páramo iba y venía a galope por el camino de la Media Luna, como sufriendo de desamparo o de remordimiento. Una noche llegó él a tocar la ventana de ella. Se asomó y le preguntó:

     — ¿Qué pasó? (…) ¿Te dieron calabazas?

      — No. Ella me sigue queriendo —respondió Miguel. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no se qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a  los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.

      — No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y eso ya es otra cosa.

      — Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre (…)

      — Mañana tu padre se torcerá de dolor (…) Lo siento por él. (p. 37)

Loco no, muerto entraña vivo no, muerto, porque en la estructura semántica de la lengua, loco es hipónimo[10] de vivo y vivo es opuesto de muerto. Pero loco no, muerto, dentro del diálogo entre Eduviges y Miguel, también quiere decir loco no, como loco, porque Eduviges asume las premisas de Miguel. Para los vivos cuerdos los lugares son sitios constantes; y para Miguel, el pueblo de su novia, Contla, es un lugar evanescente. 

Ahora, si estar como loco quiere decir estar sin encontrar su sitio, como está el caballo de Miguel, y no estar loco significa no estar vivo, cuando Eduviges dice a Miguel no, loco no, debes estar muerto, le está diciendo eres un alma desamparada que no encuentra su lugar. Sin embargo, con toda la fuerza que tiene loco no, muerto, sólo podemos aprehender las palabras de Eduviges Dyada en su medida cabal cuando hemos visto que las ánimas no tienen un presente desde el cual narrar y, por medio de la narración de Juan Preciado o la del segundo narrador, hemos aprendido que andan buscando un lugar para su voz, porque necesitan un mensajero que lleve su ruego.

La distinción conceptual que subraya la similitud entre los vivos locos y las almas perdidas cierra el triángulo que había sido dibujado por la diferenciación, primero, entre el mundo de las ánimas y el de los muertos y, luego, entre el de los muertos y el de los vivos. Pero al ver equidistantes los tres mundos y haber visto que en el de los vivos el único contrapeso del poder es la desmesura que el mismo poder engendra, se invierte la pregunta que no acaba de responderse: ¿por qué un relato que, por sí, dirigiría toda la atención a lo relatado, es acompañado por una narración que se centra en el narrador?

La pregunta es menos inquietante ahora que antes, porque su respuesta se deriva casi por completo de las que ya tenemos. Sabemos que la realidad desolada de Comala solamente puede verse con claridad si se ve desde los tres puntos de vista, el de las ánimas, el de los muertos y el de los vivos, porque allí la indefinición, la fatalidad y la decisión son afines.

Pero si bien el interrogarnos se ha vuelto más sosegado, sigue siendo parte de la lectura —sólo que ahora la lectura tiene otro tempo, más agil y más suave. Si leyéramos sin dudar, no comprenderíamos el final en toda su dimensión. Vemos que Pedro Páramo ya casi no hablaba y no salía de su cuarto. Había jurado vengarse de Comala por el jolgorio y el estrépito que siguió a la muerte de Susana San Juan:

      — Me cruzará de brazos y Comala se morirá de hambre.

      — Y así lo hizo. (p. 148)

Sentado en un viejo equipal, recordaba la luz de la luna sobre el rostro de la mujer que había idolatrado. Llegó Abundio el arriero a pedir caridad:

      —Vengo por una ayudita para enterrar a mi muerta. (p. 154)

Damiana Cisneros, quien, nos hemos enterado, era la caporala de todas las sirvientas de la Media Luna porque de joven se dio a respetar y no abrió la puerta de su cuarto a Pedro Páramo, rezaba:

      De las asechanzas del enemigo malo, líbranos, Señor. (p. 153)

      La cara de Pedro Páramo se escondió debajo de las cobijas como si se escondiera de la luz, mientras que los gritos de Damiana se oían salir más repetidos, atravesando los campos: “¡Están matando a don Pedro!” (p. 154)

Por el camino de Comala llegaron unos hombres que la levantaron del suelo.

      — ¿No le ha pasado nada a usted, patrón? —-preguntaron.

      Apareció la cara de Pedro Páramo, que sólo movió la cabeza.

      Desarmaron a Abundio, que aún tenía el cuchillo lleno de sangre en la mano:

      — Vente con nosotros — le dijeron. En buen lío te has metido. (p. 155)

El siguiente pasaje, el último, nos dice que Pedro Páramo “sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo.” (p. 156)

      De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. “Con tal de que no sea una nueva noche”, pensaba él.

      Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad (…)

      Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué (…) Tendré que oirlo… hasta que se le muera la voz. (p. 157)

¿Se está muriendo porque Abundio lo acuchilló? ¿Por el miedo de encerrarse con sus fantasmas? ¿Fue realmente acuchillado? Si Abundio vendrá y repetirá y repetirá que viene por una ayudita para enterrar a su muerta, ¿entonces es un ánima? ¿O Pedro Páramo es ya un ánima, y está condenado a vivir una y otra vez un arrepentimiento que no puede lograr?

Frente a la tierra, antes pródiga, ahora en ruinas, Pedro Páramo cae “suplicando por dentro, pero sin decir una sola palabra”:

      Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras. (p. 157)

Las últimas preguntas ya no tienen respuesta, y en ello radica su valor. Nos muestran que la vida de Comala y la de Pedro Páramo estaban tan íntimamente unidas que terminaron juntas. Nos recuerdan que Comala es tres lugares: el espacio confinado de un sepulcro, un área extensa que abarca un pueblo abandonado y los latifundios de un cacique y una región indefinida cuyos sitios no son tales. Nos dicen que en Comala tres tiempos dialogaban entre sí: el tiempo detenido del musitar, el tiempo cronológico del callar, y el tiempo sin tiempo del murmurar. Nos enseñan que la realidad de Comala, con sus tres mundos, era una.

Entonces, las primeras preguntas cobran cabal dimensión. El ritmo de la lectura, que pauta el tiempo y el espacio de la novela, es parte del libro porque los tiempos y los espacios del habla, con sus formas de decir y de percibir, definen a los vivos, a los muertos y a las ánimas; y hay dos narraciones porque los cruces de sus perspectivas establecen las coordenadas del universo en el que se encuentran unos con otros.

 

Post scriptum

Es la existencia de tres mundos en Pedro Páramo, y no dos como lo ha dicho Carlos Fuentes,[11] lo que hace de este libro, en palabras del propio Fuentes, una “novela mexicana esencial, insuperada e insuperable”. Historias de dos mundos se han escrito muchas.

Además de ser insuficiente para sustentar las tesis que él mismo plantea, el señalamiento de Fuentes se desprende de observaciones equivocadas sobre el orden de los cuadros que pertenecen a las dos narraciones, la que aparece en primera persona y la que está escrita en tercera persona. No es que al principio tengamos la narración de Juan Preciado con algunos cuadros intercalados de la narración del autor, y en la segunda parte la narración del autor casi exclusivamente; si bien los primeros cinco cuadros pertenecen a la narración de Juan Preciado, y los últimos cinco a la del autor, lo que pudiera haber dado lugar a la observación de Fuentes, las dos narraciones están entrelazadas de principio a fin, como lo hace notar González Boixo en el prólogo a la edición de Letras Hispánicas (1990). Si agrupamos los cuadros de cada narración que ocurren en secuencia estricta, después del primer grupo de cuadros de Juan Preciado, tenemos un grupo de tres cuadros del autor, luego uno de Preciado y luego otro del autor, y así se van conformando dos series que podemos representar de la siguiente manera:
[JP]: 51112811111

      [A]: 31563139285

Aquí, cada cifra representa el número de cuadros de que consta un grupo, y su lugar en el conjunto de las dos series (leyendo de izquierda a derecha) representa el lugar en que el grupo aparece en el texto. Por ejemplo, el grupo de 6 cuadros del autor ocurre después de un cuadro solo de Juan Preciado y antes de su grupo de 2 cuadros.

Sin ese entrelazamiento, no sería posible que la lectura entrara a la obra para desempeñar su papel (y no otro), y sin ese papel, efectivamente sólo quedarían dos mundos, el de Juan Preciado y el de Pedro Páramo, porque no podrían distinguirse los lugares que no están en ningún espacio de los lugares que están en la Media Luna. Lo único que separaría a los mundos de Comala sería, en palabras de Fuentes, “el río de la muerte”, y —entonces sí— habría uno de cada lado.

Por lo anterior, habría que cuestionar la decisión de la Fundación Juan Rulfo de modificar la puntuación al final del cuadro 11 de la novela. En las ediciones anteriores (y en el texto establecido por López Mena)[12] se tiene:

      “Y el mozo de la Media Luna se fue.”

      — ¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? — me preguntó a mí.

En cambio, en la edición de la Fundación Juan Rulfo[13] aparece:

      “Y el mozo de la Media Luna se fue.

      “Has oído alguna vez el quejido de un muerto?”, me preguntó a mí.

La eliminación de los guiones y el cambio de lugar de las comillas reubicación la pregunta de Eduviges Dyada. Antes pertenecía a un diálogo de ella con Juan Preciado; ahora se encuentra en un diálogo de ella con un mozo, el que a su vez forma parte de un relato que ella cuenta a Preciado. Esto le da a la voz de Dyada en el momento de enunciar la pregunta un lugar de enunciación que no le corresponde; además, el hueco que queda desdibuja el lugar de la respuesta de Preciado. Y como los lugares de enunciación distinguen a los muertos de las ánimas y de los vivos, la modificación socava la construcción de los tres mundos por Juan Rulfo.

Ahora bien, por el cuidado extremo de esa edificación, que se aprecia tanto en la sintaxis simple de Vine a Comala, como en la puntuación compleja del cuadro 11, quizá habría que poner en duda también la clasificación de Pedro Páramo como texto del llamado “realismo mágico”. Esta designación nos habla de relatos de un mundo en el que convive lo extraordinario con lo trivial, y quizá nos sugiera dos mundos en convivencia, el de lo cotidiano y el de lo insólito. Pero “realismo mágico” no hace justicia al arte de mostrar el derrumbamiento de la promesa de felicidad que fue Comala para Doña Doloritas, la madre de Juan Preciado. Esta clasificación deja fuera el contraste entre los tres mundos de Comala, y por ende no puede reflejar cómo el rigor sigiloso de la muerte, la ingravidez inconsecuente de la pena, y la elusividad abrumadora del poder se conjugaron, yal conjugarse secaron los sueños de las mujeres de la Media Luna y consumieron las ilusiones de sus hijos.

 

Bibliografía

Benítez, Fernando. 1980. “Conversaciones con Juan Rulfo”, en Juan Rulfo:
Homenaje Nacional.
México: INBA.

Fuentes, Carlos. 1990. Valiente mundo nuevo: épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana. Madrid: Mondadori.

Iser, Wolfgang. 1989. Prospecting: from reader response to literary
anthropology.
Baltimore y Londres: The Johns Hopkins University Press.

Lyons, John. 1977. Semantics (dos volúmenes). Cambridge: CUP.

Ruffinelli, Jorge. 1992. “La leyenda de Rulfo: cómo se construye el escritor desde el momento en que deja de serlo”, en Juan Rulfo: Toda la obra,      edición crítica coordinada por Claude Fell. Colección Archivos, auspiciada por la Unesco con la ayuda de los ministerios de cultura de España y Francia.

Rulfo, Juan. 1955 (primera edición). Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica.

Rulfo, Juan. 1964 (sexta edición y primera de la Colección Popular). Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica.

Rulfo, Juan. 1990 (edición de José Carlos González Boixo para la colección Letras Hispánicas). Pedro Páramo. Madrid: Ediciones Cátedra.

Rulfo, Juan. 1992 (establecimiento del texto y notas de Sergio López Mena). “Pedro Páramo”, en Juan Rulfo. Toda la obra, edición crítica coordinada por Claude Fell. Colección Archivos, auspiciada por la Unesco con la ayuda de los ministerios de cultura de España y Francia.

Rulfo, Juan. 2000 (edición de la Fundación Juan Rulfo para la Biblioteca Escolar). Pedro Páramo México: Plaza y Janés.

62

 

 


*Este artículo es una versión de una ponencia que presenté originalmente ene1 seminario de investigación ESP 6941 de la Universidad de Montreal, en octubre de 2000, y que, con ligeras modificaciones, expuse también en el homenaje a Noé Jitrik que se celebró en la Universidad de Puebla, el 7 de junio de 2001, y ante el grupo Serendipia, en enero de 2002. Agradezco a los tres auditorios sus preguntas. Doy también las gracias, por sus comentarios, a los dictaminadores de Discurso.

** Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Autónoma de México.

[1] Como lo muestran los estudios sobre lo que técnicamente se denomina “aspecto”, los recursos de la lengua permiten a un hablante presentar un hecho como un punto, abstraer su métrica temporal, o bien dotarlo de una topología temporal interna, es decir, de una duración, de un inicio o de una conclusión (ver, por ejemplo, el libro Semantics de John Lyons, publicado en 1977). En el español usual en México, el pasado simple del modo indicativo empicado como en el texto, expresa la primera opción, la representación puntual.

 

[2] Este análisis de los cambios entre las versiones de cuento corro y la primera edición publicada por el Fondo de Cultura Económica fue realizado por José Carlos González Boixo y está presentado en la introducción a la edición de la colección Letras Hispánicas preparada por él y publicada en 1990.

[3] Esta afirmación proviene de la mencionada introducción a la edición de González Boixo (1990).

[4] Las afirmaciones del propio Rulfo en este sentido están documentadas en Conversaciones con Juan Rulfo, de Fernando Benítez (1992) y pueden verificarse en la confrontación que hace Sergio López Mena (1992) de las distintas ediciones de Pedro Páramo, entre sí y con la versión mecanográfica que custodia el Centro Mexicano de Escritores.

[5] Jorge Ruffinelli (1992) cita una conversación de Juan Rulfo con Ernesto González Bermejo que ejemplifica el celo de Rulfo. Aquí dice: “Nunca pude trabajar con conocidos; creo que ése fue el problema que tuve con La cordillera, la novela que tiré al fuego.” Esta actitud explicaría además que, como lo señala el mismo Ruffinelli después de un escrutinio minucioso, no haya evidencia suficiente, ni para afirmar ni para rechazar ni la existencia ni la destrucción de esa novela.

[6] El lector, ejecutante e instrumento de la obra (lser 1989), es además observador e intérprete de la ejecución. Porque Pedro Páramo exige su actuación en los dos planos, y en esta novela los dos están mutuamente condicionados, la participación del lector, necesaria para la existencia de toda obra literaria, es aquí crítica. Como se sugiere en las primeras partes de este análisis y se constatará después, define la situación en laquee1 personaje nana,  y por lo tanto establece el carácter de la narración.

[7] Los números de página de los fragmentos citados son los de la primera edición de la Biblioteca Escolar (Plaza y Janés), cuyo cuidado estuvo a cargo de la Fundación Juan Rulfo, y que fue publicada en el año 2000.

[8] En un trabajo intitulado “Tú llama Hamlet a sí”, que se encuentra en prensa, he denominado “transposición pronominal” la aparición de un pronombre en el lugar de otro.

[9] Por supuesto, la correferencia natural sería entre mi madre y ella.

[10] En el sistema de clasificaciones que nos ofrece la lengua cotidiana, loco ocupa un lugar inferior a vivo: es uno de sus subconjuntos.

[11] Ver Valiente mundo nuevo: épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, de Fuentes (1990).

[12] Ver, por ejemplo, la página 27 de la sexta edición del Fondo de Cultura Económica, que es también la primera de la Colección Popular.

[13] En la página 38.

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Castaños, Fernando. “Observar y entender la cultura política: algunos problemas fundamentales y una propuesta de solución”. Revista Mexicana de Sociología. México. Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. 75-91.

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Observar y entender la cultura política: algunos problemas fundamentales y una propuesta de solución[1]

FERNANDO CASTAÑOS

Resumen: Se revisan ciertas nociones fundamentales, para el estudio de la opinión pública, entre ellas las de opinión y cultura política. Esta revisión conduce a reconsiderar la definición de “signo”. Se propone que la representación epistémica asociada con el significante es compleja e incluye tres niveles: un núcleo semántico, esquemas y datos. Se plantea, también que, además de esta representación, el significante porta condiciones deónticas y valoraciones.

Abstract: Review of certain fundamental notions for public opinion studies, such as opinion and political culture. This review leads to a reconsideration of the definition of “sign”. The author suggests that the epistemic representation associated with the signifier is complex and involves three levels: a semantic nucleus, schema and data. He also points that, in addition to this representation, the signifier includes deontic conditions valuations.

INTRODUCCIÓN

EL USO COMBINADO DE TODOLOGÍAS diversas en la investigación sobre la opinión pública, que se incrementa rápidamente, muestra que para los analistas la opinión depende tanto de las condiciones de enunciación como de los puntos de vista del enunciante. No existe, sin embargo, un marco teórico que permita integrar coherentemente los resultados. Ello se torna evidente cuando se advierte que las técnicas para suscitar la opinión se emplean de manera diferente de la que correspondería a los propósitos y a las supuestas ventajas de cada metodología.

El objetivo de este trabajo es mostrar que se requiere revisar las nociones empleadas en el estudio de la cultura. En particular, plantea que el concepto de “signo” debe ser redefinido para incluir un conjunto de elementos mayor a los que reúne la definición de Saussure. No sólo es necesario añadir esquemas y datos a los significados nucleares que ha estudiado la semántica para poder dar cuenta de la manera como los hablantes representan epistémicamente la política, sino que  también tiene que reconocerse que el significante está asociado con condiciones deónticas y valoraciones que atañen tanto a lo representado como a sí mismo.

Pienso que identificar las tres dimensiones de la significación (epistémica, deóntica y valorativa) y reconocer en cada una de ellas más de un nivel nos permitirá formular adecuadamente la idea de que una opinión es el producto conjunto de la cultura política y la cultura comunicativa. Esto debería, en consecuencia, proporcionar bases para explicar las contradicciones aparentes entre opiniones proporcionadas en diferentes situaciones de comunicación, como productos de distintas combinaciones o como enunciados que dirigen la atención a distintos niveles del mismo signo. También debería conducir al desarrollo de criterios para el mejor empleo de los métodos y las técnicas existentes. Tal vez sugeriría incluso formas nuevas de recabar la opinión.

Los problemas analíticos y metodológicos que se discuten aquí se ejemplifican con datos procedentes de dos programas de investigación que han incluido sendas encuestas nacionales en México, uno de los cuales comprende también un proyecto de realización de entrevistas profundas actualmente en curso. La propuesta de redefinir el signo parte de un planteamiento hecho por Luis Fernando Lara con base en reflexiones lexicológicas y consideraciones sobre la adquisición de una lengua. Dicha propuesta se sustenta en parte en una discusión de las aportaciones más pertinentes en el campo de la semántica en la segunda parte del siglo XX, que de hecho rebasan la definición de Saussure. Se apoya también en la idea de que las dimensiones fundamentales de los sistemas semióticos deben corresponder a los tres tipos de actos de habla que he distinguido en otros trabajos, puesto que las condiciones y los efectos de los actos son semióticos. Asimismo, recoge las visiones sobre la representación que se encuentran en los estudios actuales sobre la producción y la comprensión del discurso.

Por su índole exploratoria, decidí dar al trabajo un carácter híbrido entre el artículo y el ensayo. Consideré pertinente emplear también, en algunos fragmentos, ciertos recursos del relato. No era suficiente la argumentación, ni lo hubiera sido la presentación detallada de resultados; me pareció necesario hacer explícitos los intentos de circunscribir, ampliar o modificar las nociones con las que trabajo, así como mostrar el origen de estos intentos en la experiencia personal. Por estas razones, quizá su lectura requiera un esfuerzo un poco mayor al que normalmente se invierte en un texto con estructura y características más predecibles, un texto como el que comúnmente anuncia una introducción como la presente. Solicito atentamente la anuencia del lector para esta licencia.

Uno

Cuando intento registrar algunas opiniones, o cuando estoy tratando de describir qué actitudes podrían estar siendo expresadas por esas opiniones, surgen frente a mí muchos problemas ontológicos, epistemológicos y científicos. En el trabajo de campo y en el escritorio, dudo acerca de aquello que busco entender: no sé si se trata de entidades o de propiedades. Me preocupa si las notas en mi cuaderno dirigirán mi atención hacia algo distinto de lo que debería observar. No sé si una lectura constante es una regularidad significativa o un sesgo persistente. Quizá mi preocupación principal sea cómo definir la cultura política. La misma palabra “cultura”, en algunas ocasiones, me parece demasiado restringida y, en otras, demasiado extensiva y vaga. Y el adjetivo “política” —que, por su función calificativa, debería acotar el sentido de la expresión— de repente parece concedernos licencia para abordar cualquier asunto y, así, eximirnos de la obligación de guardar rigor.

Por momentos me digo que tales preocupaciones son fútiles; pero luego, debido a que cada vez hay más investigadores que combinan diversas metodologías cuantitativas y cualitativas al estudiar la cultura política, pienso que las (ludas deben confrontarse. Si requerimos distintos tipos de datos, seguramente ha de ser porque reflejan diferentes aspectos del fenómeno que nos interesa. Pero, si ése es el caso, ¿cómo podemos, en su diversidad, integrar los datos para obtener una imagen unitaria del fenómeno? Tal vez estemos empatando inconmensurables.

Mis inquietudes aumentan cuando comparo las razones que, se supone, justifican una metodología dada con las prescripciones que rigen su empleo. No puedo sino experimentar perplejidad cuando, después de leer que los grupos de enfoque [2] complementan o sustituyen a las encuestas porque dependen de la interacción, advierto que la función del coordinador en un grupo de enfoque es justamente la de evitar la interacción. Mi reacción es similar al ponderar las ventajas y las desventajas de la característica esencial de un cuestionario: constar de preguntas discretas (o separadas). Los reactivos discretos permiten lograr confiabilidad pero también eliminan los elementos contextuales que se requerirían para con firmar la validez de lo que se pregunta. Y, me pregunto, ¿acaso es posible la confiabilidad sin validez?

Titubeo ante casi todas las oposiciones metodológicas, como la que tenemos entre experimento y estudio de caso, o entre entrevista estructurada y entrevista abierta. Siempre mis dudas se remiten a presuposiciones sobre el significado que tienen la interrogación del investigador y las respuestas del sujeto. El diseño experimental presupone, de manera explícita o implícita, que el significado de un enunciado será el mismo para distintos grupos de destinatarios, o para grupos compara bies en condiciones contrastantes. Busca, entonces, mostrar divergencias en las respuestas de los sujetos que puedan atribuirse a las distinciones o contrastes predeterminados. Sin embargo, el significado generalmente depende del destinatario y de las condiciones de enunciación.

El estudio de caso no resuelve el problema, pues, aunque es muy sensible a los significados del interlocutor, difícilmente puede dar cuenta de los efectos contextuales. Pero sobre todo, al ser, por definición, ajeno a los significados del investigador, no resulta posible identificarlo con seguridad como instancia de categorías pertinentes. Es decir, no ofrece forma alguna de garantizar lo que algunos han denominado “generalizabilidad teórica” o “representatividad teórica” (véase, por ejemplo, Silverman, 1993: 160). Ello, me parece, es más serio que la imposibilidad de generalización estadística, que ha sido señalada muchas veces; los efectos de ésta serían remontables por triangulación con métodos cuantitativos o por medio de lo que algunos autores llaman “inducción analítica”,[3] si la representatividad teórica fuera posible.

Ahora, en cuanto a las entrevistas, tendemos a pensar que cuanto más estructuradas sean éstas, más rigurosas serán las comparaciones entre las actitudes que podamos inferir de ellas, porque la estructuración debería aislar las opiniones que reflejarían las actitudes. Pero no hay una correspondencia unívoca entre las opiniones que escuchamos y las actitudes que asignamos, porque una opinión es el producto combinado de varias actitudes.

Aquellos elementos que eliminamos de una entrevista cuando la estructuramos, bien podrían ser los índices que nos refieren a las distintas actitudes de una combinación, es decir, bien podrían ser las señales que acotan las opiniones. Hay, entonces, un peligro de que diferentes sujetos suplan las actitudes faltantes de diferente manera, que cada uno recurra a distintas combinaciones. Dicho de otro modo, la estructuración pudiera hacer que las respuestas fueran incomparables y, además, que parecieran comparables.

Por otro lado, las entrevistas abiertas supuestamente reducen el efecto de las preconcepciones del observador acerca del contenido y, por lo tanto, permiten respuestas más auténticas. Pero en una entrevista abierta el sujeto debe responder, no sólo al contenido de una pregunta, sino también a su valor interactivo. Debe tomar o ceder la palabra, alinearse con o contra el entrevistador, juzgar lo que es pertinente y lo que no viene al caso comunicar en el momento particular de la enunciación. Podemos, entonces, encontrarnos observando actitudes relativas a una situación de comunicación específica, más que actitudes sobre lo que creemos es un contenido auténtico.

Dos

Mis inquietudes son probablemente producto de nuestro tiempo. Hay ahora un amplio consenso respecto de que entender los fenómenos culturales implica entender sistemas de significación.[4] Para algunos autores renombrados, las culturas son sistemas de significación, y es común oír que se ha adoptado un “enfoque semiótico” en el estudio de algún fenómeno cultural. Naturalmente, en este contexto podría uno establecer una ecuación entre entender una cultura política y revelar significados políticos o descubrir procesos de producción de significados políticos.

No obstante, ni las teorías de la cultura en general, ni las teorías de la cultura política en particular, nos ofrecen concepciones adecuadas del significado que nos puedan guiar en el uso de procedimientos para captar significados. Aunque los investigadores de la cultura nos han proporcionado algunas de las nociones más importantes que poseemos acerca del significado —como, por ejemplo, la noción de marco de Gregory Bateson—,[5]las bases teóricas que ellos han producido son insuficientes para mostrar qué rasgos del significado pueden ser registrados mejor y con qué metodologías.

Mis preocupaciones aumentan cuando veo ciertos resultados de estudios de cultura política, hayan sido realizados por mí o por otros. Estos resultados desafían las concepciones sobre el significado desde las cuales accedemos al análisis de los datos. Así, por ejemplo, en un estudio reciente en el que participé,[6] se encontró que los mexicanos piensan que una persona puede contribuir mejor a resolver los problemas políticos de México si actúa dentro de un partido político que si lo hace fuera de él. Al mismo tiempo, declaran que confían muy poco en los partidos políticos.

¿Qué se entiende por “partido político” y por “partidos políticos” en estos casos? ¿Se refieren las dos expresiones a las mismas entidades en las dos ocasiones?

En un trabajo anterior (Castaños, 1996c: 44), observé que una mayoría considera peor ser rechazado por la familia que ser muy pobre o sufrir la injusticia y el abuso de la autoridad. Sin embargo, son más las personas que preferirían vivir donde haya seguridad y justicia que en lugares con oportunidades de trabajo y negocios o en los que vivan familiares y amigos, en ese orden. Es decir, la falta de afecto es más grave que la falta de justicia o la falta de prosperidad, pero el afecto es menos deseable que la justicia y la prosperidad. ¿No es esto contradictorio?

Quizá las observaciones más desconcertantes sean las que parecen reflejar directamente el carácter de la cultura política mexicana. Desde la constitución de Morelos, las definiciones de nuestras instituciones han correspondido a las de un país democrático. Sin embargo, en la práctica, los gobiernos han tendido a ser más bien autocráticos.

Algunos analistas han intentado disolver la paradoja postulando que nuestra cultura política es esencialmente autoritaria; y las instituciones, una mera fachada. Sin embargo, esta explicación es difícil de aceptar por tres razones. En primer lugar, los motivos que han impulsado los grandes cambios históricos en el país han sido siempre las causas de la democracia. En segundo lugar, la legitimidad se reclama o se cuestiona por medio de argumentos que tienen dichas causas como premisas y que aducen tales cambios como orígenes. En tercer lugar, la democracia es altamente valorada a lo largo del proceso de socialización de los mexicanos, principalmente en la escuela.

Además de tales razones, hay desde hace algunos años evidencia empírica que muestra que los mexicanos valoran tanto los procedimientos de un régimen democrático como los rasgos característicos de las sociedades democráticas. Así, por una parte, una gran mayoría estaría en desacuerdo con que los presidentes municipales fueran designados y no electos, aunque ello garantizara su buen desempeño en el gobierno (Meyenberg, 1996: 38). Por otra parte, entre la población se expresan claramente la igualdad (Meyenberg, 1996: 36), el pluralismo (Castaños et al, 1996d: 150) y la tolerancia (Flores, 1996: 118).

Me parece más lógico, entonces, plantear que el espíritu de nuestras instituciones es democrático porque nuestra cultura política abriga la democracia.[7] No obstante, debe reconocerse que el mando autoritario se desarrolla dentro de esa misma cultura. ¿Cómo es ello posible? ¿Qué códigos encierra la cultura y cómo se atribuyen a las instituciones, los actores y los aconteceres, para que puedan coexistir aunque sus orientaciones sean divergentes? ¿Tiene la noción misma de “cultura política” alguna utilidad aquí?

Nuevamente, en el campo no parece haber marcos de referencia adecuados para abordar los problemas. Pero en campos afines, como la psicología social, tampoco encontramos los elementos teóricos que requerimos ahora, aunque ya nos hemos beneficiado considerablemente de sus reflexiones, y aunque en la actualidad se llevan a cabo trabajos promisorios ahí. En dichos ámbitos, el trabajo tiende a estar basado en una concepción que coloca los valores, las actitudes y las opiniones en una estructura piramidal. Un valor comprende (y determina) un número de actitudes, y una actitud comprende un número de opiniones. Algunas variaciones de este modelo distinguen dos niveles de valores, uno más fundamental que el otro. Pueden también incluir las creencias, a veces por encima y a veces por debajo de los valores.

Claramente, la concepción piramidal es contraria a dos propiedades de la significación que ya mencioné: la determinación multifactorial de la opinión y lo que tal vez pueda describirse por ahora como “asignación aparentemente incongruente de valoraciones”.

Tres

Por los problemas que uno encuentra al recabar y explicar datos, estoy convencido de que el estudio de la cultura política requiere más de lo que Geertz propuso cuando identificó asuntos críticos en el estudio del significado. Transferir el poder analítico de la semiótica del estudio de los signos abstractos al estudio de los signos en su ámbito natural (Geertz, 1983: 145) no sería suficiente; se necesita reconceptualizar el signo en general, y el signo lingüístico en particular, para trascender las nociones que han prevalecido desde Saussure.[8]

El signo debe concebirse no sólo como la asociación de un significante y una representación epistémica, sino también como el portador de condiciones deónticas y valorizaciones, tanto relativas a lo representado como al significante. Además, en la representación[9] deben reconocerse tres niveles: lo que generalmente se considera “significado semántico”, lo que hoy se denomina “marcos” o “esquemas” de aconteceres y lo que entendemos por “datos”.

Para hablar del núcleo semántico, podemos pensar inicialmente en una clase de signos que ocupa un lugar prominente en nuestra ontología: los sustantivos. En el caso de éstos, el núcleo consiste básicamente de cuatro componentes (véase, por ejemplo, Lyons, 1997: 174-229). En primer lugar, se tiene una definición como las del diccionario, un conjunto de rasgos que configura a lo significado como un prototipo. Esto es lo que los semánticos llaman denotatum. En segundo lugar, tenemos un conjunto, o una lista, de las entidades que pueden ser designadas con el signo: los denotata, es decir, tenemos lo que muchas veces se ha denominado “extensión”, o “definición extensional”.

Además de los rasgos prototípicos y la extensión, el significado semántico de un sustantivo incluye una serie de relaciones de implicación con otros sustantivos, un conjunto de relaciones que se denominan “paradigmáticas” y que incluyen la sinonimia, la antonimia, la hiperonimia y la relación de todo y parte, entre otras. Finalmente, el núcleo semántico comprende también un conjunto de relaciones “sintagmáticas” entre el sustantivo y otros sustantivos o palabras de otras clases, como verbos y adjetivos. Estas son las relaciones que permiten (o impiden) la combinación de signos en un enunciado, las que establecen que puede haber un caballo alazán, pero no uno rubio, y una persona rubia, pero no una alazana. Son relaciones como la que hay entre la palabra “ancla” y la palabra “levar”. Los entrañamientos lógicos de las relaciones paradigmáticas y las posibilidades de combinación de las relaciones sintagmáticas conforman conjuntamente lo que algunas escuelas denominan “sentido”.

En suma, el significado semántico de un sustantivo consta del denotatum, los denotata, el sentido paradigmático y el sentido sintagmático. En el tratamiento de otras clases de palabras, tendríamos que ampliar o reducir las acepciones de estos cuatro componentes y, posteriormente, en el estudio de los signos no verbales, habría tal vez que añadir o eliminar alguno, lo cual quizá nos obligaría a sustituir el adjetivo “semántico” en la expresión que designa el primer núcleo del significado. Pero tal desarrollo sería objeto de otro tipo de trabajo. Espero que, para los propósitos de éste, la breve exposición anterior sea suficiente para indicar cómo es el primer nivel de la representación epistémica. Es el del conocimiento el que nos permite identificar lo nombrado y concebir los mundos posibles.

El segundo nivel, el de los marcos y esquemas, consiste de proposiciones acerca de lo que comúnmente, aunque no necesariamente, ocurre. Incluye también relaciones espaciales y temporales entre los aconteceres esquematizados. Aquí se ubica el conocimiento que nos permite anticipar, al ver un pastel con velitas, que los invitados cantarán “Las mañanitas”, o el que nos lleva a esperar la leyenda “Estados Unidos Mexicanos” al subir la vista por encima del águila estilizada del escudo nacional.

Los datos constan de proposiciones particulares, como la de que la zona metropolitana de la ciudad de México tiene cerca de 20 millones de habitantes, o la de que William Clinton fue electo en 1996 para un segundo periodo como presidente de los Estados Unidos dle América. Los datos pueden estar o no estar asociados entre sí y coincidir o contradecir lo que uno puede inferir a partir de los significados semánticos o esperar a partir de los esquemas, si bien buscar coherencia entre los tres niveles parece ser una característica de la cognición humana.

La idea de que un signo no sólo despierta una definición o evoca una extensión, sino que también pone en juego un sentido, es un desarrollo del planteamiento central que dio la fuerza inicial al proyecto saussuriano de crear una nueva ciencia del lenguaje (la lingüística) y una ciencia general del signo (la semiótica). Para Saussure, un signo existe sólo en la medida en que se relaciona con otros signos y, por lo tanto, los sistemas de signos son autónomos y han de ser estudiados por disciplinas independientes.

Sin embargo, es importante hacer notar que las formulaciones de la índole sistémica de la lengua que podemos hacer a finales del siglo XX se apartan un poco del espíritu saussuriano. Advertir la necesidad de una distinción fina entre denotatum y denotata, por tina parte, y reconocer la productividad inferencial de las relaciones paradigmáticas, por la otra, supone haber aceptado ya los vínculos y los efectos mutuos entre el diccionario y la enciclopedia, que Saussure negaba.

La concepción del significado en la semántica contemporánea sería, entonces, suficiente para obligamos a revisar la noción de signo como la asociación entre un significante y un concepto. Pero, además, la idea, producto de investigaciones en diferentes campos,[10] de que el signo es un índice que nos remite a marcos y esquemas, debería impulsarnos a una segunda revisión.

Ahora, siguiendo una propuesta original de Luis Fernando Lara,[11] quisiera plantear que el signo también significa relaciones entre los hablantes, y no sólo representaciones de lo nombrado, ya sea que éstas se conciban como un solo nivel semántico (simple o complejo) o como los tres niveles que he esbozado (semántico, esquemático y fáctico). Después de considerar las reflexiones de Bühler (1934) y Habermas (1981) sobre el hecho de hablar y comentar el desarrollo de ciertas lenguas criollas, en las que un sustantivo de la lengua original se ha tomado como un morfema gramatical, Lara señala que el problema previo a la introducción de un nombre es cómo saber que se trata de la introducción de un nombre, y no de otro tipo de acto de habla. Posteriormente, propone que, al aprender una palabra, el niño está descubriendo cómo usarla para referir, además de estar formándose el concepto con el cual la asocia el adulto. Más aún, no sólo está aprendiendo a referir con la palabra, sino a interactuar con ella. El niño descubre que decir “mi leche” ante ciertas personas y de ciertas maneras equivale a pedir un biberón.

Incluso, diría Lara, si uno revisa ciertos estudios sobre la adquisición de la lengua, puede observar que la capacidad de emplear el signo en la interacción y la capacidad de usarlo para referir, preceden en muchas ocasiones a la conceptualización. Pero poder ser empleado para referir y para interactuar es propiedad del signo. Entonces, debemos ampliar nuestra noción de signo. Sería, ahora, un significante asociado con un concepto y con un potencial pragmático.

Quisiera llegar a la misma propuesta por otro camino. Ello, pienso, me permitiría no sólo apoyarla sino, tal vez, desarrollarla un poco. Quisiera reunir ciertas ideas de Austin con otras que, en las últimas décadas, han ido surgiendo en diversos ámbitos —sobre todo en la sociolingüística y la lingüística aplicada—, entre las que se encuentran algunas producto de mis propias investigaciones. Quien aprende una nueva lengua, aprende no sólo a componer oraciones de acuerdo con sus reglas gramaticales, sino también a actuar con esas oraciones: a solicitar, ofrecer, aceptar, rechazar, ordenar, invitar, etcétera, Y aprende cuándo, en qué tono, con qué grado de formalidad hacerlo en cuáles circunstancias. Es decir, aprende reglas de gramática y reglas de uso.[12]

Habría que hacer notar que las reglas para usar y actuar con las palabras están acompañadas de reglas para usar y actuar con las cosas. La entrega al niño del biberón que ha solicitado no es una acción meramente física. Es también un acto que cuenta como respuesta a la solicitud y faculta al niño para tomar el biberón y beber su contenido.

Entonces, la palabra “leche” lleva consigo señales sobre lo que se permite hacer con ella y lo que ella, en combinación con otras palabras, puede hacer: crear condiciones en las que dar y recibir un biberón adquieren el sentido de responder, facultar y ejercer la facultad. En términos más generales, hay condiciones que obligan, permiten o prohíben las acciones en las que intervienen las entidades designadas. Ambas condiciones, las que rigen el uso del signo y las que atañen a lo designado, son parte de lo que el signo significa. Así, “Rafael Sebastián Guillén” y “subcomandante Marcos” son signos distintos, como lo percibieron todos los lectores de periódicos en la ciudad de México un lunes de 1996, cuando el gobierno empezó a emplear la primera expresión. Aunque ambas representan a La misma persona, remiten a condiciones diferentes. Con “Rafael Sebastián Guillén”, el emisor aduce condiciones de carácter general para todos los ciudadanos, al omitir la segunda, pone en duda la validez de ciertas condiciones de excepción que la sociedad había otorgado a los guerrilleros del Ejército Zapatista (le Liberación Nacional (EZLN).

Por simplicidad, podríamos referirnos a las condiciones de obligado, permitido,  prohibido como “normas”. Pero tal vez sea preferible designarlas como condiciones “deónticas”, término técnico empleado en la lingüística, la lógica y la filosofía del derecho, pues la idea de norma generalmente implica la de constancia; es decir, se trata de una idea más restringida que la de las condiciones de uso aludidas aquí, las cuales pueden estar sujetas a modificación en el discurso.

Ahora bien, el lenguaje no sólo representa epistémicamente y condiciona deónicamente, sino que también expresa afectivamente.[13] El signo transmite lo que algunos autores llaman “connotaciones”, y que no son más que valoraciones: cuánto importa lo designado y cuán positivo es para el hablante, para el oyente o ara la comunidad lingüística a la que pertenecen. Utilizando ejemplos que ya mencioné, “leche” lleva consigo una valoración de importancia y signo positivo, y ‘Rafael Sebastián Guillén” evita las connotaciones que ha adquirido “subcomandante Marcos”.

Cuatro

Pienso que la reconceptualización del signo, como un significante asociado a unas condiciones deónticas y unas valoraciones, a la vez que una representación semántica, esquemática y fáctica, abre las posibilidades de encontrar soluciones a los problemas analíticos que planteé en las primeras partes de este artículo.

En primer lugar, podríamos dar cuenta de una manera sencilla y coherente de la determinación múltiple de una opinión que, como lo señalé, cuestiona el modelo piramidal prevaleciente. Casi para todo investigador que realiza trabajo empírico en el campo, una opinión, en términos operacionales, es un enunciado o una reacción de acuerdo o desacuerdo frente a un enunciado. Pero un enunciado es una combinación de signos. Por lo tanto, una opinión no podrá ser sino una combinación de las valoraciones a que esos signos remiten, o la reacción ante tales valoraciones.

Pienso que el principio de combinación debe poder aplicarse no sólo a los enunciados sino directamente a las situaciones descritas por los enunciados, ya que percibimos las situaciones desde las representaciones, condiciones y valoraciones que están significadas por los signos de los enunciados. Entonces, este principio puede darnos la pauta para empezar a resolver el acertijo del autoritarismo. Un acontecer pudiera ser percibido como un acto autoritario y como muchas otras cosas al mismo tiempo. Quien lo perciba se vería, en tal caso, forzado a ponderar las diversas valoraciones del caso, una de las cuales, al menos, sería negativa según la hipótesis, pero no necesariamente todas. Sólo después de tal ponderación asignaría una valoración a la combinación, como un todo. Regresaré a este punto un poco más adelante. Es necesario, antes, desarrollar algo más la base semiótica.

Ahora bien, en un enunciado determinado, un signo dirigirá la atención del destinatario hacia el núcleo semántico de una representación; pero en otro, por el efecto de su combinación con otros signos, o por la construcción sintáctica en la que aparezca, podría dirigirla hacia algún dato. Esto es esencialmente lo que causa las valoraciones aparentemente incongruentes en los ejemplos de los partidos políticos. En uno de los enunciados, teníamos la valoración del prototipo de partido y, en el otro, la valoración de partidos particulares, los que se encuentran en los datos. Y la valoración de un prototipo no necesariamente se transfiere a la de una instancia particular, sino que ésta puede tener su propia valoración.

Incluso si dos enunciados dirigen la atención al nivel de los esquemas, aquellos en los que ésta se enfoque podrían ser diferentes. Ello es lo que ocurre en el caso del afecto y la seguridad, aunque la comprensión completa del fenómeno requeriría que la valoración fuera concebida como una función potencialmente discontinua que depende de los grados de satisfacción. Cuando preguntamos qué es peor para una persona, ubicamos un esquema de privaciones severas en el centro del marco de interpretación del destinatario. En este esquema, el afecto es muy valioso. Pero cuando preguntamos en dónde sería preferible vivir, traemos a la tarea de interpretación un esquema diferente; la mera posibilidad de elección entraña un estado de satisfacción relativa de la necesidad de afecto. Aquí, tiene sentido no buscar más afecto, sino procurar otro tipo de beneficios por vivir de acuerdo con la sociedad.

Cinco

La noción de signo propuesta también nos permitiría abordar las preocupaciones teóricas. De hecho, nos brinda una base para construir teorías semióticas, y no sólo desarrollar enfoques semióticos, de la cultura en general y de la cultura política en particular.

Como punto de partida, habría que proponer el concepto de esfera semiótica, como una extensión del concepto de esfera semántica que emplea la lingüística. La esfera semiótica de un signo sería el conjunto de signos que está asociado con el primero, ya sea paradigmática, sintagmática o esquemáticamente.

Puede ahora proponerse una definición de “cultura política” como la intersección de las esferas semióticas de los signos para los individuos, las personas gramaticales, los papeles sociales y los sujetos políticos. Esto quiere decir que el comportamiento político está regido por reglas de naturaleza varia. Algunas son específicamente políticas: definen el trato entre instituciones estatales y entre el Estado y los ciudadanos. Pero otras determinan las relaciones entre diferentes miembros de la sociedad o establecen las condiciones para la interacción comunicativa en general.

Podemos ahora regresar a la cuestión del carácter de la cultura política y de la política. La mayoría de los aconteceres políticos están constituidos por actos de habla que cumplen, transgreden, crean o modifican cierto tipo de condiciones deónticas: compromisos públicos. Esos compromisos, y por lo tanto esos actos, tendrán consecuencias que habrán de ser juzgadas en términos del interés público. Así, un compromiso que tenga resultados valiosos desde el punto de vista del interés público recibirá, a su vez, una valoración positiva; e infringir uno de estos compromisos, una negativa.

Sin embargo, los aconteceres políticos se perciben no sólo en términos de los compromisos del caso, sino también en términos de quién lleva a cabo los actos de habla, cómo y cuándo. Las reglas de interacción relativas a la iniciativa, la modestia, la cortesía y la deferencia tendrán un efecto considerable al decidirse la aceptación o el rechazo del hecho político. Y lo tendrán también las identidades de los actores interpelados. Hacer una promesa a un sindicato no es, por ejemplo, lo mismo que solicitar la colaboración de una comunidad o acordar un pacto de corresponsabilidad con algunos ciudadanos.

En otras palabras, un acontecer político podría ser calificado como autoritario y, por lo tanto, recibir una valoración negativa de parte de una persona que esté en desacuerdo con el autoritarismo. Sin embargo, esa misma persona podría considerar que el acontecer es aceptable, o al menos tolerable, si lo valora positivamente en otros términos. Hablar con propiedad a los otros y procurar interacciones sociales válidas podría tener más peso que llevar a cabo intervenciones políticas reprobables, porque las intervenciones políticas también son interacciones sociales y actividades comunicativas.

El principio de que una intervención política interpela simultáneamente a sujetos políticos, personas gramaticales, papeles sociales e individuos es la base para entender las relaciones entre la cultura política y la política, pero no es suficiente. Aceptar un estilo de gobierno depende no sólo de la evaluación de los tipos de aconteceres que lo determinan, sino también de la valoración de las alternativas posibles y, por lo tanto, de la valoración del cambio. En México las alternativas no se han visto como posibles o no han recibido mejores evaluaciones que el sistema que ha permanecido durante décadas; y si en 1997 o en el año 2000 los electores optan por el cambio, será porque las alternativas se consideran ya posibles y mejores. Ello muestra la importancia de considerar la cultura como esferas semióticas: un signo está siempre actuando en relación con los otros de su esfera, aun cuando no estén manifiestos.

SEIS

Para cerrar el círculo, quisiera indicar que las definiciones de signo y cultura política, junto con los principios de combinación y simultaneidad, pueden guiamos en el uso de las metodologías empíricas. Puede ahora verse, por ejemplo, que lo que la mayoría de las preguntas de un cuestionario de opinión tiene por objetivo es destacar las valoraciones que se otorgan a un aspecto particular de una representación y neutralizar cualesquiera otras. Así, cuando más de un aspecto está de por medio, los redactores experimentados dicen que la pregunta es confusa; y cuando en la “confusión” tiene un peso significativo un aspecto distinto del que les interesa, dicen que la pregunta está sesgada.

También parece claro que la razón por la cual se considera que un grupo de enfoque complementa un cuestionario es que se piensa que el grupo verifica las representaciones que el cuestionario busca evaluar; es decir, se piensa que el grupo muestra si los supuestos acerca del cuestionario son válidos o no. En otras palabras, el grupo de enfoque supuestamente nos dice cómo se entienden las preguntas.

Más aún, el cuestionario interpela, en primer lugar, a individuos que juzgan aconteceres políticos a los que se hace referencia por medio de expresiones en tercera persona. Sus reacciones potenciales como actores políticos (le primera o segunda persona se infieren mediante procedimientos estadísticos con la ayuda de algunos datos acerca de los papeles sociales que desempeñan normalmente. Por otro lado, la interacción controlada en un grupo de enfoque hace surgir los sujetos políticos latentes en los individuos y los conmina a hablar más directamente, aunque este proceso no se describe así.

Entonces, si alguien está diseñando un cuestionario para los propósitos que comúnmente tienen los cuestionarios y desea mejorar sus reactivos, es recomendable que use signos con representaciones claras ya verificadas en grupos de enfoque. Es también una buena idea revisar de qué manera están operando los mecanismos de valoración de que dispone el lenguaje, como el orden de las palabras. Pienso que todo ello puede hacerse más eficientemente si los propósitos del cuestionario se formulan de manera explícita como he sugerido.

Probablemente los grupos de enfoque también puedan ser planeados y conducidos con mayor eficiencia si se tienen en mente los marcos propuestos aquí. Con base en estos marcos puede, por ejemplo, configurarse una lista de puntos que deben ser verificados, como: ¿la situación que se describe es una en la que los participantes puedan realmente imaginarse actuando como ciudadanos, como delegados o algún otro tipo de actor político? ¿Es el esquema de aconteceres que se enfoca el mismo que nos interesará después, cuando redactemos el cuestionario?

Pero me gustaría proponer que, además de mejorar los cuestionarios y los grupos de enfoque que actualmente se llevan a cabo, repensáramos sus objetivos y sus características fundamentales. Por el carácter discreto de los reactivos de un cuestionario y por la índole de la interacción que determina, probablemente es un medio muy bueno de detectar núcleos semánticos y datos. Pero, por la misma razón, tal vez los cuestionarios no sean siempre tan adecuados para captar valoraciones, como tendemos a creer.

Por consideraciones similares, los grupos de enfoque deben de ser superiores a los cuestionarios para explorar esquemas y relaciones entre esquemas. Algunas veces también podrían ser mejores para revelar algunos tipos de valoraciones.

Lo anterior nos lleva a sugerir que en ciertos estudios pudiéramos beneficiar- nos de invertir el orden comúnmente prescrito de grupo de enfoque y encuesta. Los aspectos del significado que son presupuestos en la observación de un grupo ([e enfoque pudieran haber sido verificados antes por medio de un cuestionario. Entonces, tal vez, el grupo pudiera utilizarse de manera óptima para lo que es idóneo.

Desde la perspectiva adoptada, es obvio que tanto el cuestionario como el grupo de enfoque son muy limitados en su capacidad de mostrar las reglas de interacción entre personas y entre papeles sociales, no digamos el efecto combinado de ambas y las reglas para actores políticos. Una serie de preguntas en las que se ejemplifiquen unos y otros pueden resaltar el problema: ¿es la valoración de mm individuo acerca de su relación con el Estado la misma cuando la expresa a su doctor que cuando la comparte con su hermano? ¿Es alguna de estas valoraciones la que se refleja en un cuestionario típico? ¿Se sentirá alguien más motivado a votar si al invitarlo se le interpela con un “tú” que con un “nosotros”? ¿O será mayor el efecto si se siente representado por un “yo” arquetípico? ¿Se identificará más una votante con el destinatario de un mensaje si dicho destinatario es una ciudadana, una amiga en la comunidad o un miembro en una asociación? Son preguntas que no se pueden investigar con los datos que nos proporcionan las encuestas y los grupos de enfoque que por ahora podemos tener.

Tal vez deberíamos concebir nuevos formatos para preguntas de cuestionarios y grupos de enfoque, o incluso metodologías diferentes del cuestionario y el guipo de enfoque, para poder hablar a las personas, los papeles y los actores más directamente. Podríamos, por ejemplo, pensar en actuaciones y simulaciones, o en experimentos en los cuales la variable independiente sea el destinatario, o en alguna combinación de las dos ideas.

En el mismo espíritu, me parece que las bases semióticas que he propuesto pudieran contribuir a mejorar las entrevistas estructuradas y abiertas. Estas bases podrían, por ejemplo, indicar qué representaciones del entrevistado enfocar u cómo hacerlo. Pero pudiera ser que las bases os hagan ver que las entrevistas no son necesariamente superiores a los cuestionarios en la tarea de obtener datos, u que yal vez sean invaluables en su capacidad de mostrar las ligas entre los diferentes noveles de la representación.

Ciertamente, las bases nos dirán que nos beneficiaríamos más si combináramos ambos tipos de entrevistas que si escogemos uno y excluimos el otro. Las entrevistas abiertas tendrán que ser mejores para mostrar los medios que en realidad tienen a su disposición los usuarios del lenguaje para valorar aconteceres y situaciones. Por otro lado, las entrevistas estructuradas seguramente nos brindarán, más oportunidades si indagamos qué efecto tiene tomar y dar la palabra en lo que se está siendo representado y valorado.

Finalmente, este punto sugiere de nuevo que desarrollemos nuevas metodologías. Hay una necesidad de generar satos en situaciones que podrían verse como híbridos entre el grupo de enfoque y la entrevista, y que deberían estar cerca tanto de la entrevista sociolingüística como de la observación etnográfica in situ. Es necesario poder registrar el condicionamiento mutuo de la opinión y la interacción cuando dos hermanas, dos miembros de un sindicato o un jefe y un empleado nos dicen (y discuten entre sí) como ven algo.

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[1] Este texto es la tercera versión de un trabajo presentado anteriormente como ponencia en el simposio “Political Culture in Mexico: Towards a Theoretical Consensus”, que tuvo lugar en la Universidad de Chicago en 1996, y en el Seminario de Discusión sobre Cultura Política, organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales d la UNAM, El Colegio ele México y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en la ciudad de México en 1996.

[2] Los grupos de enfoque (Merton, Fiske y Kendall, 1956), algunas veces llamados “grupos de discusión” en español (como en la traducción de Krueger, 1988), son conjuntos de personas que no conocen entre sí, comúnmente del mismo género, la misma edad y el mismo estrato socioeconómico, que han sido convocadas para comentar un conjunto de temas presentados por un coordinador (o coordinadora). Las opiniones que se expresan son registradas en algún medio magnético, generalmente con el consentimiento de los participantes, y son analizadas posteriormente. Es frecuente que haya algún observador en la sala donde tiene lugar la sesión o detrás de un espejo Gessell. Para una discusión de las características de los grupos de enfoque en relación con las de otros tipos de revistas véase Fontana y James (1994).

[3] La inducción analítica consiste en un análisis consecutivo de casos que busca diferencias pertinentes hasta que éstas se agotan (Silverman, 1993: 161). Es algo similar a lo que Bertaux (1980) llama “saturación”.

[4] Véase, por ejemplo, el prólogo al clásico moderno de Geertz, Local Knowledge (1983) Consúltese también la reseña selectiva de Twanama (1996) sobre los textos que tratan el tema de la cultura.

[5] Bateson (1954) mostró que un mensaje no podía ser comprendido sin referirse a un metamensaje acerca de cuál marco de interpretación resulta aplicable. Esto ha influido a pensadores en muchos campos de la sociolingüística, como Goffman (1974) y Tannen (1993), y la psicoloingüística, como Van Dijk y Kintsch (1983).

[6] El estudio aludido fue una encuesta nacional sobre los temas de la reforma política de 1996 (Instituto Federal Electoral e Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996). La investigación sociopolítica de este estudio estuvo a cargo de Fernando Castaños, Julia Isabel Flores y Yolanda Meyenberg.

[7] De hecho, la situación podría resultar más compleja. Algunos grupos de la población podrían tener en realidad una cultura autoritaria, mientras que la mayoría tiene la cultura no autoritaria descrita en el cuerpo del texto.

[8] 8 Para Saussure (1916) el signo lingüístico no une una cosa y un nombre, como se piensa en muchos ámbitos y como se pensaba comúnmente en la lingüística antes de él. En su concepción, el signo es una entidad psíquica de dos elementos que “están íntimamente unidos y se reclaman recíprocamente: una imagen acústica o representación del sonido material, que Saussure denomina “significante”, y un concepto, que denomina “significado”. Las principales concepciones del signo en este siglo, entre las que deben mencionarse al menos las de Ogden y Richards (1923), Peirce (1940) y Greimas (1970) son afines (aunque no idénticas) a la de Sanssure, y la mayoría se derivan de ésta.

[9] Para evitar confusiones, las “representaciones” debieran concebirse como “representaciones proposicionales”, es decir, como constituidas por proposiciones, en el sentido lógico, filosófico o lingüístico. En estos campos una proposición por lo general se define como la asociación de un argumento y un predicado, y un argumento representa una entidad, mientras que un predicado representa una propiedad que puede ser atribuida a entidades, o una relación que puede existir entre entidades. Una visión más completa de tipos de predicados se presenta en Castaños (1996a, pp. 169-173).

[10] Véase, por ejemplo, Tannen (1993).

[11] Lara formuló la propuesta aludida en un trabajo intitulado “Conocimiento y pragmática en los fundamentos de la semántica”, que presentó en el Hl Congreso Nacional de Lingüística de la Asociación Mexicana de Lingüística Aplicada, el cual tuvo lugar en 1995 en la ciudad de Puebla.

[12] El primer autor en plantear estas ideas fue Widdowson (1973), quien las empleó con el doble propósito de introducir en la investigación relacionada con la enseñanza de lenguas extranjeras la noción de acto de habla desarrollada por Austin (1962) en la filosofía analítica y proponer modificaciones a los enfoques didácticos en esa materia.

[13] Ésta es una formulación breve de la idea de que hay tres tipos fundamentales de actos de habla: ilocucionarios, de disertación y perlocucionarios. He planteado esta idea en varias presentaciones, sor ejemplo en Castaños (1996b). y he defendido extensamente su punto más controversial (la distinción entre ilocución y disertación) en Castaños (1996a).

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Ilocución, disertación, perlocución

Castaños, Fernando. 2000. “Ilocución, disertación, perlocución”. Revue de Sémantique et Pragmatique, no. 7. Orléans. Presses universitaires d’Orléans. 153-161. 

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 Ilocución, disertación, perlocución

Fernando Castaños

UNAM, México

Introducción

Para John Searle, obtener una taxonomía rigurosa es, en 1976, el problema más importante en el desarrollo de la teoría de los actos de habla:

If you believe, as I do, that the basic unit of human linguistic communication is the illocutionary act, then the most important form of the original question will be, ‘How many categories of illocutionary acts are there? (Searle, 1976)[1]

Casi veinticinco años después, aún carecemos de clasificaciones válidas de los actos y de definiciones que nos permitan identificarlos de manera confiable, como lo he señalado anteriormente (Castaños 1996). Para algunos autores, un rasgo de un acto cuenta como todo un acto. Por ejemplo, para Rod Ellis (1984) la referencia a la segunda persona en un enunciado acerca de una acción futura es condición suficiente de una solicitud. En consecuencia, él no puede distinguir entre las solicitudes, las órdenes y las invitaciones, y para él todos estos actos son de un mismo tipo.

Para otros autores, como Blum-Kulka, House y Kasper (1989), un acto individual es lo mismo que una cadena de actos. Ellos consideran que una solicitud está constituida por todos los enunciados que ocupan un determinado lugar en una secuencia conversacional. De esta manera, intentan establecer un control metodológico que sustituya la falta de claridad teórica. Pero este enfoque resulta contraproducente. Los investigadores terminan atribuyendo a las solicitudes propiedades de otros actos que las acompañan en la secuencia, como promesas o saludos.

Los errores de categorización tienen una consecuencia seria: muchos actos no pueden ser registrados por los analistas. Por ejemplo, Sinclair y Coulthard (1975), para quienes los comentarios y los directivos son cohipónimos, han de elegir una de estas dos categorías al identificar ciertos enunciados. Se ven entonces forzados a excluir la otra, aunque sus propias inconsistencias muestran que las dos categorías son inconmensurables y pertenecen a dimensiones paralelas.

Desde el principio, el problema fundamental detrás de tales confusiones ha sido cómo agrupar los actos. Se separan actos afines y se reúnen actos disímiles. El propio Searle ubica las definiciones y las observaciones en clases mayores muy distintas y conjunta las definiciones y los nombramientos en la clase de las declaraciones.

Los agrupamientos equivocados de Searle nos impiden advertir que la definición y la observación, al igual que la generalización y la identificación, están constituidos por el mismo tipo de elementos. También oscurecen la semejanza de rasgos entre los nombramientos, las órdenes, las promesas y las solicitudes.

En virtud de que las similitudes y las diferencias esenciales no son reconocidas, al definir un acto Searle recurre a ciertas dimensiones que no había considerado antes y que no tendrá sentido considerar después: las dimensiones aparecen y desaparecen caprichosamente. El mismo Searle lo dice con desilusión: “there is no clear or consistent principle or set of principles on the basis of which the taxonomy is constructed” (Searle, 1976)[2].

Probablemente los problemas de clasificación sean la causa principal de las críticas severas que la noción misma de acto de habla recibió en la década de los ochenta, por parte de autores como Brown y Yule (1983), Levinson (1983) o Sperber y Wilson (1986). Recordemos que los primeros basan sus objeciones en el análisis de un enunciado que, aducen, realizaría un número indeterminado de actos. En parte explícita y en parte implícitamente, concluyen que los análisis del discurso en términos de actos no pueden ser rigurosos.

Para aclarar las confusiones y despejar las críticas, lo primero que debe hacerse es distinguir los actos que crean, hacen presente o modifican el conocimiento, es decir, los actos epistémicos, de aquéllos que crean, hacen presente o suspenden obligaciones, es decir, los actos deónticos. Es necesario separar tajantemente actos como la definición, la clasificación y la generalización, por un lado, de actos como la orden, la solicitud y la invitación, por el otro. Sólo si hacemos esta separación podremos apreciar cómo se conforman los actos de cada lado.

El caso es que el primer género de actos, que yo llamo “de disertación”, no es una subclase de los actos ilocucionarios, como lo han asumido la filosofía y la lingüística aplicada. Es una clase del mismo nivel jerárquico.

Enfoques

¿Cómo ha de establecerse esta distinción básica? Si la contribución principal de la teoría de los actos de habla ha sido desarrollar el conjunto de oposiciones entre oración, proposición y acto, entonces la nueva oposición que propongo debería establecerse de la misma forma en que fueron distinguidos originalmente la oración, la proposición y el acto. Y ello es posible; cabe distinguir el acto de disertación del acto ilocucionario siguiendo los mismos enfoques que emplearon Strawson, Austin, Searle y Widdowson para establecer la oración, la proposición y el acto ilocucionario como unidades independientes.

Strawson, en “On referring” (1950), utilizó el método de fijar una oración y variar su contexto de enunciación. De esta manera, nos hizo ver que la misma oración puede ser usada para expresar diferentes proposiciones y que la misma proposición puede ser expresada por medio de diferentes oraciones. Si hubiese sido enunciada en distintos momentos de la historia, la oración (1) habría expresado proposiciones acerca de personas distintas y algunas de estas proposiciones podrían haber sido verdaderas, mientras que otras podrían haber sido falsas.

(1) El rey de Francia es un hombre sabio.

De manera complementaria, esta misma oración y la oración (2) pudieron haber expresado la misma proposición (en las condiciones adecuadas).

(2) Luis X es sabio.

El enfoque de Austin fue diferente que el de Strawson. En las conferencias que forman How to do things with words (1962), él ubica al lector en ciertas situaciones y le pregunta qué ocurre antes y después de que se pronuncian ciertos enunciados. Así, muestra que un acto ilocucionario inaugura acción consecuente, lo que subraya sobre todo en la segunda conferencia. Para ilustrar esto con un ejemplo simple, podemos decir que una solicitud de pasar la sal, si es exitosa, tendrá como consecuencia el acto de pasar la sal.

John Austin nos enseñó que los juicios que hacemos acerca de los actos ilocucionarios no son de la misma naturaleza que los juicios que hacemos sobre las proposiciones (o los que algunos filósofos hacían sobre las oraciones). Nos preguntamos si una proposición es falsa (y algunos filósofos se preguntaban si las oraciones eran verdaderas o falsas). Pero no nos preguntamos por el valor de verdad de un acto ilocucionario, sino por su feliz realización: ¿tuvo lugar o no?

John Searle desarrolló el método de Strawson y reunió la distinción que éste planteara con la de Austin. Fijó, primero, la oración y varió el contexto; después, fijó el contexto y varió la oración. Señaló entonces que el mismo acto puede estar asociado con diferentes oraciones y diferentes proposiciones. Igualmente, diferentes actos pueden estar asociados con una misma oración o una misma proposición. Los ejemplos (3) a (5) ilustran el primer punto.

(3) Prometo ir.

(4) Iré.

(5) Prometo no ir.

El segundo punto puede ser ilustrado por medio del ejemplo (6). Este enunciado puede servir, en diferentes contextos, para llevar a cabo órdenes, solicitudes de acción o peticiones de información.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

Ahora bien, Henry Widdowson (1973) introdujo la noción de acto de habla en la lingüística aplicada siguiendo un método distinto. Mostró que un par de enunciados podía tener unidad aún cuando las oraciones de esos enunciados no estuvieran ligadas entre sí por la sintaxis o el vocabulario; podrían ser coherentes como discurso, aunque no fueran cohesivos como texto. El contraste entre el par (6) y (7) y el par (6) y (8) permite ilustrar la distinción. (6) y (7) son tanto cohesivos como coherentes.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

(7) Sí, sí podría.

En cambio, (6) y (8) son coherentes sin ser cohesivos; no hay ninguna liga sintáctica ni léxica entre ellos, y sin embargo uno responde al otro.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

(8) Mi desarmador se rompió.

La existencia de dos tipos de unión, la cohesión y la coherencia, significa que debe de haber otra unidad además de la oración. Esta unidad es el acto. La cohesión es la unión entre oraciones; la coherencia es la unión entre actos.

Ahora, si seguimos las formas de argumentación que adoptaron Strawson y Searle, Austin y Widdowson, podemos demostrar que es necesario separar los actos de disertación de los actos ilocucionarios. He llevado a cabo sistemáticamente cada demostración por separado, y las he presentado, tanto en forma oral (por ejemplo en Castaños 1982), como escrita (por ejemplo en Castaños 1984 y Castaños 1986). También las he desarrollado en detalle y he señalado sus consecuencias en un trabajo extenso, mi tesis de doctorado (Castaños 1996). En esta sección sintetizaré las ideas principales de todas ellas.

Siguiendo el enfoque de Strawson y Searle, puede demostrarse que distintos actos de disertación pueden ocurrir con el mismo acto ilocucionario y, a la inversa, el mismo acto de disertación puede estar asociado con diferentes actos ilocucionarios. Tanto (9) como (10), respectivamente una aseveración y una pregunta, pueden, en los contextos adecuados y con la entonación correcta, ser empleados para ofrecer una pluma.

(9) No traes pluma.

(10) ¿Traes pluma?

A la inversa (1 1), una pregunta, puede ser utilizada para solicitar información, y recibir (12) como respuesta. Pero el mismo enunciado, sin dejar de ser una pregunta —lo que debe ser enfatizado— podría bien ser una introducción retórica a otro enunciado cuya función fuera proporcionar información, en un texto como (13).

(11) ¿Cuantos tipo de poesía hay?

(12) Tres: una de los sonidos, una de las imágenes y una de las ideas.

(13) ¿Cuantos tipo de poesía hay? Tres: una de los sonidos, una de las imágenes y una de las ideas.

Por otra parte, siguiendo el enfoque de Austin, puede verse que un acto de disertación no inaugura acción consecuente, sino que crea conocimiento (o lo hace presente). Una generalización no ejerce restricciones sobre la actuación del hablante, no crea obligaciones aunque pudiera ser una guía. La disertación opera en el dominio cognoscitivo, más que en el dominio civil.

Asimismo, los actos de disertación se juzgan en términos diferentes que los actos ilocucionarios. No diríamos que una generalización se llevó a cabo con éxito, de la misma manera en que sí decimos que una solicitud fue exitosa. Diríamos, más bien, que la generalización fue válida (o inválida). Además, aunque el enunciado ha de satisfacer ciertas condiciones cognoscitivas para contar como una generalización, el hablante no tiene que cumplir el tipo de condiciones sociales que lo autorizan a hacer una solicitud.

Finalmente, siguiendo el enfoque de Widdowson, podemos percibir si entre dos actos de disertación hay consistencia, aunque no haya coherencia entre los actos ilocucionarios que los acompañen. Los ejemplos previos (11) a (13) bastan para mostrar esto. Hay coherencia entre solicitar información, (11), y proporcionarla, (12); esta coherencia está ausente en (13). No obstante, en ambos casos hay consistencia entre la pregunta y la aseveración. De la misma manera, puede haber coherencia sin consistencia, como cuando a una pregunta sigue otra en un diálogo.

Fórmulas

En breve, los actos de disertación no son actos ilocucionarios. Si ahora extendemos los tres argumentos que establecen la distinción entre unos y otros, definiremos el acto ilocucionario como una intervención deóntica (Castaños 1992). La consecuencia de un acto de esta naturaleza es que una acción determinada (u otro acto de habla) se vuelve permitido, deja de serlo o continúa siéndolo. En la misma vena, un acto ilocucionario satisface o infringe las condiciones deónticas que prevalecen en el momento en que tiene lugar.

Por lo anterior, para definir un tipo de actos ilocucionarios, debe identificarse el valor deóntico que suscita. ¿Lo que está sobre el tapete es si la acción objeto de la proposición (el “contenido”) es permitida, obligatoria o prohibida. Y también debe identificarse cómo actúa el hablante en relación con las condiciones previas. ¿El enunciado cumple con las condiciones, propone un cambio de condiciones o efectúa el cambio?

Para definir propiamente los actos ilocucionarios, se necesitan dos elementos más. Uno es el sujeto de las condiciones deónticas. ¿A quién comprometen, al hablante, al oyente o a una tercera persona? El otro es la relación entre ese sujeto y su interlocutor. ¿Es simétrica, de subordinación o de dominio?

En esta perspectiva, una promesa se definiría como la siguiente combinación: obligado, propuesta, hablante, simétrica. En cambio, una solicitud sería: obligado, propuesta, oyente, simétrica. Pero una orden sería: obligado, cambio, oyente, subordinado.

En otras palabras, los elementos pueden verse como parámetros de una fórmula general que genera definiciones de todos los actos ilocucionarios de manera sistemática:

1) Ilocución: valor deóntico, intervención, sujeto, relación

El cuadro 1 enlista las opciones que corresponden a cada parámetro.

Cuadro 1. Los elementos definitorios de los actos ilocucionarios.

VALOR DEÓNTICO INTERVENCIÓN SUJETO RELACIÓN
Permitido

obligatorio

prohibido

Cumplimiento

Propuesta de cambio

Cambio

hablante

oyente

tercero

Simétrica

dominio

subordinación

Una fórmula análoga para los actos de disertación tendría tres elementos:

II) Disertación: fuerza de aseveración, referencia, predicación

Como se muestra en el cuadro 2, hay cuatro fuerzas de aseveración posibles: aseveración, aseveración hipotética, aseveración mitigada y aseveración suspendida.

La referencia puede ser genérica o particular, y la predicación puede pertenecer a ocho clases distintas: ascriptiva, existencial, ecuativa, inclusiva, intransitiva, transitiva, locativa, posesiva.

Cuadro 2. Los elementos definitorios de los actos de disertación

FUERZA DE ASEVERACIÓN REFERENCIA PREDICACIÓN
Aseveración

aseveración hipotética

aseveración mitigada

aseveración suspendida

genérica

particular

Ascriptiva

existencial

ecuativa

inclusiva

intransitiva

transitiva

locativa

posesiva

Para ejemplificar el uso de la fórmula II, una definición se definiría como la aseveración de una predicación ecuativa de dos referencias genéricas. Por ende, este acto puede ahora distinguirse con precisión de otros dos con los cuales se confunde comúnmente (Castaños 1988): la aseveración de una predicación ecuativa de dos referencias particulares, que podríamos tal vez llamar “nominación”, y la aseveración de una predicación inclusiva de una referencia particular en una genérica, que podríamos llamar “identificación”.

Perlocución

La determinación de los elementos propios de la ilocución coloca en una perspectiva adecuada lo que Austin deseaba mostrar cuando introdujo la noción de actos perlocucionarios (ver, especialmente las conferencias IX y X de Austin 1962). Su propósito era indicar que éstos son cualitativamente diferentes a los actos ilocucionarios. Uno de los ejemplos a los que él se refirió era la advertencia (warning), que ciertamente no opera en el mismo terreno que las promesas o las solicitudes mencionadas anteriormente

El punto de una perlocución es hacer que alguien quiera hacer (o dejar de hacer) algo, más que comprometerlo a hacer algo (o permitirle que lo haga). Es por ello que Austin subrayó la palabra “efecto” cuando presentó sus reflexiones sobre la perlocución, en oposición a la palabra “consecuencias”, a la cual había recurrido para tratar la ilocución.

Para aclarar más esto, puede añadirse que la ilocución y la perlocución no necesariamente tienen la misma orientación. Una acción puede ser obligatoria e indeseable para un mismo hablante. Más aún, con un mismo enunciado puede crearse una prohibición y simultáneamente despertarse un deseo de llevar a cabo algo.

Desafortunadamente, la teoría de los actos de habla no parece haber puesto suficiente atención en las advertencias de Austin. Más que analizar los efectos perlocucionarios que puede tener un enunciado además o en lugar de sus consecuencias ilocucionarias, generalmente se trata la perlocución como el efecto de la ilocución. Searle mismo introduce elementos de los actos perlocucionarios en su definición de actos ilocucionarios. Ésta es, de hecho, una de las fuentes de error en sus clasificaciones.

Ahora bien, si nos damos cuenta que los actos perlocucionarios no inauguran acción consecuente, sino, propiamente, motivan acción posterior, podemos llegar a una fórmula general análoga a aquéllas para los actos ilocucionarios y los de disertación. Los actos perlocucionarios despiertan o expresan actitudes: atribuyen o restan importancia y proporcionan una valoración positiva o negativa a aquéllo que es representado por la proposición que plantea el enunciado. Y hacen todo ello en relación con un sujeto, el hablante, el oyente o una tercera persona. Entonces, la fórmula y el cuadro correspondiente son:

III) Perlocución: importancia, orientación, sujeto

Cuadro 3. Los elementos definitorios de los actos perlocucionarios

IMPORTANCIA ORIENTACIÓN SUJETO

no

positiva

negativa

hablante

oyente

tercera persona

Para ejemplificar el uso de la fórmula, definiremos una advertencia como una atribución de importancia con orientación negativa para el oyente. Esta definición nos permite identificar los puntos de similitud y diferencia entre la advertencia y otros tipos de actos perlocucionarios, como aquéllos a los que nos referimos con los verbos “tentar” y “deplorar” — el tipo de actos que Austin tenía en mente.

Como un comentario adicional, quisiera mencionar que las aclaraciones anteriores podrían abrir las posibilidades de realizar estudios empíricos sobre la perlocución, quizás adaptando herramientas para la observación de la importancia y la orientación que ya han sido desarrolladas en otras disciplinas, como la psicología social.

Importancia

Además de proporcionar luz sobre la perlocución, los argumentos que separan la disertación y la ilocución, conducen a otros resultados que pueden resolver muchos problemas del analista empírico (ver Castaños 1996, particularmente el capítulo 10). No es este el lugar para tratarlos, pero puede ser útil mencionar uno, para dar una idea del alcance de la argumentación.

Si los elementos definitorios de los actos de disertación son los que están contenidos en la fórmula II y el cuadro correspondiente, entonces una conclusión y una ejemplificación no son actos como la generalización y la observación, sino relaciones entre tales tipos de actos. Esta distinción entre actos y relaciones entre actos evita errores derivados de considerar la conclusión o la ejemplificación como cohipónimos de la generalización o la observación.

Los señalamientos anteriores nos permiten afirmar que Seale tenía razón cuando subrayaba la importancia del problema taxonómico. Cuando nuestras definiciones de los actos son producidas de manera sistemática por permutación y combinación de elementos determinados, se pueden eliminar las causas que merman la validez o la confiabilidad de los estudios del discurso basados en la teoría de los actos.

De hecho, se puede responder a las críticas severas acerca de la teoría, como la de Brown y Yule mencionada en la introducción. Es claro que ellos tomaron un acto perlocucionario (felicitar) y un acto de disertación (afirmar) como si fueran actos ilocucionarios. En el contexto de estas confusiones, el “etcétera” que parece sustentar la observación de indefinición carece de sentido, y por lo tanto la objeción no procede.

Conclusión

Por todas estas razones, quisiera terminar respondiendo la pregunta de Searle. Si calculamos las combinaciones y permutaciones que son posibles de acuerdo con las tres fórmulas, veremos que existen 81 tipos de actos ilocucionarios, 64 tipos de actos de disertación y 12 tipos de actos perlocucionarios. En total hay 157 categorías de actos de habla… en el primer nivel de delicadeza, por supuesto. Podemos subclasificar todos los elementos, y con las subclasificaciones producir subtipos de esas categorías.

Bibliografía

Austin, J. L. (1962), (segunda edición, 1975), How to do things with words. Oxford: OUP.

Blum-Kulka, Shoshana; House, Juliane; Kasper, Gabriele (compiladores) (1989), Crosscultural pragmatics: requests and apologies. Norwood, New Jersey: Ablex.

Brown, Gillian y Yule, George. (1983), Discourse analysis. Cambridge: CUP.

Castaños, Fernando (1982), Dissertation acts. Annual Meeting of the British Association of Applied Linguistics. New Castle-upon-Tyne, 1982.

Castaños, Fernando (1984), Las categorías básicas del análisis del discurso y la “disertación”. Discurso, 5; 11-27.

Castaños, Fernando (1986), Acts and act relations. Estudios de Lingüística Aplicada, n°. 6. 6-40.

Castaños, Fernando (1988), On defining. The ESPecialist, vol. 9, no. 1/2. 157-172.

Castaños, Fernando (1992), Ilocución: intervención deóntica. Discurso, 13. 25-34.

Castaños, Fernando (1996), Discourse in ESOL research and design: the basic units. Tesis de doctorado (Ph.D.). Institute of Education, University of London.

Ellis, Rod. (1984), (segunda edición, 1988). Classroom second language development. Oxford: Pergamon Press (Londres: Prentice Hall).

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Long, Michael II. Adams, Leslie; McLean, Marilyn; Castaños, Fernando. (1976), Doing things with words: verbal interaction in lockstep and small group clasroom situations. En John F. Fanselow and Ruth Crymes (compiladores) On TESOL ‘76; Washington: TESOL.

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Sinclair, J. Mc H. and Coulthard, R. M. (1975), Towards an analysis of discourse: the English used by teachers and pupils. Londres: OUP.

Sperber, Dan y Wilson, Deirdre. (1986), Relevance: communication and cognition. Oxford:  Blackwell.

Strawson, P. F. (1950), On referring. Mind, vol. lix, N.S. Reimpreso en Logico-linguistic papers; Londres: Methuen; 1-27.

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Widdowson, H. G. (1978), Teaching language as communication. Oxford: OUP.

 


[1] Si uno piensa, como lo pienso yo, que la unidad básica de la comunicación lingüística humana es el acto ilocucionario, entonces la forma más importante de la pregunta original será:

“¿Cuántas categorías de actos ilocucionarios hay?”

[2]No hay un principio o conjunto de principios claros y consistentes con base en los cuales sea construida la taxonomía”.

 

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Castaños, Fernando. 1991. “Proposiciones fuera de su marco conceptual: notas  para una visión post-relativista del conocimiento y el lenguaje”. Discurso: cuadernos de teoría y análisis, no.11. México. Unidad Académica de los Ciclos Profesional y de Posgrado, CCH, UNAM. 54-61.

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PROPOSICIONES FUERA DE SU MARCO CONCEPTUAL: NOTAS PARA UNA VISIÓN POST-RELATIVISTA. DEL CONOCIMIENTO Y EL LENGUAJE[1]

Femando Castaños

Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras

El propósito de este trabajo es hacer una distinción triple entre proposiciones según su posición. El propósito es distinguir entre: A) una proposición que está dentro del marco conceptual en que se expresa; B) una proposición que está fuera del marco, pero que se puede decir desde él, y C) una proposición inalcanzable para un marco.

En el pasado, en diversas disciplinas se buscaron procedimientos para observar y describir sin preconcepciones, sin prejuicios, para ver y presentar el fenómeno “tal cual”. En la física, por ejemplo, el operacionalismo pretendía hablar sólo de objetos directamente observables, de propiedades directamente medibles.

En la lingüística, el estructuralismo norteamericano pospuso toda consideración sobre la palabra y sobre la oración hasta que los fonemas estuviesen completa y perfectamente cubiertos. Se pensaba que las ideas sobre las unidades mayores podrían viciar el trabajo sobre las unidades mínimas, que eran las verdaderamente reales. Se pensaba que lo científico era primero dar cuenta de los sonidos físicos y sus posibles combinaciones. Después éstas nos darían automáticamente las palabras y demás.

En el mismo espíritu se da el conductismo en la psicología y la fenomenología de la historia de Merleau-Ponty. Ésta perseguía el origen de la verdad, la intuición primaria sin contaminaciones de interpretación. Aquél ha querido describir la mente sin usar términos como “mente”, porque no tiene referentes inmediatos a los sentidos.

Operacionalismo, estructuralismo americano, fenomenología, conductismo, todos ellos, con sus diferencias, tenían dos principios comunes: 1) rechazar, o al menos posponer, los términos que no denotaran objetos o propiedades observables y 2) distinguir los planteamientos verdaderos de los falsos por los procedimientos de su descubrimiento. El objeto de estos principios era garantizar la neutralidad frente a los hechos.

A estas posiciones neutralistas se han opuesto unas corrientes que podríamos llamar perspectivistas. Según ellas no podemos observar algo sino desde una perspectiva, desde un punto de vista. Describimos, siempre, desde algún marco de referencia. Y para describir lo observable tenemos que aducir entidades y relaciones que no son directamente accesibles á los sentidos.

Para la física moderna, las leyes fundamentales de la naturaleza operan sobre elementos que no podemos ver, sólo inferir. Las cosas importantes son las invariantes de ciertas transformaciones matemáticas, más que aquellas que podemos pesar directamente en el laboratorio — aunque, por supuesto, la física no ha dejado de ser ciencia empírica.

Para la lingüística actual un fonema no se define puramente por sus propiedades físicas, ya que una determinada propiedad puede en una lengua servir para distinguir dos palabras, pero en otra ser insignificante. Es decir, que para definir el fonema, se requiere la palabra. En otro plano, en la descripción de una oración, la mismas secuencia de fonemas, e ‘incluso de palabras, puede representar oraciones distintas.

Para muchos psicólogos de hoy en día, sobre todo para aquellos que se inscriben en la psicología genéricamente denominada cognoscitiva,’ o cognoscitivista, resulta imposible describir el comportamiento de un sujeto que está, digamos, efectuando sumas sin recurrir al concepto aritmético de suma, y sin considerar las reglas abstractas que definen la operación. Igualmente resulta imposible ignorar al hambre al hablar de comer, o ignorar la comezón al hablar de rascarse.

Para las ciencias sociales es cada vez más claro que un hecho desprovisto de significación deja de ser un hecho histórico “La experiencia del fenómeno ‘tal cual’” es una expresión que no tiene mucho sentido, porque la experiencia del fenómeno es la interpretación del fenómeno.

Nos encontramos entonces, en las corrientes actuales, con la negación del principio que rechaza los términos que no denotan observables. Estas comentes niegan también el otro principio, la distinción entre lo falso y lo verdadero por los procedimientos de descubrimiento; Quizá donde más explícita sea esta negación es en la lingüística, que dedicó muchos esfuerzos a buscar los procedimientos decisivos, sin alcanzar el éxito. A partir de Chomsky, es claro que podemos encontrar las mismas ideas por distintos caminos, y que en ellos muchas veces juegan papeles importantes tanto el azar como lo que sólo podemos malnombrar ‘inspiración’. Lo importante no es cómo se llega a un conocimiento, sino cómo se sustenta, y cómo se pone a prueba.

En suma, en el desarrollo de distintas áreas del saber podemos presenciar una posición entre neutralismo y perspectivismo. El primero busca los datos puros, libres de interpretación. El segundo muestra que ello es imposible, porque, como dice John Lyons, los datos no están dados: se toman.

En la filosofía encontramos también la oposición. Se puede apreciar, por ejemplo, en la siguiente cita de Karl Popper:

I stressed the conjectural and theoretical character of all observations, and all observation statements. This led me to the view that all languages are theory impregnated; which meant, of course, a radical revision of empiricism.

(Popper 1979: 30)

 En español:

Subrayé el carácter teórico y conjetural de todas las aseveraciones, incluidas las observaciones. Esto me llevó a la idea de que todos los lenguajes están impregnados de teoría; lo que significaba, por supuesto, una revisión radical del empirismo.**[2]

 De hecho el trabajo de Popper ha contribuido de manera muy importante a las discusiones que en distintas disciplinas se han dado sobre neutralismo y perspectivismo.

Ahora bien, lo que me preocupa son las formulaciones demasiado radicales del perspectivismo. Me preocupa cuando Raúl Quesada (1984) rechaza la distinción entre lenguaje y realidad. Me preocupa cuando A. J. Ayer, en el mismo sentido dice:

It is vain to attempt to dissociate the world as it is in itself from the world as we conceive it. Alternative conceptual systems may be possible but we can only criticize one from the standpoint of another. We cannot detach ourselves from all of them and compare them with a world which we envisage from no conceptual standpoint at all.

(Ayer 1973:12)

En español:

Es vano intentar disociar el mundo como es en sí del mundo como lo concebimos. Sistemas conceptuales alternativos pueden ser posibles, pero sólo podemos criticar uno desde el punto de vista del otro. No podemos separarnos de todos ellos y compararlos con un mundo que veamos desde ningún punto de vista.**

Me preocupa cuando Paul Hirst (1982) habla de la imposibilidad de decidir racionalmente entre dos sistemas conceptuales. Me preocupa también cuando Ernesto Laclau, en su discusión sobre las teorías marxistas del Estado, usa la expresión “ambigüedad del referente”, cuando dice que la unidad del Estado:

…no está dada simplemente como un factum sino que supone ya una construcción teórica.

(Laclau 1981: 25)

Me preocupa sobremanera cuando leo:

…the definition of the graphic sign is really the definition of any sign (that sign Is a signifier whose signified is another signifier, foyer ‘the thing itself’, visible, present before us ‘is flesh and blood’).

(Denida 1974; cItado por Descombes 1980)

En español:

…la definición del signo gráfico es realmente la definición de cualquier signo (que todo signo es un significante cuyo significado es otro significante nunca “la cosa en sí”, visible, presente ante nosotros “en carne y hueso”).**

A veces creo que frente a tales doctrinas sólo queda la defensa del sentido común: mostrar a quienes las sostienen que si realmente asumieran lo que afirman, deberían dejar de hablar. Para hacerlo, podríamos primero recordar a Frege. Podríamos recordar que si digo:

(1) El sol es mayor que la luna,

no estoy diciendo:

(2) Mi palabra para nombrar al sol es mayor que mi palabra para nombrar a la luna.

Si fuera eso lo que yo quisiera decir, lo diría de esa manera.

Para decir (2), no tendría por qué decir (1).

¿Puede alguien realmente creer que si pide vino está irremediablemente hablando de otras palabras, y no de vino? Si así fuese, dejaría de pedir vino. Al menos, dejaría de hacerlo si su objetivo fuera saciar la sed, o deleitar el paladar. ¿Para qué querría que, en lugar de vino, le dieran la palabra “vaso”, o la palabra “cava”, o cualquier otra palabra?

Después de recordar a Frege, podríamos pedir que se aplicase a sí misma la teoría de que no se puede decidir entre dos sistemas conceptuales. La autorreferencia generalmente resulta difícil de procesar, y valdría la pena que aquí nos fuéramos despacio y con cuidado.

Supongamos que hay dos personas: Celina y Eloísa. Celina sostiene la teoría de que no se puede decidir racionalmente entre dos sistemas conceptuales. Es decir, la teoría forma parte del sistema conceptual de Celina. El sistema de Eloísa contiene la teoría contraria; para ella sí se pueden discutir dos sistemas, y escoger alguno de los dos con base en la discusión.

Celina y Eloísa discuten. Tratan de convencerse mutuamente. Ahora bien, si Celina tiene la razón, si no se puede decidir, entonces puede ser que Eloísa tenga la razón. Más aún, si Celina asume sus premisas, no tiene manera de probar que Eloísa no tiene la razón. Ni siquiera tiene sentido que lo intente.

Pero como Celina está tratando de convencer a Eloísa, le está dando la razón. Su intento presupone la posibilidad de discutir, de decidir entre los dos sistemas.

En suma, si alguien realmente creyera que no se puede hablar de los objetos, y si asumiera las consecuencias, dejaría de usar el lenguaje para realizar actos cuyo propósito fuese modificar la localización de un objeto, como el acto de pedir. De hecho, dejaría de usar el lenguaje en conexión con cualquier interacción con los objetos, no sólo con la modificación de su situación. Y si alguien realmente creyera que no se puede decidir entre dos sistemas conceptuales, y si asumiera las consecuencias, dejaría de decirlo.

Ésta es la defensa del sentido común frente a las posiciones perspectivistas extremas.

Pero quizá podamos hacer más que defender el sentido común. Quizá podamos circunscribir la fuente del error y proponer una formulación alternativa del perspectivismo que evite el error. Lo que queremos evitar es el planteamiento de que el sistema conceptual que tengamos determina lo que pensamos. Lo que queremos evitar es lo que en lingüística se denomina relativismo.

Queremos evitar afirmaciones como la siguiente:

Thus, the reason why the world cannot contravene the laws of logic, whatever they may be, is that they determine what can happen by determining what can be described.

(Ayer 1973:13)

En español:

Entonces, la razón por la que el mundo no puede contravenir las leyes de la lógica, cualesquiera que ellas puedan ser, es que ellas determinan lo que puede suceder al determinar lo que puede ser descrito.

Queremos también evitar afirmaciones como:

Las expresiones “racional” e “irracional” […] cobran significado preciso en relación a algún marco de referencia…

No me queda otra opción que admitir una pluralidad de racionalidades, como genuinas manifestaciones del logos racional.

(Chavarri 1982: 276/277)

En otras palabras, lo que queremos es evitar la idea de que lo que decimos y lo que pensamos, están necesariamente de acuerdo con el marco desde el cual lo decimos. Queremos dar cabida a la posibilidad de la objetividad. Después de reconocer que toda observación está necesariamente impregnada de teoría no hay que negar la objetividad, como hacen algunos; hay que plantear el problema de cómo es posible la objetividad, como hace Popper.

(Aunque la solución que propone él, la postulación del tercer mundo, no es adecuada. Lo único que háce es remover la intencionalidad de los enunciados, para dejar proposiciones puras, lo que es muy discutible. Pero aunque se admitiera esto, debe notarse que no se está atacando el núcleo del problema: la presencia de la teoría en la observación).

Tiende a aceptarse la idea de que lo que decimos, y lo que pensamos, está necesariamente de acuerdo con el marco desde el cual lo decimos, porque para cada sistema conceptual hay muchas cosas que no se pueden decir y muchas cosas que no se pueden comprender. Éste es un hecho que se constata fácilmente: cuando estudiamos alguna disciplina adquirimos nuevos marcos, o modificamos los que tenemos, y llegamos a poder decir y entender cosas que antes no podíamos.

Hay, entonces, para todo sistema conceptual, proposiciones inalcanzables. Pero esto no implica que todas las proposiciones que sí son alcanzables vayan de acuerdo al sistema, no implica que estén dentro de él. Queda la posibilidad de proposiciones fuera del sistema pero alcanzables desde él. Y esto sucede realmente. Siempre.

Existe la negación, la posibilidad de decir dos proposiciones contrarias. Normalmente sólo una de ellas podría estar de acuerdo al sistema conceptual. También existe la comunicación, la posibilidad de entender a otros. Y normalmente los sistemas conceptuales de dos personas no coinciden totalmente, por lo que habrá proposiciones que aunque caigan dentro de uno de los sistemas, estarán fuera del otro.

No sólo existe la posibilidad de decir y entender proposiciones que estén fuera del marco en que se formulen o del marco desde el cual se comprendan. También existe la posibilidad de aceptar como verdaderas estas proposiciones que caen fuera y son alcanzables. Existe con la posibilidad contraria: aceptar como falsas proposiciones que están dentro del marco. De hecho, todos los días nos damos cuenta de que las cosas no son como creemos que son.

Sabemos que existen proposiciones falsas, o tomadas por falsas, que están dentro de su marco de referencia, y proposiciones verdaderas o tomadas por verdaderas que caen fuera, porque su existencia nos mueve á modificar el marco. Deseamos Incluir las proposiciones verdaderas y excluir las falsas. No es una razón obligatoria; podemos vivir, de hecho vivimos, con las inconsistencias. Tampoco es la única razón. Muchas veces cambiamos nuestros marcos por motivos indirectos, porque sabemos, o pensamos, que otras personas tienen mejores conocimientos que nosotros. Pero de todos modos es una razón — en las ciencias es quizá la razón principal.

Resumiendo, la posición neutralista implica la formulación de proposiciones desde ningún marco conceptual, lo que es imposible. La posición perspectivista extrema, el relativismo, implica la imposibilidad de decidir racionalmente entre dos marcos conceptuales. Y una posición perspectivista que dé cabida a la objetividad requiere poder formular proposiciones que estén fuera de su marco conceptual. Requiere también la posibilidad de reconocer que éstas sean verdaderas, y que las que estén dentro sean falsas. Sabemos que éste es el caso porque de no ser así, la negación y la comunicación no existirían, y porque nuestro deseo de incluir las proposiciones verdaderas y excluir las falsas nos lleva a modificar nuestros marcos.

BIBLIOGRAFÍA

Ayer, AJ 1973. The Central Questions of Phylosophy. Harmondsworth, Middlesex, Inglaterra: Penguin.

Derrida, J.1974. Qf Grammatology. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.

Descombes, M. 1980. Modem French Philosophy. Cambridge: CUP.

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Hirst, P. 1982. “Anthropology and Ideology’. Conferencia dictada en la Universidad de Essex Inglaterra.

Laclau, E. 1981. “Teorías marxistas del Estado: debates y perspectivas”. En N. Lechner (compilador). Estado y política en América Latina. México: Siglo XXI, pp. 25-29.

Quesada, R. 1984. “De la lógica y la lingüística al discurso”. Discurso: cuadernos de teoría y análisis, año 1, número 3, pp. 9-30.


1 Versión escrita de una ponencia presentada en el Segundo Congreso Nacional de Filosofía, marzo de 1954, México, D.F.

[2] Los textos señalados con dos asteriscos son todos, traducción de F. Castaños.

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Relatoría: El Discurso religioso

Castaños, Fernando. 1991. “Relatoría: El discurso religioso”. En El dominio y la Palabra, compilado por Noé Jitrik. México. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. 325-337.

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Retatoría: El discurso religioso

Fernando Castaños

Presentación

Este trabajo es una transcripción corregida de la relatoría de la sesión dedicada al discurso religioso, que desarrollé el da de la clausura a partir de notas sobre la ponencia escrita de Clodomiro Siller y las presentaciones orales del propio Siller, Miguel Concha y Gilberto Giménez. Conserva las características principales del discurso hablado, aunque he eliminado las repeticiones que resultaban excesivas en lengua escrita y procurado que la entonación y el volumen sean suplidos, en sus funciones, por la puntuación y el orden de las palabras.

Utilizar la escritura sólo como un medio o canal para transcribir un discurso original y esencialmente oral impone una carga injusta al lector: el ojo debe, entonces, seguir estrategias adecuadas para el oído. Es un abuso del mismo orden que la simple lectura en voz alta de un artículo escrito.

He decidido, sin embargo, solicitar la benevolencia de los posibles lectores. La razón es que dar a la relatoría toda la formalidad de un artículo o un capítulo científicos implicaría multiplicar su extensión tres o cuatro veces o, mejor, dividir el trabajo en tres o cuatro, lo que no podría hacer en un tiempo razonable, ni sería apropiado. Ello se debe a la riqueza de las tres presentaciones de la sesión y a lo estimulante que resultaron.

Sinopsis

Mi propósito principal es resumir los trabajos de la sesión y señalar tres temas de investigación teórica que surgen al yuxtaponer aquéllos. Además, incluiré algunas opiniones sobre los trabajos reseñados.

La primera presentación que resumiré es la del doctor Clodomiro Siller, el productor de discurso de la sesión. En su trabajo se sostiene que con el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco se inicia en América la teología de la liberación.

La segunda presentación es el comentario del maestro Miguel Concha. Aquí se plantea el problema del carácter del discurso de Siller —quizá podríamos decir: el problema del registro al que pertenece el discurso—. La pregunta específica que se formula es si el texto es histórico o religioso. Al abordar esta cuestión se hace un análisis textual y se presentan algunas propuestas muy interesantes, como, por ejemplo, que “El Colegio de la Santa Cruz” son dos textos, y no uno.

La tercera presentación es la del doctor Gilberto Giménez, quien tenía el papel de analista en la sesión. Retorna el problema del carácter del trabajo de Siller y hace dos propuestas, que podrían formularse en los siguientes términos: a) el propósito de dicho trabajo es demostrar la legitimidad del discurso de la teología de la liberación como discurso religioso y frente a otros discursos religiosos; b) el trabajo tiene dos estructuras, una argumentativa y otra dramática.

Estas propuestas se presentan acompañadas de una serie de observaciones acerca del discurso religioso y acerca del estudio del discurso.

Me parece que la idea de dos textos, de Concha, y la de dos estructuras, de Giménez, son afines, mas no coincidentes. Ello sugeriría hablar de más de dos textos y más de dos estructuras y, por ende, de varios propósitos. Podríamos pensar, por ejemplo, que uno de los propósitos de Siller, además de los ya indicados, es legitimar el discurso de la teología de la liberación como discurso liberador, lo que permitiría incorporar una sugerencia acerca del carácter de “El Colegio de la Santa Cruz”1 presentada en la sesión de relatorías: este trabajo es un discurso político.

Aquí pueden advertirse inmediatamente dos problemas teóricos que merecen atención. El primero es el de la distinción de propósitos o, quizá, de tipos de propósitos.

El segundo problema teórico es el de qué significa que un texto sea dos. ¿Se trata, efectivamente, de una superposición, de textos o, más bien, de distintos niveles o dominios de organización? Por supuesto, es posible pensar que las dos ideas no son excluyentes; es decir, es posible pensar que todos los discursos tienen distintos niveles de organización y que, además, algunas veces ocurre el fenómeno de la superposición de discursos.

Además de esos dos problemas, quiero señalar otro: ¿cómo se relacionarían entre si los niveles de organización de un discurso, y como los discursos superpuestos? En particular, me interesa enfocar la atención sobre la relación entre dos dominios: el de las condiciones que tienen los sujetos para actuar y el de la exposición y argumentación o, como diría en términos técnicos, el terreno de la ilocución y el terreno de la disertación.2

Revisando las presentaciones de Siller y Concha, podernos descubrir que uno de los puntos de relación entre los dominios es el de las categorías que agrupan a los sujetos, ya que las condiciones de actuación en gran medida se refieren a ellas, y ellas pueden ser objeto de disertación. Lo más interesante es, quizá, que por el “puente” de las categorías, la ilocución y la disertación se afectan mutuamente de varias maneras.

Clodomiro Siller

En su trabajo, el doctor Siller nos habla de los miembros del Colegio de la Santa Cruz. Nos dice que tenía un cuerpo muy destacado de profesores, y que era un colegio para hijos de dirigentes indígenas. Entre ellos se encontraba Antonio Valeriano, quien fue un destacado intelectual de la época de la Colonia. En este colegio se enseñaba escultura, gramática, lectura, escritura, música, latín, retórica, lógica, filosofía, medicina y pintura.

Siller señaló la importancia de que se impartiera música, medicina y pintura, que no se enseñaban en los colegios de España. Eran materias que se incluyeron porque los conocimientos que corresponden a ellas se exigían a los dignatarios de todas las culturas de Mesoamérica.

En el colegio se hicieron investigaciones que permitieron a- fray Bernardino de Sahagún escribir la Historia General de las Cosas de Nueva España.

Surgieron muchas otras obras y se hicieron traducciones al náhuatl de literatura religiosa, incluyendo los evangelios. Se elaboraron sermones y doctrinas, se compusieron cantos y se escribió el relató de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

Además de hablarnos de los miembros del colegio, de las materias que se enseñaban en él, de las obras que se produjeron ahí, la ponencia nos habla de los eventos decisivos en los veinte años de vida del colegio, como la inauguración y la clausura. Nos habla, también, de los actos y los actores principales en esos eventos decisivos. Nos habla de fray Juan de Zumárraga, que fue quien tomó la decisión de abrir el colegio, y de los patrocinadores del colegio, entre los que se encontraba el rey. Nos habla de la sentencia de la Inquisición a uno de los alumnos del colegio, y nos habla, finalmente, de la prohibición que dictó Felipe II de escribir textos como los que se escribían en Santa Cruz.

Con tales elementos, Clodomiro Siller discute la naturaleza y las intenciones del colegio. Entre las alternativas o las posibilidades que considera, se encuentran las siguientes: 1) la función del colegio era recoger y preservar, en trabajos de investigación, la cultura y el conocimiento de los pueblos originarios de estas tierras; 2) el colegio buscaba fortalecer esta cultura como contracultura, como medio de resistencia a la destrucción de los conquistadores, 3) el colegio se había creado para reemplazar cuadros “no únicamente sacerdotales, sino principalmente políticos y administrativos” en las sociedades indígenas; 4) la razón de ser del colegio era ordenar sacerdotes, lo que nunca se logró. Otro propósito que no está identificado explícitamente como tal, pero que se percibe claramente en el trabajo de Siller, es el de defender la humanidad de los indios, demostrar su capacidad, su merecimiento, dignidad y derecho a ser sacerdotes.

Discutiendo todos esos puntos, el doctor Siller se propone demostrar que el Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco es “el primer momento teológico liberador” que ha habido en este continente. Podría decirse, como primera hipótesis de trabajo, que éste es el propósito principal de la ponencia.

Los elementos que he mencionado se encuentran en el trabajo escrito de Siller y en su presentación oral, aunque en ésta no se encuentran subrayados de la misma manera que en aquél. En cambio, hay una premisa que cobra un énfasis particular en la presentación oral y una definición que se añade.

La premisa que, por cierto, Siller denominó hipótesis, es que el evangelio es liberador y en la definición se concibe a la teología de la liberación como una teología que plantea las cosas desde la perspectiva del pobre.

A partir de lo que he dicho podemos ver que este trabajo de producción de discurso que presentó Siller era también un trabajo de análisis de otros discursos. En él se analizan los eventos cruciales en la vida del colegio, como la inauguración, al igual que textos, cómo los sermones y la narración de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. La conclusión que deriva Siller de este análisis del discurso es que en el Colegio de la Santa Cruz se pusieron en clave teológica las alternativas para los pobres.


Miguel Concha

Si bien el productor de la sesión fue, también, un analista, el comentarista fue un productor, de acuerdo con lo señalado por Noé Jitrik al principio del encuentro. Miguel Concha produjo un discurso que en buena medida apoyaba el discurso anterior, el de Clodomiro Siller, además de cumplir con la función de leer para aclarar.

El comentario se dirigió a tratar el problema de si el texto de Siller era un texto histórico o un texto religioso. Se basé principalmente en dos análisis: uno muy breve del subtítulo, el contenido y el horizonte del trabajo de Siller y otro un poco más detallado en términos de lo que él llamó la hermenéutica de la Biblia.

Así, Concha habló del texto de Siller, de su contexto y de su pretexto. Aquí planteé algo interesante que debe recuperarse: el trabajo de Siller no era un texto sino dos textos que tenían dos contextos y dos pretextos.

Uno de los textos era la relación del primer momento teológico liberador en América. El otro texto era sobre la resistencia de los indígenas a la Iglesia católica y los intentos que se han hecho para vencer esa resistencia.

Creo que el pretexto del primer texto sería probar la dignidad de la Teología de la Liberación mostrando que tiene un origen digno; y del segundo, mostrar la conveniencia para la Iglesia de dicha teología. Sin embargo, no estoy seguro si Concha aprobaría estas formulaciones.

El comentario fue complementado por un análisis del manejo de los símbolos en el relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, el Nican Mopohua.

El maestro Concha hizo aquí referencia a diferentes estudios; habló, por ejemplo, del significado de los números cinco y dos para los nahuas.

Se observó cómo aparecen los personajes del relato al encontrarse unos frente a otros; por ejemplo, Juan Diego digno y seguro ante la Virgen, pero tímido e inseguro con el obispo.

En esta exposición, el maestro Concha subrayó la importancia que en los discursos del Colegio de la Santa Cruz tenía la tesis de que los indios eran dignos de ser sacerdotes. Viendo esto en términos más generales, podemos decir que un tema central de esos discursos era el de qué actos (como recibir investiduras) estaban permitidos a qué categorías de sujetos (como la de indio).

Gilberto Giménez

El doctor Giménez abordó también el problema del carácter de “El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco”. Planteó que se trataba de un texto religioso.

Para fundamentar su planteamiento, Giménez presentó una visión del campo del discurso religioso como un campo de discursos jerarquizados. En el nivel más alto, se encuentran las fuentes, es decir, los textos sagrados. En otros niveles se encuentran las interpretaciones autorizadas y la pastoral (que se refiere a las prácticas ceremoniales). Uno de los discursos ese ese campo es el discurso teológico.

A partir de la exposición de Giménez, creo que podríamos decir que el discurso teológico está constituido por argumentaciones que se sustentan en la autoridad de las fuentes. En otras palabras, un discurso teológico pretende demostrar que determinadas aseveraciones se desprenden de proposiciones contenidas en los textos sagrados.

Ahora bien, Gilberto Giménez nos hace ver que la intención del texto de Siller es mostrar que los discursos con los que asocia la teología de la liberación, como el Nican Mopohua, son consistentes con el Evangelio.

Antes de llegar a ese resultado, el doctor Giménez analiza la estructura argumentativa de “El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco” para indicar cómo, efectivamente, sus conclusiones se basan en el Evangelio.

Aquí deseo abrir un paréntesis, porque el análisis me hizo “releer” el texto de Siller. A la luz de aquél, me pareció que detrás del argumento principal había otro, que llamaría invertido.

Podría explicar la idea exponiendo primero la forma general de los argumentos que aceptamos comúnmente y, después, comparándola con la forma del argumento implícito de Siller.

En la forma general de un argumento aceptable tenemos tres elementos: 1) una regla de inferencia; 2) una o varias premisas y 3) una conclusión. La regla de inferencia es de este tipo: si la premisa es cierta entonces la conclusión es cierta.

Cuando seguimos un argumento de la forma general, si aceptamos la regla de inferencia y aceptamos la premisa, debemos aceptar la conclusión. Por ejemplo, si aceptamos (A) y (B), debemos aceptar (C):

  1. Si el vehículo es un camión, entonces el vehículo es grande.

  2. El vehículo es un camión.

  3. El vehículo es grande.

Ahora bien, el argumento que parece estar implícito en “El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco”, tiene una forma similar a la general, excepto que aquí la premisa se deduce de la conclusión. Es como si al aceptar (A) y (C) debiéramos aceptar (B), lo que de manera abreviada quedaría así: como el vehículo es grande, entonces es un camión lo cual, obviamente, es inaceptable ya que puede haber otros vehículos grandes, además de los camiones.

Específicamente, el argumento implícito es el siguiente:

  1. Si el Evangelio es liberador, entonces la evangelización auténtica es liberadora.

  2. La evangelización que llevaron a cabo los miembros del Colegio de la Santa Cruz fue auténtica y liberadora.

  3. Por lo tanto, el Evangelio es liberador.

Diría, entonces, que es como si realmente hubiera dos argumentos en el trabajo de Siller: uno que quiere convencernos de que el colegio fue la primera experiencia teológico-liberadora en nuestro continente y otro, detrás del primero, que quiere convencernos de que el Evangelio es liberador. Apoyaría esta interpretación en el hecho de que Siller mismo llamó hipótesis a esta última proposición y le imprimió un énfasis particular en su presentación oral, como ya indiqué.

Debo repetir que ésta fue la relectura que hice del trabajo de Siller a partir de la exposición de Giménez. Él no debe ser criticado si resulta aventurada, ni si mi calificativo de invertido para el argumento implícito es equivocado, ya que, al rozar el punto, se limitó a decir que podía haber distintas lógicas y él no las ponía en cuestión.

Aquí cierro el paréntesis, para pasar a otra observación de Gilberto Giménez. Al descubrir el campo jerarquizado del discurso religioso, lo presentó como un campo en tensión, casi en lucha, podríamos decir. Señaló, entonces, que el discurso teológico-liberador es marginal dentro de este campo. El trabajo de Siller responde a esta condición: busca reivindicar al discurso de la teología de la liberación frente a otros discursos religiosos o, quizá, ampliar sus espacios.

Lo interesante es que la reivindicación se busca por medio de una narración dramática. Giménez identifica a los dos grandes actores que toman parte: la sociedad novohispana y el Colegio de la Santa Cruz. En un primer momento la sociedad aparece por encima del colegio. En un segundo momento se invierten las posiciones y el colegio aparece por encima de la sociedad En un tercer momento, no sólo se invierten, sino que se elimina, se aniquila al colegio. Pero en un momento posterior presenciamos la resurrección de la teología del colegio en el alma del pueblo.

Además de argumentar que el trabajo de Siller es un discurso religioso y que su intención es ampliar los espacios de la teología de la liberación, frente a otros discursos religiosos, Gilberto Giménez hizo una serie de acotaciones, a lo largo de toda su presentación, acerca de rasgos del texto de Siller y acerca de cuestiones metodológicas en el estudio del discurso.

Habló, por ejemplo, de la enunciación despersonalizada en “El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco”, rasgo que comparte con los discursos históricos. Habló, también, de esquemas para tratar la argumentación y del lugar de la lingüística en el análisis discursivo. Además, hizo algunos comentarios sobre la situación en que nos encontramos, la de hacer un análisis con los productores.

Problemas teóricos

Al resumir el trabajo de Siller, indiqué que, como primera aproximación, podría decirse que su propósito era probar que el Colegio de la Santa Cruz era el primer momento teológico-liberador en América. Después, relaté que Miguel Concha identificaba dos pretextos para el mismo trabajo, los cuales yo, quizá erróneamente, expreso como demostrar la autenticidad y la conveniencia de la teología de la liberación. Más adelante, indiqué para Gilberto Giménez que la intención del trabajo era una que podemos formular como legitimar el discurso teológico-liberador en el campo de los discursos religiosos, y que para mí era legitimarlo en el campo de los discursos liberadores, aunque por supuesto ambas hipótesis no son necesariamente contradictorias.

Propósito”, “pretexto” e “intención”, términos que parecerían sinónimos, han sido usados para hacer referencia a un número (5) de aspectos aparentemente similares, o de la misma índole. Esto es importante, ya que muchas veces tendemos a hablar de una intención —la intención— de un determinado discurso. Es claro, entonces, que se requiere una reflexión cuidadosa acerca del o los conceptos asociados con “propósito”, “pretexto” e “intención” y, quizá, establecer distinciones precisas entre los términos.

Dicho problema teórico nos lleva a otro o, más bien, a un área problemática: ¿cómo se relacionan el propósito, el pretexto y la intención con los dominios de organización o las estructuras de un discurso? Para Miguel Concha parecería que dos pretextos requieren dos textos; en cambio, Gilberto Giménez plantea una intención y dos estructuras, aunque queda en el aire la idea de una intención compleja compuesta de dos intenciones coincidentes o complementarias.

En el fondo, de lo que estamos hablando es del problema de la autonomía o dependencia entre los dominios o estructuras de un discurso. ¿Qué condiciones deben cumplirse para que coexistan una argumentación religiosa y otra histórica, o una argumentación lógica y una narración dramática, o una argumentación explícita y otra implícita (o invertida), o un discurso religioso y otro político? Y si coexisten ¿cómo se relacionan entre sí los dominios o las estructuras de un discurso?

Con la última formulación damos entrada a un tercer problema o tercera área problemática, que es más específica: la cuestión de las categorías, que señalé al relatar el trabajo de Miguel Concha. Me parece que una manera en que se relacionan los dominios fundamentales del discurso es a través de las categorías a que pertenecen los sujetos.

Para indicar cómo veo esto, quisiera volver al texto del doctor Siller. Como indiqué al principio de la relatoría, en el trabajo se habla de otros discursos, que incluyen eventos significativos en la vida del Colegio de la Santa Cruz y textos importantes de sus miembros.

Al imaginarnos dichos discursos del colegio, es posible darse cuenta de que hay un juego entre dos terrenos discursivos: el terreno de la creación y modificación de las condiciones para la actuación y el terreno de la exposición y la argumentación. Yo llamo a éstos el terreno de la ilocución y el terreno de la disertación. En el primero se establece, o se lucha por establecer, qué está permitido y qué es obligado o prohibido y para quién, para los miembros de qué categoría. En el segundo, se plantea cómo son las cosas.

En términos específicos, en la Colonia está establecido que sólo los seres humanos tienen permitido recobrar la investidura de sacerdotes, y los miembros del Colegio de la Santa Cruz intentan demostrar que los indios, o naturales, como eran denominados, son seres humanos y, por lo tanto, pueden ser ordenados sacerdotes. El relato de la aparición de la Virgen de Guadalupe sirve a este propósito, pero para comentar de qué manera lo hace, es necesaria una digresión.

Me parece que en muchas circunstancias cuando una autoridad permite a alguien hacer algo que sólo está permitido a quienes pertenecen a determinada categoría, queda incluido en dicha categoría. Creo que, de hecho, el fenómeno es más amplio: una persona puede quedar incluida en determinada categoría por diversos actos ilocucionarios de una autoridad, como solicitudes, invitaciones o prohibiciones, y no solamente por órdenes.

Diría que este tipo de inclusión, por vía ilocucionaria, es lo que buscaba fray Bernardino de Sahagún al lograr que el rey, el virrey y el arzobispo realizaran actos como la aprobación y la inauguración del colegio. Buscaba que los miembros del mismo quedaran incluidos en una categoría que, por así decirlo, les garantizaba cierta protección ante la sociedad novohispana.

Por otro lado, además de la vía ilocucionaria, está la disertativa.

A partir de lo dicho anteriormente sobre propósitos, dominios discursivos y relaciones entre locución y disertación, quizá puedan aclararse tales áreas; y a la inversa, avances en el estudio de la intertextualidad y en el desarrollo de tipologías, seguramente contribuirían a la comprensión de los problemas que he señalado en esta relatoría.

Los miembros del colegio discuten qué características tienen los seres humanos y describen a los naturales, para concluir que éstos son seres humanos.

Aquí podemos regresar al Nican Mopohua. La Virgen de Guadalupe solicita a Juan Diego que sea su emisario. Esta encomienda sólo puede ser recibida por seres humanos. Por lo tanto, Juan Diego es ser humano, al igual que sus congéneres.

En otras palabras, el relato, la disertación, presenta a una autoridad suprema, la Virgen, incluyendo por vía de la ilocución a un natural y, por extensión, a todos los naturales en la categoría de seres humanos. Por los resultados visibles, parece que esta narración acerca de actos ilocucionarios fue más efectiva que otros tipos de disertaciones, como las argumentaciones propiamente dichas.

Tenemos, entonces, un ejemplo muy interesante de relaciones entre disertación e locución. Aquí, una disertación cambia de categoría a los sujetos involucrados y, de esa manera, les cambia las condiciones ilocucionarias; pero la disertación es acerca de actos ilocucionarios en los que están implicadas las categorías.

Quisiera terminar esta sección, haciendo la observación de que los tres problemas teóricos indicados se relacionan con cuestiones que han sido tratadas en otras sesiones y en la inauguración del encuentro, como la intertextualidad o la tipología de textos.

A partir de lo dicho anteriormente sobre propósitos, dominios discursivos y relaciones entre ilocución y desertación, quizá puedan aclararse tales áreas; y a la inversa, avances en el estudio de la intertextualidad y en el desarrollo de tipologías, seguramente contribuirán a la comprensión de los problemas que he señalado.

 

1 Si mal no recuerdo, el autor de la sugerencia fue César González.

 

2 Castaños, F., “Las categorías básicas del análisis del discurso y la disertación.” Discurso: Cuadernos de teoría y análisis, número 5, 1984, pp. 11-27.

 

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Castaños, Fernando. 1986. “¿Cómo se moldean las teorías? Notas sobre el estudio del lenguaje    especializado”. OMNIA, no. 5. México. UNAM. 35-43.

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¿COMO SE MOLDEAN LAS TEORIAS? NOTAS SOBRE EL ESTUDIO DEL LENGUAJE ESPECIALIZADO

Fernando Castaños

La vida del pensamiento y de la ciencia es la vida inherente de los símbolos.
C.S. Peirce

Introducción
En la Maestría en Lingüística Aplicada de la Unidad de los Ciclos Profesional y de Posgrado del Colegio de Ciencias y Humanidades, con sede en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, hay un gran interés en la investigación del lenguaje especializado. Hemos realizado estudios sobre las características del inglés en distintas áreas del conocimiento, como matemáticas y biología, y también sobre sus propiedades en distintos tipos de textos, como informes experimentales y libros de texto.

Inicialmente pensé que estas notas deberían tratar por igual ambas clases de estudios, denominados de “registros” y de “géneros” respectivamente. Sin embargo, después decidí concentrarme básicamente en los primeros, por razones de tiempo y coherencia, además de ser en los que hemos avanzado más. Esto no quiere decir que excluya totalmente las consideraciones sobre los géneros. Como podrá apreciarse adelante, muchas veces los análisis de registros y los de géneros convergen y se complementan.

A pesar de la delimitación que he hecho, no he podido mencionar todas las investigaciones y discusiones que hubiera querido. Espero, no obstante, brindar una visión representativa de lo que hemos hecho. En su mayoría, los trabajos que describo son muy breves pero representan aportaciones originales y, en conjunto, van constituyendo las bases para una teoría del lenguaje especializado. Para poder mostrar cómo surgen, aunque sea someramente, presento como antecedente un panorama histórico internacional de la investigación sobre el inglés especializado entre 1940 y 1975, aproximadamente.

 Antecedentes históricos

 Los investigadores de problemas relacionados con la enseñanza del inglés como lengua extranjera, han distinguido el inglés académico del inglés general desde los años cuarenta. En esa década, Michael West, uno de los grandes pioneros de la lingüística aplicada británica, empezó a registrar las variaciones en la frecuencia con que ocurrían en textos para un público amplio y en textos científicos las palabras más comunes del inglés.

Con el paso del tiempo se hicieron análisis de este tipo, que dividían los textos científicos por área o añadían textos de historia o derecho. Más adelante, se estudiarían de manera análoga algunas construcciones gramaticales.

En la década de los sesenta, se invirtió el propósito de las investigaciones: en lugar de dirigir los esfuerzos a la caracterización de una palabra o una construcción por sus frecuencias diferenciales, el énfasis se puso en la descripción de una variedad de textos por las frecuencias de sus palabras y sus construcciones. Quizá los trabajos más citados de esta época sean el de C. Barber (1962) y el de J. Eewer y G. Latorre (1967), uno con énfasis en el análisis y otro en la aplicación al diseño de cursos. La tendencia se fue acentuando y a mediados de los setenta se pensaba que era preferible la descripción completa de una variedad que la comparación parcial de ella con otras. Robinson (1980) proporciona una bibliografía bastante completa de los trabajos realizados entre 1960 y 1975.

Quizá este desarrollo histórico sugeriría que la preocupación central de los últimos diez años podría haber sido superar la disyuntiva entre descripción completa y comparación parcial. Ciertamente, no hubiera sido un objetivo excesivamente ambicioso, por el aumento de lingüistas aplicados y el avance de la computación. Sin embargo, el interés por los estudios de frecuencias decayó notablemente.

A partir de una concepción crítica de la enseñanza concentrada en el vocabulario y la gramática, aislados del uso de la lengua en la comunicación, Henry Widdowson rechazó, en un artículo de mucha influencia (1975), la utilidad de los datos cuantitativos. Propuso que, en lugar de ellos, la meta de la investigación fuera la explicación cualitativa de cómo la lengua es usada para realizar en el discurso operaciones de exposición y argumentación como definir, generalizar, clasificar, deducir o ejemplificar, a las que llamó “funciones comunicativas”.

Un trabajo de Selinker y Trimble (1976) daba pie para suponer que en un periodo relativamente corto habría muchos frutos de la clase de estudios que proponía Widdowson. Ellos se planteaban metas en buena medida convergentes con las de él, aunque se originaban en una escuela distinta. El trabajo presentaba algunas relaciones entre la gramática y las funciones comunicativas (o “retóricas”, para los autores); se mostraba, por ejemplo, que en los informes científicos el tiempo pasado tendía a usarse para expresar observaciones particulares y el presente para generalizaciones.

A pesar de los indicios inicialmente prometedores, los estudios que intentan explicar los vínculos entre las estructuras gramaticales y las llamadas funciones, no han producido todos los resultados que se esperaba, debido principalmente a una falta de definiciones precisas de las funciones. De hecho, el problema es más profundo, ya que la base de los estudios ha sido una concepción errónea, o al menos incompleta, de la naturaleza de las funciones. Se les veía esencialmente como elementos de la interacción entre el autor y el lector de un texto, y se dejaba de lado el efecto que tienen de hacer presente, crear o modificar el conocimiento. Se les consideraba como si fueran de la misma naturaleza que las invitaciones, las órdenes y las solicitudes, que en la filosofía se llaman “actos ilocucionarios”. Para evitar esta confusión y para subrayar que se trata de funciones de exposición y argumentación, yo las he llamado “actos de disertación” (Castaños, 1984).

Si bien los estudios del tipo propuesto por Widdowson no han tenido el éxito esperado, sí han motivado el surgimiento de otros, quizá menos ambiciosos, que no dependen de la identificación de funciones como unidades discretas, sino que solamente pretenden describir el empleo de expresiones o construcciones específicas. Por ejemplo, C. Pettinari, discípula de Selinker, mostró cómo el “sujeto mudo” there se usa en los reportes de cirugía para introducir la información directamente menos relevante para la operación expuesta (1983).

Los estudios sobre el empleo de expresiones o estructuras específicas tienen una virtud: han permitido reconciliar los enfoques cualitativos y cuantitativos, lo cual permite un mayor grado de rigor y una capacidad explicativa no alcanzados anteriormente. Además, este tipo de estudios poco a poco va contribuyendo a que se entienda el funcionamiento del lenguaje en el mundo académico, aunque no hayan explicado qué son las funciones comunicativas (o retóricas) y cómo se realizan.

Las funciones discretas de Widdowson y el empleo de Pettinari generalmente se agrupan bajo una acepción más general del término “función”. Observando esto, podemos decir que ha habido dos objetivos en las investigaciones en lengua inglesa. Uno ha sido el de determinar la frecuencia (o ausencia) de formas lingüísticas y el otro el de relacionarlas con sus funciones.

Estos objetivos están vinculados con concepciones y preocupaciones derivadas de una escuela lingüística cuyo principal representante es Michael Halliday. La noción fundamental que los articula es la de registro, formulada por Halliday, conjuntamente con A. Mclntosh y P. Strevens, en 1964. Es una noción compleja, que para ser abordada y discutida adecuadamente requeriría un tratamiento amplio, pero que para los propósitos de estas notas podría plantearse así: un registro es un conjunto de funciones únicas asociadas cada una con una forma única; está, por lo tanto, separado tajantemente de otros registros.

 En un principio se asumió de manera poco crítica la idea de que el inglés de una ciencia era un registro y el inglés general otro. Pero con el tiempo, esta idea se fue erosionando. La experiencia demostraba que al entrar a un curso de inglés técnico, los alumnos que habían llevado un programa de inglés general tenían ventaja sobre los que no lo habían hecho. A la inversa, sucedía algo análogo: quienes sabían inglés técnico ya sabían también algo de inglés general. Después de todo, se llegó a pensar, en ambos casos se trataba simplemente de inglés. Incluso en algunas partes se ha adoptado la posición extrema, opuesta a la inicial, de negar las diferencias entre el inglés general y el del mundo académico, o de afirmar que éste es sólo una forma restringida de aquel.

Nuestras preocupaciones

Casi desde que empecé a estudiar el lenguaje especializado he pensado que es necesario criticar y reconstruir la noción de registro. Creo que la separación entre el lenguaje de dos disciplinas no es tajante, pero también creo que las diferencias pueden ser significativas para su procesamiento; no ha de ser gratuito, por ejemplo, que un alumno de sociología lea un libro por semana para una materia y uno de matemáticas medio libro por semestre; estos tiempos deben estar relacionados con la naturaleza de los respectivos textos. Creo también que el inglés general (o, en su caso, el español general) no debe ser considerado como una variedad, en el sentido en que hablaríamos del inglés técnico o del inglés comercial como variedades; más bien, el inglés general es el inglés común a todas las variedades.

De manera específica, plantearía mi posición formulando los siguientes puntos:

1) La asociación entre forma y función no es necesaria; es decir, en una lengua encontraremos que la misma función puede ser realizada por diferentes formas y que la misma forma puede realizar distintas funciones (quizá en diferentes ámbitos). 2) Los lenguajes de dos disciplinas comparten funciones y también comparten formas, pero debemos esperar que al menos un par forma-función sea único (aunque cada elemento del par, por separado, sea compartido).

Para ejemplificar estas ideas, podría señalarse que muchas veces es necesario indicar en qué nivel de una taxonomía se ubican los sujetos a que nos referimos. Generalmente esto se hace por medios lexicales, usando frases como “en el nivel x…”; pero en la biología existen medios sintácticos. Las reglas de las construcciones con latinismos o con combinaciones de palabras comunes y latinismos, permiten al lector saber si el autor está hablando de un género, una familia, una especie o un individuo. Por ejemplo, si un autor emplea una frase nominal con dos latinismos, deberá escribirla sin artículo, y el lector sabrá que se refiere a una especie.

Otro caso ilustrativo es el de la nomenclatura química. En muchas disciplinas se busca que las relaciones conceptuales reflejen las estructuras de la realidad, y sus lenguajes tienen maneras de establecer e indicar estas relaciones; pero sólo en la química quedan las estructuras representadas directamente por la morfología, tanto de sus fórmulas como de sus nombres. Sabemos que si algo se simboliza por una serie de letras mayúsculas que terminan en -OH o se designa por un nombre que acaba en ol, tenemos una substancia con la estructura de un alcohol.

Estas preocupaciones sobre la noción de registro se han ido aclarando para mí en discusiones con los alumnos de tres seminarios de investigación del segundo año de la Maestría en Lingüística Aplicada. En ellos he presentado resultados de investigaciones detalladas, como una sobre los latinismos, que es de donde surgen las observaciones del párrafo anterior, al igual que ideas que podrían iniciar una investigación, como la que se refiere a la morfología química. Pero, sobre todo, los seminarios han sido un espacio donde los alumnos generan investigaciones propias. La mayoría han sido proyectos breves, atendiendo al número de créditos de los seminarios ya la conveniencia de que los alumnos puedan dedicarse a su trabajo de tesis. Sin embargo, han surgido planteamientos que pueden servir de base para un programa a largo plazo de investigaciones de vanguardia, y que actualmente enriquecen la docencia que imparto en materias obligatorias del primer año, como semántica y lingüística del texto.

Para el primer seminario hubo dos puntos de partida. Uno se derivaba de estudios a los que ya he hecho alusión (Castaños, 1984), y era la consideración de que la función central del discurso académico es la de hacer presente, crear o modificar el conocimiento. El otro se derivaba de observaciones hechas por maestros y diseñadores de cursos de lectura del CELE, y era la hipótesis de que los textos de distintas disciplinas tienen grados diferentes de redundancia. Ambos puntos de partida respondían al interés por realizar investigaciones básicas y, a la vez, obtener resultados de utilidad más o menos inmediata para la enseñanza.

 Al poco tiempo, la hipótesis sobre grados diferenciales de redundancia nos llevó a preguntarnos en cuántos niveles de organización del lenguaje aparecía la misma información. Una exploración inicial de Pamela Urdal y Lidia Guzmán, basada en trabajos de materias anteriores, indicaba que en la introducción de los artículos de ciertas revistas hay partes que, en una secuencia bastante predecible, explican de qué conocimientos se arranca, porqué hay que extenderlos o modificarlos, qué conocimientos nuevos se proponen, a dónde se pretende llegar y cómo se sustenta la propuesta. Además de estar más o menos definidas por su lugar dentro de esta estructura discursiva, las partes están marcadas por el uso de estructuras gramaticales determinadas y por cierto tipo de expresiones. Por ejemplo, con frecuencia el tiempo presente perfecto se usa para indicar el “de qué” y el “a dónde” contiene expresiones mitigantes como it seems that, mientras que el “qué” se plantea en presente simple sin mitigación; además, si el artículo es un informe experimental, el “cómo” se expresa en pasado. Pero hay otras marcas aún; entre ellas, las referencias a otros trabajos para el “de qué” y el uso de conectores de contraste para introducir el “porqué” (este trabajo fue presentado en un encuentro nacional de profesores de lenguas, pero desafortunadamente no existe una versión escrita de él).

 Era claro que el estudio de todos los niveles podría aportar resultados interesantes. En el primer nivel lingüístico, el uso de los sistemas de escritura, nos llamó la atención el uso del alfabeto griego en la geometría y se advirtió que las letras del álgebra y los signos de las operaciones matemáticas eran de naturaleza diferente que las palabras del inglés. Tomando en cuenta observaciones de Emilia Ferreiro (1985) sobre los números, podríamos ahora decir que, como ellos, los símbolos algebraicos no son alfabéticos, sino ideogramáticos. Pero me parece que los signos de las operaciones no pertenecen a ninguna de las dos categorías mencionadas; no representan sonidos ni referentes, sino relaciones. Esto es algo que merecería una atención especial.

En el seminario se hizo notar también que hay elementos de los textos como tablas, gráficas y diagramas, que no necesariamente se leen de arriba hacia abajo, sino que, más bien, se leen frecuentemente en sentido inverso. Hay también elementos, como los paréntesis de Dirac en la física, que se leen de derecha a izquierda.

Aparte de los niveles lingüísticos de sistemas de escritura, morfología o sintaxis, que he mencionado, y de semántica, que mencionaré, son importantes los niveles paralingüísticos de la puntuación, la tipografía y el diseño de la página. Son los elementos de estos niveles los que permiten distinguir los elementos y las estructuras lingüísticas y discursivas; por ejemplo, muchas veces se evita la confusión entre la variable y la conjunción “y” por la tipografía. Además, contribuyen de manera fundamental a jerarquizar y organizar los temas de un texto.

Un trabajo de Tomás Haitema (1985) busca, a partir de la idea de que los registros no están tajantemente separados, mostrar una transición en el uso de los elementos paralingüísticos entre textos de biología para secundaria y para preparatoria —así como en la estructura global y en el sistema de escritura. Encuentra que en el libro de secundaria hay más recursos para marcar las palabras clave que en el de preparatoria (que sólo utiliza cursivas). Por otro lado, en éste aparecen usos nuevos de los elementos paralingüísticos; por ejemplo, para poner citas largas y notas al pie de página, que no existen en el libro de secundaria.

Hemos ido viendo, entonces, que para caracterizar un registro académico y para identificar las propiedades comunes a todos los registros académicos es importante el análisis empírico en tres tipos de niveles: los paralingüísticos de la puntuación, la tipografía y el diseño de páginas; los lingüísticos del o los sistemas de escritura, la morfología, la sintaxis y la semántica; y los discursivos de los actos de disertación y la estructura global.

Sobre todos estos niveles, excepto el de la puntuación, se han generado ideas nuevas en los seminarios y, recientemente, en las materias obligatorias. Ya he indicado de qué tipo son la mayoría, pero me falta considerar dos niveles: el de la semántica y el de los actos de disertación. Estoy convencido de que precisamente los estudios sobre estos dos niveles deben ser los focos de articulación de un programa de investigación a largo plazo.

Las descripciones semánticas de un texto son descripciones de las relaciones conceptuales que presupone o plantea; es decir, son descripciones del conocimiento plasmado en el texto, hechas desde un punto de vista lingüístico. El análisis de sus actos de disertación está dirigido a mostrar las operaciones en el texto sobre esas estructuras de conocimiento.

Al menos desde Schopenhauer, los estudiosos del lenguaje han planteado que las configuraciones semánticas distintas dividen de manera distinta los campos conceptuales. Por ejemplo, recientemente Pascual Buxó (1984) representa con el siguiente diagrama tres configuraciones del mismo campo:

 Leña bois Holtz  
 Madera  
 Bosque  
Wald
forêt
 selva

          Español             Francés              Alemán

Observemos que de manera más drástica, en una configuración dos vocablos, como “hombre” y “animal”, pueden tener una relación de oposición y en otra de subordinación:

 

animal
  hombre

 

animal Hombre

 

 

       Antes de Darwin     Después de Darwin     

Asimismo, en dos configuraciones correspondientes a sendos momentos en la vida de una persona, dos palabras pueden estar primero directamente relacionadas y después separadas:

pescados

 

peces mamíferos
  ballenas pesca-

ca  dos

Pe peces

Vi vivos

balle-

na nas

           Infancia temprana           Después de los 6 ó 7 años

Nuestro interés es poder llegar a describir: 1) el tipo de configuraciones más común en una disciplina; 2) el tipo de cambios que hay en ella entre dos momentos de su desarrollo; y 3) el tipo de cambios por los que pasa un estudiante al aprender el lenguaje de una disciplina desde su lenguaje cotidiano.

Hay dos investigaciones relacionadas con este tipo de preocupaciones. Una es de Aurora Marrón y la otra de Laura Alba. La primera muestra que la configuración semántica de los sistemas de numeración (números naturales, enteros, racionales, reales, complejos) parece ser única. A partir de unas observaciones que presenté en una mesa redonda del “Simposio sobre inglés con propósitos específicos” organizado por Mextesol y el Consejo Británico (México 1977), Marrón (1986) plantea que entre un sistema de numeración y otro existe una relación similar en ciertos aspectos a la relación típica de una ta5conomía, que en semántica se denomina de “superordinal e hipónimo” y que podría llamarse de “dominación y subordinación”. Pero la relación entre los sistemas también se parece a la relación de todo y parte. Aquella es, por lo tanto, distinta a las otras dos. La autora muestra su peculiaridad por medio de los siguientes diagramas, que la contrastan con la relación de superordinal e hipónimo (ver gráfica en página siguiente).

La otra investigación, la de Alba, ha dado como resultado dos trabajos (1985 y 1986). Es, de hecho, la más elaborada que ha hecho algún alumno de la maestría en el área del lenguaje especializado. Se trata de un estudio semántico de dos momentos de la teoría lingüística de Chomsky. Describe las configuraciones que este autor crea en Syntactic Structures (1957) y en Aspects of the Theory of Syntax (1965). (Ver diagrámas en versiones PDF y word)

Los trabajos de Alba ilustran cómo en un lapso breve ocurren en el lenguaje de una disciplina cambios análogos a los que sufre una lengua en periodos largos. Estos cambios pueden representarse usando los siguientes diagramas de Lyons (1977): (Ver diagrámas en versiones PDF y word)

El primer diagrama muestra un campo semántico cuyas divisiones no cambian al ser sustituido un término por otro. En el segundo hay un cambio en la división del campo aunque se conserven los términos. El siguiente diagrama corresponde a una sustitución acompañada de un cambio en la división. El último representa un cambio provocado por la adición de un término.

Pero Alba describe también cambios que me parece corresponderían a estos diagramas: (ver diagrámas en versiones PDF y word)

En la evolución de la teoría de Chomsky, como seguramente en la de toda teoría, se llenan y crean huecos conceptuales, además de disolverse distinciones.

La investigación revela, además, cómo unos campos se van relacionando con otros para formar toda una red o una esfera semántica. Como sería de esperarse, esta red se torna más compleja en el segundo libro de Chomsky que en el primero. Es interesante mencionar que entre un momento y otro se puede apreciar también una mejor adecuación entre la red semántica y los elementos paralingüísticos del texto; en Aspects los términos marcados son los que tienen un mayor número de relaciones con otros términos, mientras que en Syntactic Structures muchas veces los vocablos marcados no son siquiera términos de la teoría, sino simplemente palabras que el autor quiere enfatizar, como en un ensayo no técnico.

Cabe señalar que tanto en la investigación de Marrón como en la de Alba hay una preocupación por las propiedades lógicas de las diferentes relaciones semánticas. Por ejemplo, en la primera podemos ver que si bien en una relación de superordinal e hipónimo lo que es cierto del primero necesariamente lo es también del segundo, en la relación de dos sistemas de numeración la transitividad tiene un sentido inverso: lo que es cierto para un sistema se cumple también para los siguientes que lo contienen pero no necesariamente para los anteriores, contenidos en él. En la segunda, por su parte, se plantea, con razón y con bases empíricas, la necesidad, no contemplada por la teoría semántica, de postular distintos tipos de co-hiponimia, dependiendo de si los términos de una configuración son excluyentes entre sí o no.

A partir de consideraciones de este tipo, se puede plantear con mayor precisión el papel de los actos de disertación en el desarrollo de una disciplina; hacen presente o cambian las configuraciones semánticas y las reglas de inferencia que encierran esas configuraciones, además de relacionarlas con los objetos de estudio. En otras palabras, van modelando las teorías. Además de plantear así la función de los actos de disertación, es necesario identificar los elementos que deben entrar en sus caracterizaciones. A partir de investigaciones personales y de las discusiones en la maestría, puedo decir que en primer lugar se encuentra lo que puede denominarse “fuerza de aseveración”, y que nos permite distinguir, por ejemplo, entre una aseveración, una aseveración mitigada y una aseveración suspendida. Aparte de este elemento, hay otros dos: el tipo de expresión referencial y el tipo de predicado. Así, una definición sería la combinación de un predicado ecuativo y dos expresiones referenciales genéricas; en cambio, una clasificación sería la combinación de un predicado inclusivo con una expresión particular y otra genérica. Este enfoque permite eliminar las ambigüedades comunes de los términos que usamos para designar los actos, como se muestra en un trabajo que escribí con unas alumnas (Urdal, Castaños y Rébora, en prensa).

Creo que contamos con una serie de resultados concretos que servirían de puntos de apoyo para iniciar un programa de investigación a largo plazo. Creo que tenemos también las preguntas que definirían los proyectos de este programa. Nos interesa investigar: 1) los cambios semánticos (con los de sus correspondientes reglas de inferencia) entre dos estados del conocimiento, ya sea ubicados en la historia de una disciplina o en la biografía de una persona; 2) los actos de disertación que producen esos cambios; y 3) las estructuras paralingüísticas, lingüísticas y discursivas asociadas con dichos actos. Entre los resultados colaterales que podríamos esperar de un programa de este tipo se encuentra la reconstrucción de la noción de registro, que iría acompañada de una reflexión sobre el concepto de función. Esperaríamos también descripciones y explicaciones inmediatamente útiles de patrones de redundancia.
 

Bibliografía

Alba, L. 1985. “Un estudio de las relaciones semánticas entre algunos de los términos de Syntactic Structures, de Chomsky”. Trabajo para la materia “Lenguas con propósitos específicos”, de la Maestría en Lingüística Aplicada.

Alba, L. 1986. “Análisis de las relaciones semánticas en Aspeas of the Theory of Syntax, de Noam Chomsky, y comparación de éstas con las ya estudiadas en Syntactic Structures, del mismo autor. Trabajo para la materia “Semántica”, de la Maestría en Lingüística Aplicada.

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Haitema, T. 1985.” ‘Clines’ en textos de biología”. Trabajo presentado para la materia “Lenguas con propósitos específicos”, de la Maestría en Lingüística Aplicada.

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Castaños, Fernando. 1984. “Las categorías básicas del análisis del discurso y la “’disertación’”. Discurso: cuadernos de teoría y análisis, no. 5. México. Unidad Académica de los Ciclos Profesional y de Posgrado, CCH, UNAM. 11-27. 

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LAS CATEGORIAS BASICAS DEL ANALISIS  DEL DISCURSO Y LA “DISERTACION”

 

Fernando Castaños
Coordinación cie Humanidades
UNAM

 
Introducción
En virtud de que los participantes de este Simposio provenimos de diversas disciplinas y profesiones y que, por lo tanto, es difícil hacerse una idea acerca de dónde coinciden y dónde divergen nuestros marcos de referencia, me parece conveniente introducir mi ponencia situando el análisis del discurso en mi campo, aunque sea de manera muy general. Empezaré, por lo tanto, indicando qué significa el análisis del discurso para el quehacer teórico, la investigación experimental y el diseño de soluciones en la enseñanza de lenguas extranjeras, actividades que de manera conjunta reciben la denominación general de “lingüística aplicada”.

El análisis del discurso es el catalizador y el eje articulador de una revolución en la enseñanza de lenguas extranjeras. Una revolución que ha repercutido en todos los ámbitos de la profesión: desde la disposición del mobiliario en el salón de clase hasta la actitud del profesor en la corrección de errores; desde el formato de los ejercicios hasta el contenido de los programas; desde la investigación sociológica sobre el lugar de la lengua extranjera hasta la investigación psicológica sobre su adquisición.

Lo que el análisis del discurso ha hecho es poner de manifiesto que saber un idioma no es sólo poder componer oraciones gramaticalmente correctas sino, sobre todo, poder usarlo. Y usarlo para decir que esto es así, que aquello es asá; para invitar, insultar, ordenar, protestar, solicitar, perdonar…; es decir, para realizar actos verbales.

Saber hablar es poder decir y poder actuar: este planteamiento resume, aunque de manera muy general, lo que el análisis del discurso es para la lingüística aplicada. Y este planteamiento es también lo que ha impulsado la revolución a la que me refería inicialmente, en el sentido de que ha provocado, por ejemplo, que la actividad dominante en la clase de idiomas ya no sea, como era en la mayoría de los casos todavía hace diez años, la repetición incesante de oraciones dichas por nadie a nadie para decir nada. Dicha actividad no ha desaparecido aún, y quizá no deba desaparecer, pero actualmente ocupa una porción de tiempo reducida. El lugar central que antes tenía lo ocupan ahora actividades que eran marginales, tales como la representación de diálogos o la conversación, y también actividades nuevas como los llamados juegos comunicativos.[1]

Unidades de Análisis

 Para la lingüística aplicada, entonces, hablar de análisis del discurso significa reconocer en el lenguaje niveles de organización diferentes a la gramática. Esto implica el uso, además de la oración, de unidades de análisis distintas a la oración. En las teorías vigentes hay otras dos unidades: la proposición y el acto ilocucionario, que corresponden al decir y al actuar a que me refería anteriormente.

Hay tres enfoques para distinguir entre oración, proposición y acto ilocucionario. El primero es el que siguió Strawson para distinguir la oración de la proposición, en 1950; luego, el enfoque que siguió Austin para establecer el concepto de acto ilocucionario, a fines de los cincuenta. Y finalmente, además de éstos, que provienen de la filosofía analítica, está el que siguió Henry Widdowson a principios de los setenta para introducir en la lingüística aplicada la distinción entre oración y acto ilocucionario.[2]

El primer enfoque, de Strawson, es esencialmente el mismo que siguió Searle en los sesenta cuando reunió y reformuló las distinciones de Strawson y Austin; aunque Searle hizo algunas variaciones e introdujo cierta terminología, razón por la cual puede ser conveniente designarlo con los nombres de Strawson y Searle.

Ahora bien, me parece que hace falta en esta categorización una cuarta unidad de análisis, que yo llamo “acto de disertación”. Es necesario introducir una distinción entre ilocución y disertación: ordenar, solicitar, invitar, son actos ilocucionarios; aseverar y preguntar son actos de disertación: definir, clasificar, generalizar, son, a su vez, tipos de aseveraciones, es decir, también son actos de disertación.

Lo que estoy proponiendo es que los actos de disertación no son un subtipo de actos ilocucionarios, como se ha venido considerando en la filosofía y en la lingüística aplicada, sino que constituyen una categoría del mismo nivel jerárquico. Mi propósito, más que discutir, es indicar los elementos para la discusión de esta propuesta a partir de los tres enfoques mencionados anteriormente: el de Strawson y Searle, el de Austin y el de Widdowson. A continuación expondré un panorama global de cada uno de ellos, para abordar las categorías básicas del análisis del discurso y situar mi propuesta en este panorama.

Strawson y Searle

Recordemos que el propósito de Strawson (1950) al distinguir entre oración y lo que ahora llamamos proposición era esclarecer algunos puntos en la discusión de uno de los temas centrales de la filosofía del lenguaje: las relaciones entre significado y verdad. Más específicamente, quería esclarecer y criticar algunos puntos relacionados con el tratamiento que Bertrand Russell había hecho de oraciones como:

(1) El Rey de Francia es un hombre sabio.

Bertrand Russell había planteado que para que una oración tenga sentido necesita tener un valor de verdad, es decir, ser falsa o verdadera. La oración (1) tiene sentido y, por lo tanto, tiene que ser o verdadera o falsa; pero, ¿cómo puede ser verdadera o falsa si se refiere a algo que no existe?

Este planteamiento llevó a Russell por un camino bastante complicado, aunque muy interesante, a conclusiones poco plausibles. No es necesario entrar aquí en detalle porque lo que hizo Strawson fue cuestionar el primer supuesto de Russell, el que asocia el sentido directamente con la verdad o falsedad.

Strawson hizo notar que no podemos decir que la oración en sí sea verdadera o falsa; esto no tiene sentido porque lo que es verdadero o falso es la proposición que se expresa con ella.[3] La oración en sí no se refiere a nada en particular ya que si se pronuncia en dos períodos históricos diferentes, la persona a la que se refiere no podrá ser la misma; por lo tanto, se estarán expresando distintas proposiciones, que pueden ser una verdadera y otra falsa.

Para Strawson, el sentido de una oración no es simplemente una de estas proposiciones, sino precisamente lo que nos permite expresar con esa oración un sinnúmero de proposiciones.[4] Además, el hecho de que en un momento dado se exprese una proposición, y no otra, dependerá del momento y del contexto en que se use la oración.
Entonces, con la misma oración se pueden expresar distintas proposiciones. Lo inverso también es cierto: se puede expresar la misma proposición con distintas oraciones; se puede, por ejemplo, decir en el siglo XVIII:

(2) El Rey de Francia es un hombre muy odiado.

Y la misma proposición se puede expresar con:

(3) Luis XVI es un hombre muy odiado.

Searle señala esto diciendo que la oración y la proposición tienen distintos criterios de identidad.[5] Para decidir, frente a dos cosas, si se trata de la misma oración o de dos oraciones diferentes, nos fijamos en la selección y en el orden de las palabras. En cambio, para decidir si se trata o no de la misma proposición, tenemos que preguntarnos por aquello a lo que se está haciendo referencia, así como por lo que se está predicando de ese referente.

Ahora bien, lo más importante de Searle es que muestra que el acto ilocucionario tiene criterios de identidad diferentes a los de la oración y la proposición. Estos criterios tienen que ver con las relaciones sociales entre hablante y oyente, así como con las intenciones del hablante.

Así, Searle plantea pares de situaciones con alguna variación; por ejemplo, que en un caso se diga:

(4) Te prometo venir mañana,

y que en el otro se diga

(5) Te prometo no venir mañana.

Aquí se muestra cómo se puede mantener la identidad del acto ilocucionario, prometer, tras hacer un cambio de proposición (de una en que se predica “venir” a otra en que se predica la negación, uno venir”).

Se puede plantear otro par para mostrar lo inverso: que se puede mantener la identidad de la proposición aun cuando cambie la ilocución. Por ejemplo:

(4) Te prometo venir mañana

(5) No te prometo venir mañana.

Podemos, entonces, tener la misma ilocución con distintas proposiciones y la misma proposición con distintas locuciones.

Una innovación importante que hace Searle es re-definir la proposición, simplemente, como la asociación de un sujeto y un predicado. La aseveración de una proposición se distingue, así, de la proposición en sí y, por lo tanto, la cuestión de los valores de verdad no se plantea con respecto a toda proposición, sino sólo con respecto a las proposiciones aseveradas. Es decir, que en:

(7) La banca está nacionalizada

Y en:

(8) ¿Está nacionalizada la banca?

Y se expresa la misma proposición, pero en un caso ésta se asevera, y en el otro la aseveración está suspendida. Tenemos dos actos —para Searle dos actos ilocucionarios— distintos: la aseveración y la pregunta, o aseveración suspendida.

Ahora bien, lo que yo planteo es que la aseveración y la pregunta no son actos ilocucionarios, sino actos de disertación. La diferencia entre la teoría vigente y mi propuesta se puede plantear así: para la teoría, en la intervención ideal de un hablante, el analista puede reconocer o reconstruir una oración, una proposición y, digamos, ya sea una aseveración o un ofrecimiento —o bien, ya sea una aseveración o una solicitud, etc.—. Yo sostengo que, aparte de la oración y la proposición, se pueden reconocer tanto la aseveración como el ofrecimiento —o bien, tanto la aseveración como la solicitud, etc.—.

Para mostrar lo que digo se puede plantear una situación y, a la manera de Strawson y Searle, variar elementos de ella para crear pares de comparación. Se puede hacer esto de una manera sistemática y con todo rigor mostrando que los actos de disertación tienen criterios de identidad distintos de las oraciones, de las proposiciones, y de los actos iocucionarios.[6] Pero para mis propósitos sólo mostraré rápidamente que los actos de disertación y los actos ilocucionarios tienen distintos criterios.

Supongamos que un amigo, Gustavo, tiene enfrente una forma de inscripción y que yo sé que la tiene que llenar. Entonces saco mi pluma y le digo:

(9) Seguro no traes pluma.

Para contrastar, supongamos que en lugar de (9), yo le digo a Gustavo:

(10) ¿No traes pluma?

En ambos casos tenemos el mismo acto ilocucionario: el ofrecimiento de mi pluma. Pero tenemos distinta acto de disertación: una aseveración y una pregunta.

Para ver lo contrario, supongamos ahora que Carlos se dirige a Graciela diciendo:

(11) ¿Que es el matrimonio?

a lo que ella responde:

(12) La aceptación de un orden.

Y, para contrastar, supongamos que Matilde escribe en un ensayo:

(13) ¿Qué es el matrimonio? La aceptación de un orden.

Tenemos, tanto en el caso de Carlos como en el de Matilde, el mismo acto de disertación: una pregunta. Pero tenemos distintos actos ilocucionarios. En el primer caso tenemos una solicitud de información (o de opinión). En el segundo caso, la pregunta no solícita respuesta, sino que la anuncia. Es parte de una unidad que proporciona información (u opinión).

En resumen, podemos tener la misma ilocución con distintos actos de disertación y el mismo acto de disertación con distintas ilocuciones. Esto es, básicamente, lo que quería mostrar. Pasemos ahora a considerar el siguiente enfoque.

Austin

El trabajo de Austin, escrito después del de Strawson y antes del de Searle, también parte de la preocupación de la filosofía del lenguaje por las relaciones entre significado y verdad. Pero, a diferencia del trabajo de Strawson, su preocupación principal no es localizar el ámbito o nivel en el que son válidas las consideraciones sobre valores de verdad. Más bien, lo que intenta es mostrar que muchas veces tales consideraciones carecen de importancia, o incluso de sentido.

Austin nos dice, por ejemplo, que cuando un cura bautiza a un nulo, no está diciendo que lo está bautizando: lo está bautizando. No está aseverando que el niño se llama de determinada manera, está haciendo que el niño se llame así.

Ordenar no es describir la orden. Insultar no es describir el insulto. Perdonar no es describir el perdón. La orden, el insulto, el perdón no son descripciones de los hechos: son los hechos. No tiene, por lo tanto, sentido preguntarse si son o no verdaderos, al menos no en el sentido en que nos preguntamos si una descripción es cierta o no.

Hacer con la palabra por la palabra. Desde esta postura llega Austin al concepto de acto verbal, que es inicialmente una metáfora. Es una metáfora que nos remite a un símil, a una comparación: el habla es como la acción.[7]

Una acción provoca otras acciones. Las palabras desencadenan acciones. He ahí el punto de comparación. Pero, ¿cómo es que sucede esto? ¿Cómo pueden las palabras desencadenar acciones, siendo como son, de naturaleza tan distinta? Austin, con gran lucidez, vislumbra la respuesta. Nos dice: las palabras inauguran acción consecuente.[8] Para seguir por este camino tenemos que darnos cuenta de que el término “inauguración” tiene una doble lectura. Por un lado quiere decir precedencia, lo que implica que las palabras y las acciones se encuentran, en algún terreno, como iguales. Las palabras inician, son las primeras de una serie de acciones. Por otro lado, la inauguración es el ritual que reconoce y legitima, que acepta la existencia de las acciones.

Las dos lecturas son complementarias. Las palabras dan a las acciones entrada al terreno del discurso, y es así que las palabras pueden ser como las acciones: porque las acciones se vuelven como las palabras.

Estamos en el terreno de la aceptación, de la propiedad. Las palabras, los actos verbales, vuelven apropiadas (o inapropiadas) las acciones, los actos físicos. Golpear a alguien deja de ser inapropiado después de un insulto. Tener relaciones sexuales deja de ser mal visto después de un “sí acepto” frente al juez civil. Estamos, efectivamente, en el dominio de lo civil.

Desafortunadamente, este planteamiento no se desarrolló. La pista que descubrió Austin se perdió más adelante, en el psicologismo de la perlocución, aunque la intención de este autor era precisamente distinguirla de la ilocución. Con la perlocución se busca un tratamiento diferente al desencadenamiento de la acción por la palabra. En lugar de la inauguración de acción consecuente, se plantea la motivación de acción consecuente. Se investiga ya no cómo se encuentran la acción y la palabra, sino cómo la palabra despierta deseos y temores que nos llevan a la acción.

El problema es que se ha llegado a pensar que la perlocución es más básica que la locución, que aquélla es algo así como la última instancia de ésta. Se ha llegado a querer definir las ilocuciones en términos de perlocuciones, cuando una y otras pertenecen a órdenes diferentes.

No es que las cuestiones psicológicas no tengan nada que ver con la caracterización de los actos ilocucionarios. Sí tienen que ver. La intencionalidad, en particular, ha sido central en la mayoría de los análisis que se han hecho. Lo malo está en sustituir con la explicación, o lo que parece explicación en términos psicológicos, el tratamiento de la locución en términos civiles, porque éstos corresponden a dominios cualitativamente diferentes. Porque los actos ilocucionarios crean y modifican las condiciones para interpretar las acciones como actos, y para juzgar la propiedad de estos actos (y, por supuesto, también crean y modifican las condiciones de interpretación y propiedad de otros actos ilocucionarios).

Daré un ejemplo para ilustrar lo que estoy diciendo. El otro día estuve en una reunión para partir una rosca de Reyes. Nos encontrábamos un amigo y yo platicando en medio de gente con quienes no teníamos mucha familiaridad. Sentía yo, por lo tanto, y creo que mi amigo también lo sentía, que lo que decíamos y lo que hacíamos era particularmente conspicuo. Sentía que era muy fácil quedar mal. Me encontraba particularmente vigilante de mi volumen de voz y de mi comportamiento, y por extensión, de los de mi amigo.

Tal era la situación, cuando mi amigo aprovechó una pausa en la conversación para llevarse la mano al bolsillo y decir: “me voy a echar un cigarrito”. Cuando ya estaba fumando, le pregunté por qué me informaba lo que iba a hacer cuando ello era evidente, o si no lo era en el momento del anuncio, lo sería un momento después. Se quedó perplejo y me dijo: “No sé, creo que realmente no era necesario”. Entonces repuse: “Pero yo creo que no te hubieras atrevido a sacar el cigarro sin anunciarlo. Es más, estabas esperando un momento adecuado para hacer el anuncio”. “Tienes razón”, dijo; “hubiera sido sacante de onda, sobre todo en esta situación”.

Lo que habría sido ‘sacante de onda’, lo que habría sido inapropiado, era haber interrumpido la conversación, haber desviado la secuencia de preguntas, respuestas y comentarios. En esa situación, sacar el cigarro era una interrupción. E interrumpir era inapropiado. En otras situaciones, por supuesto, puede ser diferente.

El relato anterior no carece de alusiones o fenómenos psicológicos pero lo que quiere hacer notar es que dichos fenómenos no dan cuenta suficientemente de la interacción que se lleva a cabo. Esta interacción se da dentro de un marco que permite juzgar la propiedad de las acciones, y una parte importante de la interacción consiste, precisamente, en modificar ese marco. Mi amigo, como ente psicológico, tenía disposición a interactuar más o menos dentro del marco, y tenía interés en modificarlo, pero el marco no era psicológico: era civil, social.

Visto desde otro ángulo, la intención de mi amigo al decir “me voy a echar un cigarrito” no era despertar en mí el deseo de fumar, ni ningún otro; él sabe que no fumo. Lo que esa enunciación posibilitó fue que él realizara las acciones necesarias para satisfacer su propio deseo de fumar.

No es difícil encontrar otros ejemplos del uso de la palabra para darle propiedad a las acciones que interrumpirán una situación comunicativa: “Pero pásale, no te quedes allí parado”, “siéntate, por favor”, “ahora vengo, voy al baño”, “saben qué, se me hace tarde”, “, colgamos al mismo tiempo? Una, dos, tres”.

He escogido un terreno relativamente fácil para ilustrar la tesis de que los actos ilocucionarios crean y modifican las condiciones de propiedad: el terreno de las interrupciones. Con una exposición bastante breve, hemos podido darnos una idea de cómo funcionan las solicitudes, invitaciones y demás, en este terreno. Pero no hay ninguna razón para pensar que los actos ilocucionarios funcionen esencialmente de manera distinta en otros terrenos.

Podemos, por ejemplo, imaginarnos, sin hacer un análisis detallado, que la organización del trabajo depende de permitir y proscribir actos (de hacer que unos sean apropiados y otros inapropiados), aunque, por supuesto, no sólo de esto. Lo mismo podría decirse del desarrollo de la convivencia familiar. Y podemos imaginarnos que esta constante definición y re-definición de las condiciones de propiedad se efectúa en solicitudes, invitaciones, órdenes, ofrecimientos y muchos otros actos ilocucionarios, para los cuales a veces no tenemos nombre.

Ahora bien, si se tiene claridad sobre esto, es fácil darse cuenta de que los actos de disertación no son actos ilocucionarios. Una aseveración, o si queremos ser un poco más específicos, una definición, una clasificación, una generalización, no inauguran una acción consecuente, lo que no significa que no tengan ningún efecto sobre la acción. Sí lo tienen, pero no a través de las condiciones de propiedad o aceptación de las acciones. Los actos de disertación tienen efecto sobre las acciones porque modifican nuestro conocimiento.

Vemos un ejemplo para ilustrar la distinción. Consideremos dos casos. Por un lado, tenemos un letrero en un teatro que dice: “prohibido fumar”. Por otro lado, tenemos una cajetilla de cigarros que dice: “fumar daña su salud”. A falta de términos técnicos, designemos, aunque sea de manera provisional, estos dos actos con las palabras cotidianas “prohibición” y “advertencia”.

Supongamos ahora que en cada caso hay una persona que lee y comprende el letrero, pero que hace caso omiso de él. El que fuma a pesar de la prohibición, está realizando un acto indebido. El que fuma a pesar de la advertencia, no está realizando un acto indebido. Algunos dirían que está realizando un acto estúpido, por las consecuencias que puede tener, aunque el que fuma quizá responda que para él es inteligente buscar el placer.

El letrero de “prohibido fumar” establece la prohibición, hace indebido el acto. El letrero de “fumar daña su salud” no hace dañino el acto. La advertencia nos hace saber que el acto es dañino. Su intención es crear o modificar un conocimiento, o al menos hacerlo presente, si es que ya existe.

Resumamos lo dicho hasta ahora. A partir del enfoque de Strawson y Searle se puede mostrar que los actos de disertación y los actos ilocucionarios tienen distintos criterios de identidad. A partir del enfoque de Austin, se puede ver que los actos ilocucionarios inauguran una acción consecuente porque crean y modifican las condiciones de propiedad; pero los actos de disertación afectan las acciones porque modifican nuestro conocimiento. Enfoquemos la cuestión ahora desde el punto de vista de Widdowson.

Widdowson

El enfoque de Widdowson es más lingüístico que los anteriores; discute las unidades del discurso en relación con sus reglas de combinación. Parte de una preocupación de la lingüística aplicada darse cuenta de que la capacidad para componer oraciones gramaticalmente correctas no implica la capacidad para producir o entender textos. Parte de darse cuenta de que un alumno puede haber alcanzado un grado considerable de dominio de la gramática inglesa y de todas maneras no puede participar satisfactoriamente en un diálogo o no puede escribir un párrafo coherente en inglés.

Widdowson compara dos maneras diferentes de organizar un trozo de discurso. Podemos ilustrar esto con el siguiente texto de Xavier Villaurrutia:

Los ingleses han comprendido, que si son los maestros de la novela policiaca, no lo son de la película policiaca, y que si Wilkie Collins es el creador del género, son los americanos los que han escrito textos susceptibles de una fácil y eficaz adaptación al cinematógrafo. La lógica del detective en las novelas inglesas, la falibilidad del sargento Cuff el método inductivo de Sherlock Holmes y la agudeza del padre Brown, se sostiene mejor, por su carácter subjetivo, en el libro que en la imagen. Y más que de acción, los detectives ingleses son hombres de diálogo. . .[9]

La segunda oración de este fragmento, “que si son los maestros de la novela policiaca”, no podría interpretarse fuera de su contexto, porque tiene un sujeto tácito. Pero en su contexto, sabemos que el sujeto del verbo “son” es “los ingleses”, porque éste es el sujeto del primer verbo, “han comprendido”. Sabemos que los dos verbos tienen el mismo sujeto porque ambos presentan la conjugación de la primera persona del plural.

La interpretación de la segunda oración (y también de la tercera) se da entonces gracias a, y está mediada por, principios sintácticos: las reglas de conjugación. Otra parte de la gramática interviene también en la co-interpretación de distintas partes del texto: la semántica. Por ejemplo, sabemos que Villaurrutia quiere decirnos que Wilkie Collins es el creador de la novela policiaca porque el significado de ‘género’ y de ‘novela policiaca’ están relacionados. El primer término abarca al segundo (y a otros más). De manera similar, la interpretación de ‘imagen’ en el texto depende de sus relaciones con ‘cinematógrafo’ y ‘película’ en el sistema semántico.

Es claro que las reglas sintácticas y la estructuración semántica de la lengua no actúan por sí solas en las co-interpretaciones a que me he referido. Se requiere además de ciertos principios de organización propiamente textuales, como el orden en que ocurren las oraciones con sujeto explicito y sujeto tácito, o con un término general y uno especifico. Pero también es claro que estos principios son principios para la utilización de la gramática. De un texto que los utiliza bien se puede decir, con Widdowson,[10] que tiene cohesión.

Hay que añadir a este concepto de cohesión dos factores que funcionan como ligas de co-interpretación.

a) La simple repetición y la utilización de términos en el mismo campo semántico; por ejemplo, el uso del adjetivo ‘inglés’ tres veces y el uso del adjetivo ‘norteamericano’ una vez. Esto le da al texto una especie de densidad semántica que nos indica que las diferentes oraciones son parte del mismo todo.

b) El orden de los temas en las distintas unidades de información del texto. El párrafo empieza hablando de los ingleses. La oración que sigue al primer punto y seguido empieza hablando de la lógica en las novelas inglesas. Y después del siguiente punto se habla de los detectives ingleses. Además, en las tres primeras oraciones se forma una unidad que sirve para contrastar la habilidad de los ingleses en la novela y en el cine. Primero se dice algo con respecto a la novela y luego con respecto al cine. Esta misma estructura se repite en la siguiente unidad, que consta de dos oraciones. Y se vuelve a repetir en las siguientes tres oraciones.

La cohesión, entonces, tiene que ver con los factores que determinan los criterios de identidad de las oraciones: la selección y el orden de las palabras. En el siguiente diálogo, que es mi paráfrasis en español de un diálogo de Widdowson[11], se ilustra la segunda manera de organizar un trozo de discurso:

(14)                             — Tocan.
— Me estoy bañando.
— Chín! A mí se me van a quemar las tortillas.

El marido, que está cocinando, le dice a su mujer que si puede abrir la puerta. Ella le contesta que no puede ir. Finalmente, él expresa que se encuentran en una situación difícil, porque para él no va a ser muy fácil ir a abrir, ya que ello implica dejar una actividad que está realizando, y dejarla tiene consecuencias negativas. Por supuesto, nuestra pareja no dice todas estas palabras; ello sería horriblemente artificial.

Lo que quiero hacer notar es que mi descripción tiene cohesión, y el diálogo original no la tiene. En el diálogo original, a diferencia de la descripción, ninguna oración depende, para su interpretación como tal, de ninguna otra oración. No se están explotando, en este sentido, ni la sintaxis ni la semántica: y tampoco se están explotando para darle densidad al diálogo; ni para organizar sus temas en estructuras relacionadas.

Pero, a pesar de que el diálogo no tiene cohesión, reconocemos en él una unidad discursiva; no lo tomamos como frases sueltas sin ninguna relación. Hay lo que Widdowson llama coherencia. Y la coherencia se da, no entre oraciones, como es el caso de la cohesión, sino entre los actos que se realizan eón esas oraciones.

En la primera intervención del diálogo tenemos una solicitud —o una orden, dependiendo de la relación entre mujer y marido—. En la segunda intervención, tenemos una respuesta a la solicitud, una respuesta negativa por cierto, pero una respuesta al fin y al cabo. Y en la tercera tenemos la aceptación, si bien a regañadientes, de la respuesta.

Cohesión y coherencia dos niveles de organización del discurso dos niveles que requieren unidades distintas. La cohesión se da entre oraciones y la coherencia entre actos ilocucionarios. La gran mayoría de los discursos que producimos cotidianamente tienen coherencia Y muchos de ellos tienen, además, cohesión.

Lo importante de la teoría de Widdowson es, entonces, que justifica la distinción entre oración y acto ilocucionario mostrando que es necesaria para poder hablar de distintos tipos o niveles de unidad discursiva. Desgraciadamente él no es totalmente consistente con este principio de correspondencia entre unidades del discurso y niveles de organización. Cuando, a fines de los setenta, considera la proposición, habla de ella a veces con relación a la cohesión ya veces con relación a la coherencia, sin asignarle un nivel propio de organización.[12]

Para remediar la deficiencia de Widdowson y evitar la confusión que surge de ella, podemos recurrir al holandés T. van Dijk, quien nos brinda un criterio para la organización entre proposiciones. Nos dice que si los hechos a los que nos referimos en el discurso están conectados en el mundo, entonces el discurso tiene coherencia.[13] Para no confundir este uso de “coherencia” con el concepto utilizado por Widdowson, diremos que éste es un criterio de unidad discursiva. Más específicamente, para distinguirlo de la cohesión y la coherencia, llamémoslo conexión.

Es necesario recurrir a van Dijk críticamente, porque tiende a reducir la unidad discursiva a la conexión. Es necesario señalar que ésta es sólo uno de los niveles de unidad. Es claro, como lo diría él, que si empezamos a hablar de asolearse en la playa y luego seguimos hablando de esquiar, de ver gente en paracaídas paseando por la bahía jalados por una lancha, de beber agua de coco, nuestro texto tendrá unidad porque éstas son cosas que pasan cuando vamos de vacaciones al mar. Y habrá unidad aunque las palabras que se usen no estén relacionadas en el sistema de la lengua, o más abiertamente, aunque haya muy poca cohesión. Pero también es cierto que puede haber cohesión sin conexión. Para ilustrar esto consideremos la siguiente adivinanza de la época de la secundaria: ¿en qué se parece una fragata a un ave? La respuesta es: la fragata está en la guerra. La guerra está en el mundo. El mundo es una bola. La bola bota. La bota es un zapato. El zapato se pone. La gallina pone. Y la gallina es un ave.

En la respuesta hay unidad discursiva sólo por la organización de los temas y la repetición de palabras. En la primera oración el tema del que se habla es la fragata El comentario a ese tema incluye a la guerra, que se vuelve el tema de la siguiente oración. Y así sucesivamente.

La adivinanza y la respuesta tienen coherencia como actos de disertación. Y la respuesta en sí tiene cohesión. Esto sucede aunque no haya conexión. Por supuesto, la coherencia y la cohesión que existen aquí son suficientes solamente en los juegos de secundaria. Fuera de este ámbito un discurso tal seria anómalo, y quizá el juego depende de, tiene sentido precisamente por, la anomalía. Pero ello a su vez indica el reconocimiento de la conexión y la cohesión como niveles distintos por parte de los hablantes nativos.

Es entonces posible hacer explicito el principio que sigue Widdowson al distinguir entre oración y acto ilocucionario. Es posible pedir que a cada una de las unidades del discurso le corresponda un nivel de organización o unidad discursiva. Es posible pedir esto aunque el mismo Widdowson no le asigne un nivel específico a la proposición. Es posible porque podemos asignárselo recurriendo a van Djjk.

Ahora bien, si lo que yo propongo es cierto, si la distinción entre locución y disertación es válida, debemos poder reconocer dos niveles distintos de organización discursiva correspondientes a ellas. Para mostrar que sí podemos hacerlo, quisiera recurrir a un contraste que ya presenté anteriormente: el contraste que hay entre el diálogo de Carlos y Graciela y el ensayo de Matilde. En el primero, Carlos decía:

(11) ¿Qué es el matrimonio?

y Graciela respondía:

(12) La aceptación de un orden.

En el ensayo teníamos:

(13) ¿Qué es el matrimonio? La aceptación de un orden.

En el diálogo de Carlos y Graciela, hay una solicitud de información o de opinión. A ésta sigue el acto de proporcionarla, digamos un ofrecimiento, a falta de un mejor término. La relación entre solicitud y ofrecimiento es una relación de coherencia.

En el caso del ensayo de Matilde no hay coherencia porque no hay solicitud; la pregunta es retórica. Pero ello no significa que deje de ser pregunta. Y tampoco significa que no pueda tener respuesta. La siguiente aseveración es su respuesta. Y la relación entre pregunta y aseveración le da unidad al ensayo, aunque no tenga la coherencia entre solicitud y ofrecimiento del diálogo. Podemos llamar “consistencia” a este nivel de unidad discursiva entre actos de disertación.

Cabe hacer dos aclaraciones. Primero, aunque lo que principalmente le da unidad al ensayo de Matilde es la consistencia, aunque en éste no existe la misma coherencia que en el dialogo, ello no significa que la coherencia esté totalmente ausente del ensayo. Lo que pasa es que no hay coherencia entre sus elementos, pero el ensayo constituye un acto ilocucionario de proporcionar información u opinión. Y este acto ocurre en ciertas condiciones de propiedad.

En segundo lugar, habría que aclarar que, aunque hemos usado el ensayo de Matilde para ilustrar la consistencia por contraste con la coherencia del diálogo de Carlos y Graciela, ello no quiere decir que no haya consistencia en el diálogo. El diálogo es coherente y consistente, porque hay relación de unidad tanto entre actos ilocucionarios como entre actos de disertación. Está la relación entre solicitud y ofrecimiento, y está la relación entre pregunta y aseveración.

Resumen
En las teorías vigentes se consideran tres unidades básicas para el análisis del discurso: la oración, la proposición y el acto ilocucionario. Yo propongo la inclusión de una cuarta unidad: el acto de disertación.

He planteado mi propuesta con referencia a los tres enfoques que existen para abordar la discusión de las unidades de análisis, enfoques que he reseñado, y en parte criticado. He dicho que se puede mostrar que los actos de disertación y los actos ilocucionarios tienen criterios de identidad diferentes. He dicho también que, a diferencia de los actos ilocucionarios, los actos de disertación no inauguran una acción consecuente, sino que afectan la acción porque modifican o hacen presente el conocimiento. Finalmente, he mostrado que la consistencia entre actos de disertación no es lo mismo que la coherencia entre actos ilocucionarios.

Para terminar podemos decir que las categorías básicas para el análisis del discurso son las cuatro unidades y sus correspondientes tipos o niveles de organización discursiva: la oración y la cohesión, la proposición y la conexión, el acto ilocucionario y la coherencia, el acto de disertación y la consistencia.

FERNANDO CASTAÑOS es Profesor en el Departamento de Lingüística Aplicada del C.E.LE. (Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras), de la U.N.A.M., además de trabajar en la Coordinación de Humanidades, también de la U.N.A.M. Ha publicado diversos trabajos relacionados con “actos verbales”; entre ellos “Elements for a Coding System of Argumentation Acts” y “Consideraciones sobre el discurso científico y la definición”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] En los juegos comunicativos se da a los participantes información incompleta pero complementaria. Ellos tienen que reunirla, diciendo e interactuando. Estos juegos comunicativos tienen un objetivo bien definido y su logro indica que la comunicación ha tenido éxito, aunque haya sido con oraciones incorrectas. Si el objetivo del juego no se logra, entonces la comunicación no ha sido efectiva, es decir, los juegos comunicativos retroalimentan a los participantes sobre su uso del idioma. Hay una gran variedad de juegos comunicativos que permiten el ejercicio de diversas estrategias para decir y actuar en una lengua extranjera.

 

[2] P.F. STRAWSON, “On referring”, Mind, Vol. LIX No. 5. Reimpreso en Logico-Linguistic Papers, London, Methuen, 1971, p. 1-27; J.L AUSTIN, How to do things with Words, London, Oxford University Press, 1962; H.G. WIDOWSON, “Directions in the Teaching of Discourse”, en Explorations in applied linguistics, Oxford, Oxford University Press, 1979, p. 89-100.

 

[3] P. F. STRAWSON, op. cit.

[4] Idem. p. 12

[5] J. R. SEARLE, Speech Acts: on essays in the Philosophy of Language, London, Cambridge University Press, 1969, p. 24.

[6] F. CASTAÑOS, “Dissertation acts”, (existe fotocopia en la Biblioteca del CELE, UNAM 1982).

 

[7] J. L.  AUSTIN, How to do things with Words, London, Oxford University Press, 1962, p. 16.

[8] Ibídem

[9] X. VILLAURRUTIA, “Sherlock Holmes”, en Hoy No. 55, 12 de marzo, 1938, p. 69. Reimpreso en Crítica Cinematográfica, México, UNAM, 1970, pp. 79-82.

H. G. WIDDOWSON, “Directions in the teaching of Discourse”, en Explorations in Applied Linguistics, (1973), Oxford, Oxford University Press, 1979; p. 96.

[10] H. G. WIDDOWSON, “Directions in the teaching of Discourse”, en Explorations in Applied Linguistics, (1973), Oxford, Oxford University Press, 1979; p. 96.

 

[11] Ibídem.

[12] H.G. WIDDONSON, Teaching Language as Communication, Oxford, Oxford University Press, 1978, pp. 22-29.

[13] T.A. VAN DIJK, Texto y contexto: semántica y pragmática del discurso, Madrid: Cátedra,
1980.

 

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Castaños, Fernando, et al. 1984. “Dissertation and Illocution: discourse analysis with examples from Bradbury and Ibsen”. En Anuario de Letras Modernas. México. Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. 121-136.

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DISSERTATION AND ILLOCUTION: DISCOURSE ANALYSIS WITH EXAMPLES FROM BRADBURY AND IBSEN[1]

Emilia Rébora, Fernando Castaños, Pamela Urdal


Introduction

Discourse analysis is the catalyst and the articulating axis of a revolution that has reached all the domains of foreign language teaching —from the distribution of chairs in the classroom to the teacher’s attitude towards errors, from exercise formats to syllabus contents; from sociological research about the role of foreign languages to psychological studies about their acquisition.

What discourse analysis has done is to make it clear that to know a language is not only being able to compose grammatically correct sentences. It is, above all, being able to use the language in order: 1) to say that this is so, that that is such and such, 2) to invite, insult, order, protest, forgive… to perform speech acts. Being proficient is being able to say and being able to act. This statement summarizes, though very generally, what discourse analysis means for applied linguistics. And this statement is also what gave momentum to the revolution.

In more technical terms, to consider discourse analysis is to recognize in language levels of organization different from grammar. This implies the use, besides the sentence, of other units of analysis. In the current theories there are two more units: the proposition and the illocutionary act, which correspond to saying and acting. (These units have been established in Austin 1950, 1962, Searle 1969 and Widdowson 1973, following different approaches and for different purposes; these works have been discussed in many publications.)

It has been argued in Castaños 1982 and 1983 that it is necessary to introduce a fourth unit of analysis, which he calls ‘dissertation act’. The central issue in his proposal is the distinction between dissertation and illocution. For Castaños, definition, and say classification, generalization are of very different nature from promises, bets and invitations. An illocutionary act will create or modify the conditions for the judgment of actions (and other illocutionary acts). Thus, an INVITATION will make it proper for somebody to come to the party, and an INSULT will open the possibility of responses that would otherwise be socially unacceptable. On the other hand, dissertation creates and modifies knowledge. For example, Saussure’s distinction between langue and parole established a new way of looking at language. It is not that dissertation cannot affect action but that it does so in a different way from illocution. After a dissertation act, certain actions that were previously considered to be reasonable will become unreasonable and vice versa. In simple terms, the distinction between illocution and dissertation is the distinction between the socially acceptable and the reasonable.

It is the purpose of this paper to explore the proposed distinction between illocutionary acts and dissertation acts in the analysis of certain extracts taken from the literary works of Bradbury and Ibsen. Particular attention will be given to the inter-relations between the two domains of illocution and dissertation. (The extracts are reproduced on pp. 12 and 15.)
Utterance and sentence

The four units of analysis mentioned above (sentence, proposition, illocutionary act and dissertation act) should not be confused with the utterance. This is the actual string of words pronounced by the speaker. It includes pauses, fillers and particles, and has rhythm and intonation. By contrast, the four units are abstract re-constructions which the analysis produces to account for various kinds of regularities.

To show the point it will suffice to illustrate the distinction between utterance and sentence. Let us consider the following, taken from the excerpt by Ibsen:

R. (below her breath) What is it you want? Stay where you are. The ram is dripping off you.

E. God’s good ram, my girl.

R. The devil’s own ram, that’s what it is![2]

The string “God’s good ram”, which we will call utterance 1, can be reconstructed into the full sentence: It is God’s good ram. This reconstruction is equivalent to the interpretation that the ‘incomplete’ string would have in the context of the extract. But we should not, and we need not, be committed to the idea that the reader does reconstruct the sentence; the actual psychological mechanisms of interpretation are outside the scope of this kind of deliberation.

Let us now distinguish the four abstract units: sentence, proposition, illocution and dissertation.

In order to exemplify our method of exposition let us show briefly how it works, by demonstrating that one sentence can realize two very different illocutions. These two concepts will become clearer when they are distinguished form the proposition.
Sentence and illocution

A sentence is a grammatical unit defined by the words that compose it and the order they have. As we know by varying the words or their order we can have different kinds of sentences: affirmative, interrogative, imperative. Care should be taken not to confuse these grammatical categories with the speech acts they are generally used to perform, namely: STATEMENT, REQUEST FOR INFORMATION and COMMAND. There is no one-to-one relationship between sentence types and illocutionary acts. For example, these imperative sentences are not used to realize the same act:

(S 1) Forgive us our trespasses.

(S 2) Please come to the party.

 S 1 would normally realize an INTREAT, whereas S 2 would be an INVITATION or a REQUEST, depending on context.
Sentence and proposition

The proposition, on the other hand, can be seen as a unit of content. It is not defined strictly by the words used to express it, but rather by the value they acquire in context. A proposition is the association of:

1) something being referred to, and
2) a predicate.

A propositional formula may be constructed with an operator (standing for the predicate) and a name or the substitute of a name (designating the object or person being refered to). For example, if ‘T’ represents the predicate ‘tall’ and ‘a’ stands for someone whom we will call Richard, then the proposition that Richard is tall may be represented by the formula: T (a). Similarly, if:

London: b (argument)

big:         B (predicate),

 

then the proposition that London is big has the formula: B (b).

This is the kind of notation used in mathematical logic. But for our purposes, a more explicit notation will be more useful. Thus we will have:
tall (Richard)
big (London).

 These two different propositions would be expressed with different sentences, for example:

Richard is tall.
London is big.

However, different sentences may express the same proposition. For example, the following proposition from Ibsen: sleeping (Oswald) can be expressed in a number of ways, such as:

The young master is lying asleep upstairs.
Master Oswald is sleeping upstairs.
Is he sleeping upstairs?
I mean that Master Oswald is upstairs and that he has not woken up.

 Conversely, one sentence may express different propositions in different situations. Take for example the first sentence of the previous set:

The young master is lying asleep upstairs.

By way of this sentence, Regina, one of the characters in Ibsen’s Ghosts, talks about Master Oswald: sleeping (Oswald). But we can imagine another scenario: Verona, Italy, 1771, W. A. Mozart’s admirers are in his host’s livingroom. They want to see him. His father says: “The young master is lying asleep upstairs”. Obviou1y, the proposition he expresses with the sentence is not about Master Oswald, but about Mozart: sleeping (Mozart).

 

Proposition and illocution

In order to show that proposition and illocution are essentially different, we need only to point out that two utterances may share the same proposition and express two different illocutions. We can do this if we look at the following utterance from Ibsen:  

“The rain’s dripping off you.

The corresponding sentence is:

The rain is dripping off you.

And the proposition being expressed is:

dripping (The rain, Engstrand).

In other words, the referents or arguments are ‘the rain’ and ‘Engstrand’ and what is being said about the arguments and shows the relationship between them is the predicate ‘dripping’.

The illocution in this case is REPROACH, but it supports the EXHORTATION which began when Regina told Engstrand to stay where he was. Some people might even wish to say that the former is part of the latter, but at this moment we prefer not to commit ourselves as to the exact relationship between the TWO illocutions.

It is not difficult to see how the proposition above: dripping (The rain, Engstrand), might also be used for other illocutions, such as SHOWING SYMPATHY, which could be expressed with:

“Oh! The rain is dripping off you; let me bring a blanket”

Nevertheless, we must point out that, while it could be used to express SYMPATHY, the sentence involved in the first part of the previous utterance somehow sounds wrong for such an illocution. This can be explained through the position of the elements in the sentence: ‘the rain’ is in the place of theme or topic, making it the central issue here; therefore, the sentence is inappropriate to expressions of SYMPATHY with ‘you’ and more appropriate to REPROACHES, as is the case in Ibsen’s play.

A simple switch of theme/comment can correct this while leaving the proposition intact:

“You are dripping with rain”

Instead of:

“The ram is dripping off you”

the full utterance might be:

“Oh! You’re dripping with ram; Jet me bring a blanket.”

Therefore, we can see that with a small change at the sentence level, one
proposition can express two different illocutions.

Illocution and dissertation

To show that there is a basic distinction between illocutionary acts and dissertation acts, we will follow the same method we have adopted for the other distinctions. We will show that it is possible to have the same illocutionary act with different dissertation acts, and vice-versa, different illocutionary acts with the same dissertation act.

Let us consider an example which we have already discussed. We are interested in the utterance:

“God’s good rain, my girl”

and the reconstructed sentence:

It is God’s good rain, my girl.

In the extract from Ibsen2 this sentence is being used to perform the dissertation act of ASSERTION. At a more delicate level of analysis, we might subclassify it as a SORTING, because it is placing the particular being referred to, namely ‘it’ in a certain class, God’s rain. Let us devise a notation for this:

SORT1NG. Inclusion: particu1ar class.

Here, a digression to consider two points might clarify the question.

1) We have a predication whose function is to include the particular in the class, but this predication is not realized by the verb alone. It is realized by a combination of the verb (copula) and the noun phrase which represents the class because of its being in the genitive case.

2) Two terms that have been used by other researchers for what we are calling SORTING are IDENTIFICATION and CLASSIFICATION. The three might be distinguished as follows:

IDENTIFICATION. Equation: particular, particular.

SORTING. Inclusion: particular, class.

CLASSIFICATION. Inclusion: class, class.

Now let’s go back to an utterance we have considered previously:

“God’s good rain, my girl”

In its context this utterance performs a CHALLENGE to a REPROACH. But we can imagine a different context in which a different illocutionary act would be performed. For example, a farmer might say the same words, perhaps with a different intonation. These words would realize the same sentence:

It is God’s good rain, my girl.

However, this sentence would not express the same proposition because the rain referred to would not be the same. In both cases we would have the same dissertation act, a SORTING. In the first case the SORTING would be associated with a CHALLENGE, whereas in the second case it would be associated with a THANKS GIVING, or something similar.

 To see the converse, let us consider the following situation. Somebody has just arrived to visit Eloise. She utters:

“You must be tired”

At the same time she opens a bottle of cool white wine. Here we have another ASSERTION, but one to which the speaker is not one hundred per cent committed. Let us call it a MITICATED ASSERTION. We might wish to subclassify it as a HYPOTHESIS, or something similar, but there is no need to get into that problem at the moment.

 Now, instead of the previous utterance, Eloise might have uttered:

“Are you thirsty?”

In this case, the speaker would not at all be committed to the proposition expressed, namely: thirsty (You). We would have a SUSPENDED ASSERTION, but in both cases we have the same illocutionary act: an OFFER.
Interaction of units

Now, our being able to distinguish the units of discourse, and our being able to f ix one while we vary another, does not mean that they operate separately. On the contrary, they usually complement and condition each other.

 One example of the way the units complement each other is the reconstruction of sentences from utterances as we saw earlier. In these reconstructions, context plays an important role. But what do we mean by context? It is largely the knowledge which has been established through dissertation and the conditions of interaction, which have been established through illocution.

Thus, in Ibsen’s excerpt, the utterance:

“God’s good rain”

makes present the knowledge that the ram is God’s and good. It is because of this SORTING and the CHALLENGE associated with it, that we take the utterance: “God’s good rain”, as equivalent to the sentence: It is God’s good rain. If, by contrast, we had two farmers discussing at a saloon how to increase a crop’s yield, the series of GENERALIZATIONS and HYPOTHESES that they would exchange would make us take the utterance: “God’s good rain”, as equivalent to the sentence: What we need is God’s good rain.

 One example of the way the units condition each other was seen in the choice between two sentences:

The rain is dripping off you.

You are dripping with rain.

These sentences would express the same proposition: dripping (the rain, Engstrand). However, because of its thematic structure: The rain is dripping off you, would probably not count as an expression of SIMPATHY, as was said earlier.  

What we wish to do now is to explore this mutual complementation and conditioning of the units of discourse, with particular reference to illocutionary and dissertation acts, though we will also consider sentences and propositions if necessary. That is, we will show how dissertation can be directed at the felicity conditions of illocutionary acts. The reader will note an implicit use of Grice’s cooperative principle and maxims.[3]

When we utter a string of words with the intention of giving an order, certain conditions have to obtain for the utterance to count as such, besides our having the said intentions. Certain conditions have to obtain also for the given act to be accepted. Among these is that the person that orders has the authority to give the order. What kind of authority is required depends on how sensible the action to be executed seems to both participants. And viceversa, how sensible an action has to be for a hearer to accept the order of executing it, depends on the kind and degree of authority the speaker has over him. A sergeant cannot but do what the mejor tells him; but a financial advisor can suggest a kind of report alternative to the one ordered by the bank manager.

 When considering dissertation, we will take into account the elements we have already indicated:

 1) The asserting force. That is, we will take into account whether we have an ASSERTION, a MITIGATED ASSERTION, or a SUSPENDED ASSERTION.

2) The kind of reference being made. We will, for example, take into account whether we have particular or generic reference. But we will be more detailed than that when necessary; we will, for example, consider whether we have specific or non-specific reference.

 3) The kind of predication involved. We will, for example, take into account whether we have equative or ascriptive predication.

 In the following extract taken from “The Sound of Summer Running” by Bradbury, we witness a negotiation within an established power structure. It is a very brief dialogue between a boy and his father. The boy opens the possibility of acquiring the shoes displayed near by. By asking for reasons to get any new sneakers, the father questions the boy’s request and controls the situation. He denies or at least postpones his non´s request.

‘Dad’ He blurted it out. ‘Back there in that window those cream-sponge Para Litefoot Shoes…
His father didn’t turn. ‘Suppose you tell me why you need a new pair of sneakers. Can you do that?’

Well… ’[4]

The first utterance: “Dad. Back there in that window those cream-sponge Para Litefoot shoes…” can be reconstructed into different sentences such as:

 1) Dad, look back there in that window at those cream-sponge Para Litefoot shoes.

2) Dad, back there in that window are those cream-sponge Para Litefoot shoes I would like to get.

At this moment, it is the psychological context, the role played by the participants that enables us to propose such tentative reconstructions.

 At the proposition level, we have the arguments ‘shoes and window’ and the predicate ‘there are’.

 The illocution of the utterance is open to a pair of illocutionary interpretations. It is open in the sense that the interlocutors could accept one or both interpretations.

 1) The boy wants to start a conversation about the shoes.

2) The boy wants to suggest the possibility of getting the shoes.

We may suppose that such an ambiguity is not a mere accident but a tactic. The ambiguity avoids a confrontatio1a that might arise from the denial of a more definite REQUEST.

Though the illocutionary act is intentionally open, at the dissertation level the boy ASSERTS the existence of some specific shoes located in a specific place. So, on one hand we have a boy who seems not to want to commit himself to make a definite REQUEST, but who is absolutely certain of the shoes he is concerned with.

The father’s response: “Suppose you tell me why you need a new pair of sneakers”, is a complex sentence that expresses a complex proposition. It can be analysed as a main and two embedded propositions:

suppose (Us, tell (You, me, need (You, Sneakers)))

The father has recognized not only the first interpretation that we proposed previously, but he has also accepted the second one:

2) The boy wants to suggest the possibility of getting the shoes.

It seems as though the psychological relationship between father and son is very strong. The father doesn’t need to turn back to check the existence of the shoes the boy refers to, and he doesn’t doubt about his son’s REQUEST. Besides recognizing the boy’s intention, he poses a suggestion for an explanation: suppose (Us, tell (You, Me)). This suggestion counts at a direct COMMAND, due to the role of father and son.

At the dissertation level, it is a possible, suspended ASSERTION.

The shoes are referred to in a non-specific and what we could call ‘aphoric’ way. An ‘aphoric’ reference differs from a cataphoric or anaphoric reference because the noun phrase with which the ‘aphoric’ reference is expressed doesn’t need to be related to other nominal phrases in the text.

 Let us consider the next utterance: “Can you do that?” The corresponding sentence can classify as simple and interrogative.

As a proposition it contains the previous proposition as its argument and predicates the boy’s ability to fulfill the COMMAND.

At the illocutionary level, it EXPRESSES A DOUBT, it QUESTIONS the boy’s ability to explain himself, to give reasons for acquiring the shoes. By focusing on this the command is reinforced.

At the dissertation level, with ‘that’ there is specific and anaphoric reference to the object of the previous request, therefore inheriting its nonspecific character.

The fourth utterance is a particle: “Well…”

At the illocutionary level it may EXPRESS A DOUBT or reflect a mental state when one can’t find an answer. The boy doesn’t deny his father’s interpretation to his first utterance: REQUEST. It seems as though he has accepted it, but is unable to give an immediate reason to support it.

It is clear how the levels of analysis complement and condition each other. At the dissertation level, the non-specific and ‘aphoric’ reference used by the father reinforces the illocutionary force of the utterance. He not only questions the boy’s request to get: “those cream-sponge Para Litefoot shoes”, but the necessity to get any shoes at all.

With regard to the excerpt from Ibsen the reader could ask why we have chosen a translated work rather than one written originally in the language that is being analyzed. The answer to that question is that the fact that it is a translation has no relevance for the purposes of this work. That is, independently of the fact that it be a good or bad translation by some criteria, we do think that it can be recognized as an effective discoursive unit. It is this effectiveness that we wish to explain.

Previous to a discussion of the relationships pertaining between dissertation and illocution in the passage from Ghosts by Ibsen,2 it may be helpful to point out to the reader in somewhat general terms the situation which seems to be present in the passage. These are the opening lines of the play:

R. (below her breath). What is it you want? Stay where you are. The ram is dripping off you.

E. God’s good ram, my girl.

R. The Devil’s own rain, that’s what it is!

E. Lord, how you talk, Regina. (Takes a few limping steps forward.) What I wanted to tell you was this.

R. Don’t clump about like that, stupid! The young master is lying asleep upstairs.

E. Asleep still? In the middle of the day?

R. Well, it’s no business of yours.

 The entire situation seems to be concerned with the establishing of social relations through the dialogue which is a sort of duel being fought out by the interlocutors. That is, they are engaged in the endeavor of establishing a power structure between them in order to, in turn, establish who has rights over the other. Each person is trying to establish authority on the basis of certain basic premises or values: Engstrand on the basis of his supposed morality and the ensuing rights he has over Regina as her father; Regina on the basis of her relationship with well-to-do’ people.

 Regina attempts to show that Engstrand’s moral rights are unimportant. At the same time, she points out that Engstrand has certain characteristics which are contrary to well-to-do-ness (e.g., he is stupid and clumps).

 However, Engstrand retaliates by attempting to show that well-to-do-ness is immoral (the implicit laziness of “the young master”) and that, anyway, she is not well-to-do (her language is not good). Also he shows no signs of being affected by Regina’s attacks on his weaknesses, thereby demonstrating her impotence.

 Regina’s last remark shows signs of her acceptance of Engstrand’s authority but probably because he has made her see a sign of the precariousness of well-to-do-ness and her position within it and not because she accepts his moral right over her (not until Engstrand attacks “the young master”, Oswald, is there a distinct break in the discourse pattern marked by the particle “Well” in Regina’s utterance).

 In the above discussion no explicit mention of dissertative elements has been made. However, the following arguments will attempt to both support the interpretation of the illocutionary situation as described above and, at the same time, illustrate how dissertation can act upon and change the conditions for illocutions.  

In this particular passage, it is possible to identify at least six ways in which elements of dissertation seem to be contributing to changes in the conditions for illocutions. We can call them tactics and they are:

 1) Parallel “redissertation” acts which deny or modify previous dissertations thereby having repercussions on previous illocutions.

2) Varying types of reference to people as a means of pointing out certain qualities which can contribute to the power structure between interlocutors.

3) Varying types of predicating to show relationships with previous dissertations and illocutions thereby demonstrating the “coherence” of a particular illocution in relation to a previous one.

4) Varying types of reference to point out areas of shared knowledge on which a power structure can be based.

5) SUSPENDED ASSERTIONS present shared knowledge as if it were not shared, thereby “disguising” illocutions to look like requests for information when they are really reproaches or some other act.

6) SORTING of areas of concern to point out boundaries or limitations of an established (or almost established) power structure.

 The following will not be an exhaustive analysis of the passage. Rather it merely represents an attempt to meet the stated objectives: a) support the interpretation of the illocutionary situation and b) illustrate the different ways in which dissertation has been found to affect the illocutions in this particular passage. Therefore, while attempting to exemplify each of the six tactics at least once, the analysis does no attempt to point out all the pertinent factors which could be pointed out at the various levels of analysis due to limited space.

 Type 1 tactic:

“God’s good rain, my girl.”

 In this case, it is only necessary to consider the type of reference involved in the address: “my girl”. This is especially evident when one considers that the specific identification of the addressee is unnecessary in terms of the discourse since both parties are known to each other. Thereby making an interpretation of the information that underlies the reference relevant material for analysis. The reference informs us that Regina is a certain Sort of girl: she is Engstrand’s in some way. This knowledge is very pertinent to the power structure being established between the interlocutors since, if Regina is really in some way belonging to Engstrand, he will have certain definite and established rights over her.

Type 2 tactic:

“The Devil’s own rain, that’s what it is”.

Regina is re-IDENTIFYING Engstrand’s previous IDENTIFICATION of the rain thereby attempting to invalidate his illocutionary act which had been a challenge on moral grounds of her right to REPROACH him about his being wet. With the phrase “that’s what it is”, she makes her statement doubly strong by means of a parallel re-IDENTIFICATION.

Type 3 tactic:

 (Takes a few limping steps forward) “What I wanted to tell you was this. . .“ The predicate “was” indicates equation, .not only between the referents in Engstrand’s utterance, but also with a referent of Regina’s first utterance: “What is it you want?” in which the reference of “it” has been left unspecified but partially identifies as something which Engstrand wanted. By showing that these are all the same referent and that it was Regina who mentioned it in the first place, he is reinforcing the “legality” of his utterance in terms of the discourse. That is not only is it the response to the illocutionary act of REQUESTING INFORMATION in Regina’s first utterance, but it is also referring to the same referent. Nonetheless, Engstrand’s utterance is really an attempt to change the topic of conversation which has, until then, been in reference to the issues pertinent to the power struggle. At the moment, Engstrand has a certain advantage demonstrated by his challenging move coward Regina (takes a few limping steps) when site has explicitly ordered him to stay where he was. Therefore, if he can get her to accept the switch in topics, then he has won and has established rights over her as shown through the discourse and his non-verbal actions.

Type 4 tactic:

“The young master is lying asleep upstairs.”

The specific reference to “the young master” implies that knowledge of him is shared by both interlocutors. The message is that the justification for Engstrand having to be quiet when the young master is asleep is so obvious that it is pre-suppositional. That is, the young master’s authority (and by extension, Regina’s) is unquestionable.

Type 5 tactic:

“Asleep still? In the middle of the day?”

Both the fact of Oswald’s (the young master’s) being asleep and the time of day at which he is doing it are now shared knowledge between the interlocutors. Therefore the questions are unnecessary and only act to somewhat unsubtly, disguise Engstrand’s reproach of Oswald’s actions.

Type 6 tactic:

“Well, it’s no business of yours.”

By pointing out the limitations on Engstrand’s power, Regina leaves the way open for the establishment of his authority over her. That is, site only points out that Oswald’s actions are “no business” of Engstrand’s but there is no implication that her own actions are included in the SORTING OUT of concerns.

The duel Regina and Engstrand have engaged in to establish who has rights over the other does not have a definite outcome.
Conclusion

We have proposed the necessity to include the dissertation level in discourse analysis, besides the already accepted levels, i.e. the sentence, the proposition and the illocution.

In order to explain and distinguish these levels, our working method has been co illustrate each one by means of examples drawn from the extracts by Bradbury and Ibsen and, to contrast two levels at a time, in order to clarify their distinctive natures.

The main purpose of the paper has been to explore the difference between directed at the felicity conditions of illocutionary acts. Such exploration has illocutionary and dissertation acts and, to show how dissertation can be been carried out in passages of two literary works. However, because all units of discourse somehow complement and condition each other, we have not limited the analysis of the two extracts to the illocutionary and dissertation levels.

Though the nature of this work is exploratory, we expect that the importance to include a fourth level of analysis as a necessary tool to explain the complex working of language has become evident.
BIBLIOGRAPHY

1. Austin, J. L., How to Do Things with Words. London, Oxford University Press, 1962.

 2. Bradbury, Ray. R is for Rocket. U.S.A., Bantam Books, 1975.

 3. Castaños, F., “Disertación Acts”, México, U.N.A.M. 1982, (mimeo).

 4. Castaños, F., “Las categorías básicas del análisis del discurso y la disertación”, in Discurso: Cuadernos de Teoría y Análisis (in press).

 5. Grice, H. P., Syntax and Semantics, Vol. III, Speech Acts. P. Cole. and J. L. Morgan (eds.), Academic Press, Inc., 1975.

 6. Ibsen, Henrik, A Doll’s House. Ghosts. An Enemy of the People, New York, Boni and Liveright.

 7. Searle, J. R., Speech Acts. An Essay in the Philosophy of Language, London, Cambridge University Press, 1969.

 8. Strawson, P. F., “On Referring”. Mind, Col. Lix N. S., 1950, reprinted in Logico-Linguistic Papers. London. Methuen, 1971, pp. 1-27.


[1] A revised version of a paper presented at MEXTESOL Convention, under the title of
Dissertation and Ilocution in Bradbury and Ibsen”, Fernando Castaños. Emilia Rébora
and Pamela Urdal, Mexico, October, 1983.

[2] Henrik Ibsen, Ghosts, p. 7.

 [3] H P. Grice, “Logic and Conversation”, pp. 41-50.

Grice proposes as a general principle that “talk exchanges do not normally consist of a sucession of disconnected remarks… They are characteristically, to some degree at least, cooperative efforts; and each participant recognizes in them, to some extent, a common purpose or set of purposes, or at least a mutually accepted direction.” He then formulates a rough general principle which participants will be expected to observe, namely “make your conversation contribution such as is required, at the stage at which it occurs, by the accepted purpose or direction of the talk exchange in which you are engaged:’ Grice proposes to label it the ‘Cooperative Principle’.

 “On the assumption that some such general principle as this is acceptable, one may perhaps distinguish four categories under one or another of which will fall certain more specific maxims and sub-maxims the following of which will, in general, yield results in accordance with the Cooperative Principle…

1) The category of Quantity relates to the quantity of information to be provided and under it fall the following maxims:

a. Make your contribution as informative as is required (for the correct purposes of the exchange).

b. Do not make your contribution more informative than is required…

2) Under the category of Quality falls a supermaxim —‘try to make your contribution one that is true’— and two more specific maxims:

a. Do not say what you believe to be false.

b. Do not say that for which you lack adequate evidence.

3) Under the category of Relation I place a single maxim, namely, ‘Be relevant’…

Finally, under the 4) category of Manner, which 1 understand as relating not… to what is said but, rather, to HOW what said is to be said, I include the supermaxim —‘Be perspicuous’— and various maxim such as:

a. Avoid obscurity of expression.

b. Avoid ambiguity.

c. Be brief (avoid unnecessary prolicity).

d. Be orderly.”

A participant in a talk exchange may fall to fulfill a maxim in various ways. However, such failure may not, necessarily, mean that the speaker is violating the overall Cooperative Principle. To explain it, Grice proposes the notion of ‘conversational implicature’ which he characterizes as: “A man who, by (in, when) saying (or making as if to say) that p has implicated that q may be said to have conversationally implicated that q, PROVIDED THAT (1) he is to be presumed to be observing the conversational maxims, or at least the cooperative principle (2) the supposition that he is aware that, or thinks that, q is required in order to make his saying or making as if to say p (or doing so in THOSE terms) consistent with this presumption; and (3) the speaker thinks (and would expect the hearer to think that the speaker thinks) that it is within the competence of the hearer to work out, or grasp intuitively, that the supposition mentioned in (2) is required… A general pattern for the working out of a conversational implicature might be given as follows: ‘He has raid that p; there is no reason to suppose that he is not observing the maxims, or at least the CP; he could not be doing this unless he thought that q; he knows (and knows that I know that he knows) that I can see that the supposition that he thinks that q is required; he has done nothing to stop me thinking that q; he intends me to think, or  at least willing to allow me to think, that q and so he has implicated that q’.”

[4] Ray Bradbury, “The Sound of Summer Running”, R is for Rocket, p. 179.

 

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Castaños, Fernando. 1982. “Consideraciones sobre el discurso científico y la definición”. Estudios de Lingüística Aplicada, no. 2. México. Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, UNAM. 6-30.

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Consideraciones sobre el discurso científico y la definición

Fernando Castaños

CELE UNAM

Las caracterizaciones de la definición que se encuentran en Selinker, Todd y Trimble (1976) y Widdowson (1978) son aparentemente contradictorias. La discusión de ellas muestra la necesidad de estudiar las funciones principales del discurso científico.
Después de proponer tres funciones principales (argumentación, facilitación y valoración) se vuelve a considerar el problema de la definición. Se muestra que las caracterizaciones de diferentes autores corresponden a definiciones que cumplen distintas funciones. Para proporcionar un marco básico general se propone una definición de la definición como una meta-aseveración de coreferencialidad.
Finalmente se aplican las herramientas desarrolladas al análisis de un trozo de discurso, tomando en cuenta las intenciones de los autores y las posibles estrategias de lectura de los estudiantes.

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Attempts made by Selinker, Tood and Trimble (1976), and Widdowson (1978) lo characterize the definition appear to be contradictory. A discussion of these attempts indicates a need to study (he main functions of scientific discourse.
After proposing three main functions, (argumentation, facilitation, judgement) the problem of the definition is reconsidered. Iris shown the (he characterizations given to the definition by different authors correspond to definitions which fulfill different functions. A basic framework is provided in terms of an operational definition of (he “definition”.
Lastly, the information obtained is applied in the analysis of a piece of discourse taking into account (he writers’ intentions as well as possible reading strategies of the students.

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Les définitions que l’on trouve chez des auteurs tels que Selinker, que Tood et Trimble (1976) et Widdowson (1978) sont apparamment contradictoires.

L ‘analyse qu‘lis en font montre la nécessité d’étudier les fonctions principales du discours scientifique.

Aprés avoir proposé trois fonctions principales (argumentation, facilitation el évaluation), le problème de la définition en soi est reconsidéré.

 II ressort que les caractérisations de ces différents auteurs correspondent aux définitions qui remplissent des fonctions distinctes. L ‘auteur propose dans son article une définition de la définition, en termes opérationnels, qui puisse servir de cadre de référence. En dernier lieu, les éléments obtenus sont appliqués á l’analyse d’une partie du discours, en tenant compte non seulement des idées des auteurs mais aussi des stratégies possibles de lecture, en ce qui concerne les étudiants.

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Die Beschreibungen, die Selinker, Todd und Trimble (1976) und Widdowson (1978) von der Definition geben, sind offenbar widersprüchlich. Eme Gegenüberstellung macht die Notwendigkeit einer Untersuchung der Hauptfunktionen des wissenschaftlichen Diskurses deutlich.
Dem Vorschlag, zunächst drei Hauptfunktionen zu unterscheiden (Argumentation, “Facilitation”, Wertung), folgt eine Diskussion des Problems der Definition. Es zeigt sich, dass die Beschreibungen der einzelnen Autoren sich auf Definitionen beziehen, die verschiedene Funktionen haben. Als allgemeine Grundlage für das weilere Vorgehen wird eine Definition der Definition vorgeschlagen, nämlich als koreferenzielle Meta-Aussage. Schliesslich wird damit die Analyse eines Textabschnitts durchgeführt, wobei die ,Absicht der Auroren und die möglichen Lesesrrategien der Studenten berücksichtigt werden.

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Introducción

 Durante los dos primeros tercios de la década de los setenta, se manifestó entre los lingüistas aplicados y los maestros del inglés como lengua extranjera una gran preocupación por el estudio del discurso científico. En el tercer tercio de la década, el número de personas interesadas en esta problemática disminuyó, principalmente por las siguientes razones: a) los enfoques adoptados llegaron a un límite, en su capacidad explicativa, por un lado, y en su utilidad práctica para la elaboración de ejercicios o la conducción de la clase, por otro[1]; b) en los cursos de inglés para propósitos específicos se empezó a poner mayor énfasis en las habilidades y estrategias que requiere el trabajo académico que en el lenguaje de las diferentes disciplinas[2]. Sin embargo, el interés por el análisis del discurso científico se ha mantenido muy vivo entre ciertos investigadores que han tratado de entender las relaciones entre la estructura de un texto y los procesos que llevan a su comprensión.[3] Se puede prever que en un futuro no muy lejano el análisis del discurso volverá a tener un lugar importante dentro de las concepciones que sirven de base para la elaboración de materiales didácticos para propósitos específicos. Ello ocurrirá cuando los marcos teóricos hayan rebasado sus limitaciones actuales.

El propósito de este trabajo es tratar dos problemas de análisis del discurso:
uno de carácter general que no ha recibido la atención debida y uno más específico que, aunque ha sido en parte atendido, no ha sido enmarcado desde una perspectiva adecuada. El problema general es el de las funciones principales del discurso científico; el problema particular, el de la definición. Pienso que el tratamiento del primer problema puede aclarar el segundo. A su vez, la discusión del segundo puede ilustrar algunos puntos importantes del primero. Al final de este trabajo consideraré las relaciones entre la estructura de un texto (un ejemplo específico) y los procesos que se desarrollan al leerlo.

 

Discusión general

Entre los temas cardinales[4] del análisis del discurso de la ciencia se encuentra la caracterización de los actos retóricos (deducción, generalización, clasificación, etc.) que lo constituyen. Este problema ha sido abordado desde diferentes puntos de vista y generalmente con una perspectiva estrecha de las funciones del discurso académico, lo que puede dar lugar a contradicciones aparentes y a confusiones innecesarias. Consideremos, por ejemplo, lo que dicen Widdowson, por un lado, y Selinker, Todd y Trimble, por otro, con respecto a la definición:

 Now the point about a definition, of course, is that the term to be defined is given and the expression which does the defining is new. If the proposition is re-organized so that this given-new arrangement is reversed, then it can no longer function as a definition: we are no longer explaining a term already given, we are introducing a term to identify or name something already known. In other words, the re-arrangement alters the force of the proposition from definition, to identification, or naming.

                                                                                                                                                                                   Widdowson (1978: 41)

 The core generalization of a paragraph whose purpose is to define is most commonly in the form of an explicitly stated definition. If this definition is a “formal” definition then it provides the reader with three kinds of important information: (1) the term naming the concept being defined; (2) the class (or set) of which the term is a member; and (3) selected essential characterizing information about the differences which distinguish the concept being defined from all other concepts which are members of the same class; that is, the statement of differences gives one or more the distinguishing characteristics of the particular concept being defined.

                                                                                                                                                                              Selinker, Todd and Trimble (1976: 284)

 Para Widdowson, lo que distingue a una definición de una identificación es qué elemento de la proposición que se expresa proporciona información nueva. Para Selinker, Todd y Trimble estas consideraciones no entran en juego en la definición de la definición. Evidentemente en los dos casos se están considerando aspectos diferentes del problema.

Por otro lado, para Widdowson definir se opone a nombrar y para Selinker et al. definir incluye nombrar. Esto parece una contradicción, pero lo que sucede es que los autores están considerando diferentes tipos de definición, o mejor dicho, están usando el término definición para referirse a distintos actos (que tienen algo en común). Ni lo que dice Widdowson, ni lo que dicen Selinker, Todd y Trimble, es cierto de todo aquello que comúnmente se llama “definición”. Tomemos, por ejemplo, el siguiente párrafo, cuyo autor identifica como definición:

DEFINITION 1.5. Two matrices [A] and [B] can be multiplied together in the order [AB] if and only the number of columns in the firs equals the number of rows in the second. The matrices are then said lo be conformable for the product [A B].

                                                                                                                                                                                                       Noble (1969: 5)

En este caso, el termino definido por Noble, “conformable for the product [AB]”, ocupa el lugar que típicamente corresponde, en una oración en inglés, a la información nueva.[5] Aplicando un criterio más claro, la palabra then tiene una relación anafórica en relación con la oración anterior y, por ende, corresponde a la información dada. Más aún, en la segunda oración, la que contiene el término definido, tenemos el verbo said que según el mismo Widdowson, sería señal de una identificación, y no de una definición.

Si aceptarnos que el término definido no necesariamente ocupa la posición de “dado”, el siguiente es un contraejemplo de la caracterización de Selinker et al.:

If we start with a certain number a, an integer, and we count successively one unit b times. The number we arrive at we call a + b, and that defines addition of integers.

                                                                                                                                                                                                   Feynman (1966: 22-1)

 En este caso es difícil identificar la clase a la cual pertenece el concepto “adición”, y más difícil identificar las características que lo distinguen de otros conceptos que pertenezcan a la misma clase. Es decir, no expresa información de los tipos que Selinker et al. enumeran como (2) y (3).

Podría pensarse que la falta de información que clasifique y distinga a la adición no muestra una falla en el esquema de Selinker et al., sino que simplemente indica que la definición de Feynman no es una definición formal. El problema de este punto de vista es que entonces tampoco podríamos decir que la definición no es formal. En las definiciones que no son formales, la información clasificatoria no está expresada de manera tan abierta como en las definiciones formales, y podría argüirse, con mucha buena voluntad, que la idea de que la adición es una operación está de algún modo implícita en el párrafo de Feynman et al. Sin embargo, al menos en los esquemas de Todd y Trimble,[6] todas las definiciones contienen información distintiva de manera bastante explícita. Y la definición de Feynman no nos dice cómo distinguir una adición; más bien, nos dice cómo hacer una adición. Podemos encontrar casos aún más drásticos de falta de información clasificatoria o distintiva en las definiciones de unidades de medición o en las definiciones de constantes de la naturaleza; por ejemplo, Feynman resume una definición así:

             1/ ∏ 4εø  = 107 C2 (by definition) 

                             = 9.0 X 109 (by experiment)

                                                                                     Feynman (1966: 4-2)

Algo que tienen en común los contraejemplos a la caracterización de Selinker et al., es cierta arbitrariedad o convencionalidad, que son frecuentes en matemáticas y, en menor grado, en física. Volveremos a esta cuestión más adelante.

El hecho de que haya contraejemplos de las caracterizaciones de Widdowson y Selinker, Todd y Trimble, no muestra que estas caracterizaciones sean en principio erróneas. Muestra que no son aplicables a todas las definiciones.

Widdowson está interesado en una función que tienen muchas definiciones, tanto en el lenguaje académico como en el lenguaje cotidiano: la de explicar un término a aquellos que lo desconozcan. Selinker, Todd y Trimble, por su parte, están interesados en la función que cumplen las definiciones científicas en la construcción de una teoría pero no de cualquier teoría: lo que dicen es más útil para el estudio del lenguaje de la biología o la química que de las matemáticas o la física.[7] Las definiciones que estudian Selinker et al. no están, como las de Widdowson, dirigidas en última instancia a quienes desconozcan el término definido; están dirigidas a todos los lectores que tengan capacidad para juzgar la veracidad del argumento del cual forman parte.

La caracterización que hace Widdowson de la definición se encuentra en una exposición sobre el discurso, en general, como medio de transmisión de información (proposicional e ilocutiva):

As we have seen, the way propositions are expressed and the way they are sequentially arranged has an effect on what they count as in terms of illocutionary value. Which text is to be preferred, then, will depend on which one can most readily be processed by the reader as a combination of illocutionary acts which constitutes an acceptable unit of communication.

                                                                                                                                                                                     Widdowson (1978: 52)

 La definición, para Widdowson, es un acto que tiene la función de explicar, dentro de un discurso que debe servir para la recepción fácil de la información.

Aunque Selinker, Todd y Trimble no son tan explícitos como Widdowson sobre su posición con respecto al discurso, podemos ver que ésta también ha tenido un papel decisivo en su concepción de la definición. Creo que es válido decir que para ellos el discurso científico es, o aspira a ser, un reflejo de la realidad. Así, la definición crea un concepto, una figura que se relaciona con otras (la clase, los otros miembros de la clase) para ir conformando la imagen global. Estos autores están preocupados por la incapacidad que, según ellos,[8] muestran algunos estudiantes para captar los significados totales de un texto, a pesar de poder entender todas y cada una de las oraciones que lo componen:

They often seem unable to comprehend the total meaning of the EST discourse even when they understand all of the words in each sentence and alt of the sentences that make up the discourse, Among the reasons that we have found for these difficulties, two seem to be most prominent. First, […] [the student] often lacks un understanding of the relationship between the individual clauses […] and between those clauses and the core generalizations of the paragraph. Second. […] important parts of the supporting information are often implicitly rather than explicitly stated; further, this implicit, information is frequently rhetorical in nature.

                                                                                                                                                                                           Selinker, el al, (1976: 282).

Por supuesto, tanto las funciones que interesan a Widdowson como las que interesan a Selinker, Todd y Trimble son funciones del discurso académico. Es necesario tener esto cabalmente presente y no ver las cosas sólo desde un punto de vista (ni sólo desde el otro).

Resumiendo, las caracterizaciones de la definición que hemos considerado no son descripciones universales de todas las oraciones, o párrafos, que comúnmente estaríamos dispuestos a identificar como definiciones. (Lo mismo puede decirse de caracterizaciones más elaboradas, como algunas que yo iré presentado.[9])

Más que descripciones de lo que comúnmente se llama definición, los lingüistas aplicados han hecho definiciones de lo que ellos quieren llamar definición. Esto no necesariamente es un procedimiento erróneo, pero debe quedar claro qué es lo que se está haciendo.

Hemos visto que los actos (o los aspectos de actos) que los autores denominan como “definición” dependen de las funciones del discurso en que estén interesados. Por lo tanto, es importante, para poder aclarar las confusiones que se presentan con los actos retóricos, tener una visión global de las funciones del discurso científico. A continuación, haremos una exploración en ese sentido y en la última sección retornaremos a la discusión de la definición.

 

El discurso científico

En el discurso de las ciencias naturales y de las matemáticas podemos distinguir tres funciones fundamentales: la argumentación, la facilitación y, la valoración. La distinción es teóricamente muy clara, aunque en la práctica a veces resulte difícil decidir bajo qué categoría deba clasificarse un determinado acto retórico.

En una argumentación científica, el autor está principalmente preocupado por probar que lo que dice es cierto. Hay dos tipos de criterios de verdad que se aplican a las aseveraciones científicas: criterios empíricos y criterios formales. Los científicos están interesados en averiguar qué cosas realmente ocurren y se pueden observar. Pero no desean simplemente producir listas y listas de observaciones. Desean, sobre todo, encontrar principios que puedan dar cuenta de muchos fenómenos y maneras de manejar los principios para poder predecir futuras observaciones. Los principios y las maneras de manejarlos constituyen teorías, más o menos abstractas, que resumen y explican los hechos de la naturaleza. Ahora bien, las teorías deben ser consistentes, libres de contradicciones lógicas, para que puedan, en principio, ser utilizadas por cualquier científico preparado. Así, muchas veces el discurso científico tiene la función de mostrar que dos aseveraciones son compatibles, o incluso que una es consecuencia lógica de la otra.

En suma, los enunciados científicos se plantean como verdaderos con respecto a la realidad o como verdaderos con respecto a otros enunciados (o ambas cosas, por supuesto). Un ejemplo de aseveración empírica es:

If the moon´s position among the stars on the celestial sphere is carefully noted night after night, it is seen that the moon changes its position rather rapidly, moving, on the average, about 13° to the east per day.

                                                                                                                                                                                           Abell (1969: 157).

 Un ejemplo de encadenación lógica es:

The velocity of light in the medium is  v = ds/dt   so that along the ray one can write ds/dv = c dt  and hence Δ~ = ʃ AB cdt = cΔt. Thus the optical path length is proportional to the travel time for light along the path.

                                                                                                                                                                                               Klein (1970: 27


Ahora bien, desde el punto de vista de la argumentación, podemos tener dos encadenamientos equivalentes, como a) y b):

 a) Si p  ˗ f1/f2   entonces α’ = p α ya que α’ = f1/f2  α .

b) Tenemos: α’ = ˗  α. Introducimos p =  ˗ f1/f2  . Así, α’ = p α.

Sin embargo, en un contexto dado y para ciertos lectores a) puede ser más fácil de procesar que b). En otros casos podría suceder lo opuesto.[10]

Si el autor de un texto es capaz de percibir cuáles formulaciones serán más fáciles de procesar para sus lectores potenciales, tomata esto en cuenta al escribir su versión final. Incluso es claro que hay muchas oraciones cuya función principal es la facilitación del procesamiento de la información; por ejemplo, en el libro de Klein, después del subtítulo D. Fermat’s Principie, encontramos:

This principle is a close analogue of the action principle in classical mechanics.

                                                                                                                                                                                       Klein (1970: 31).

El autor supone que el lector ya está familiarizado con el principio de acción y que, por lo tanto, la analogía le permitirá comprender más fácilmente el principio de Fermat. Es claro que esta oración no contribuye en nada a probar el argumento que presenta el autor, sólo ayuda a su recepción.

Al tratar de identificar las funciones que están cumpliendo los actos retóricos en un texto científico, salta a la vista que el autor no sólo está probando aseveraciones y controlando (en cierta medida) el procesamiento de la información por el lector, sino que también está indicando la importancia de ciertos puntos. A veces, incluso, justifica explícitamente la preferencia por ciertos tratamientos. Es decir, además de argumentar y facilitar, el autor valúa. La valoración se da principalmente con respecto a la utilidad y a la belleza que tienen los temas tratados.

La utilidad de un trabajo científico es juzgada por la sociedad en última instancia con referencia a los beneficios prácticos que pueda generar.[11] Pero para el científico mismo, la utilidad muchas veces se mide más directamente en términos de la teoría misma. Si una nueva formulación permite el tratamiento de problemas antes inaccesibles, es útil. Además, muchos científicos hacen ciencia principalmente porque les gusta. Muchas veces (particularmente en matemáticas) una innovación consiste simplemente en un cambio que hace la teoría más atractiva, desde un punto de vista estético.

A continuación tenemos dos trozos de discurso. En un caso se dice por qué han adquirido importancia los métodos numéricos (importancia anteriormente menor si se la compara con la de métodos analíticos) en la solución de ciertos problemas. En el otro caso, el autor resalta la belleza de una ecuación que es capaz de resumir una serie de relaciones que ha considerado a lo largo de todo un capítulo:

With the advent of high-speed electronic digital computers which can do tens or hundreds of thousands of computations per second, the use of numerical methods to solve initial value problems has become increasingly important.

                                                                                                                                                                 Boyce & DiPrima (1969: 329).

We summarize with this, most remarkable formula in mathematics:

                                                     e = cos ɵ + i sin ɵ

This is our jewel.

                                                                                                                                                                                    Feynman (1966: 22-10).

Resumiendo, el discurso de las ciencias naturales cumple básicamente tres funciones: la argumentación, la facilitación y la valoración. Así, el autor de un trabajo científico está preocupado por la veracidad de sus aseveraciones, la claridad de la información que transmite y la importancia del trabajo mismo. Este esquema tan simple permite, en buena medida, aclarar las confusiones que surgen cuando se consideran los actos retóricos que constituyen el discurso científico. Yo tenía este tipo de esquema en mente en la discusión inicial de este trabajo sobre Widdowson y sobre Selinker, Todd y Trimble. En la siguiente sección lo utilizaré para profundizar en el estudio de la definición. Por ahora, me permitiré abundar un poco sobre el discurso científico en general.

Comencé esta sección diciendo que la distinción entre argumentación, facilitación y valoración era fácil en el plano teórico y difícil en el terreno práctico. Consideremos, por ejemplo, la última cita del libro de Feynman et al. Los autores presentan en este párrafo la conclusión lógica de los desarrollos argumentativos anteriores, la ecuación e = cos ɵ + i sin ɵ. Pero, al mismo tiempo, al presentar esta conclusión explícitamente como un resumen, están ayudando al lector a que organice la información recibida. El capítulo del cual forma parte la cita tiene una estructura general de introducción, discusión y resumen, con subciclos similares a lo largo del desarrollo. El darse cuenta de esta estructura permite al lector establecer más fácilmente las ligas entre unas partes y otras.

El párrafo de Feynman cumple, además de una función argumentativa y una función facilitadora, también una función valorativa, como ya se dijo anteriormente; ésta se encuentra concentrada en el adjetivo remarkable y en el sustantivo jewel. En este caso hemos podido separar los elementos que, en un párrafo, cumplen cada una de las tres funciones, pero en otros casos, o incluso en este mismo si se hace un análisis más delicado, encontraremos relaciones más íntimas entre ellas.

Simplemente, el hecho de que un punto sea presentado como importante, incitará al lector a leerlo con atención especial, lo cual generalmente contribuirá a su comprensión. Lo inverso también ocurre: el que un autor se tome el cuidado de aclarar un punto puede servir para resaltar su importancia. Aunque a veces sucede lo contrario: cuando un argumento es muy fácil de procesar, puede parecer superficial o trivial. Los autores, entonces, buscan en ocasiones (consciente o inconscientemente) la complejidad, para indicar con ella la importancia de un tema. Feynman es bastante explícito al respecto en el capítulo del cual hemos tomado su cita anterior. Al principio de este capítulo, nos dice:

But science is as much for intellectual enjoyment as for practical utility, so instead of just spending a few minutes on this amazing jewel, we shall surround the jewel by its proper setting in the grand design of that branch of mathematics which is called elementary algebra.

                                                                                                                                                                                               Feynman (1966: 22-1)

 Las relaciones entre las tres funciones principales del discurso científico se complican si tomamos en cuenta que el orden de las palabras en una oración juega un papel fundamental para indicar qué información es el tema de la oración y qué información el comentario sobre este tema, como lo han mostrado Halliday y otros que han hecho estudios desde una perspectiva funcional de la oración (functional sentence perspective)[12]. La complejidad aumenta aún más al considerar, desde esta misma perspectiva, que el orden no sólo asigna importancia a las diferentes partes de una oración, sino que también permite relacionar la información dada en oraciones anteriores (o en el contexto de la situación del discurso) con la información nueva. Widdowson ha mostrado de manera brillante, en el trabajo antes mencionado, cómo afecta esto a la legibilidad de un texto.

La complejidad de las relaciones entre las tres funciones haría pensar que no podremos hacer análisis de textos científicos, en cuanto discursos, hasta no contar con esquemas que permitan una codificación mecánica de ellos. Sin embargo, me parece que es válido hacer análisis manuales tomando en cuenta sólo la función principal en cada unidad de discurso, aunque resulta un tanto subjetivo decidir cuál es la función principal. Por ejemplo, yo adopté este enfoque en un estudio,[13] encontrando resultados interesantes.

En dicho estudio, un esquema de tres funciones similar al presentado aquí fue utilizado para codificar dos textos de mecánica, uno para estudiantes avanzados de la carrera de física y otro para principiantes. Después se analizaron las definiciones en ambos textos. Al hacer una comparación de los resultados obtenidos para un texto y para el otro, la codificación general de las funciones y el análisis específico de las definiciones aparecen en una correspondencia sorprendente. Además esta correspondencia puede explicarse por las intenciones expresadas por los autores en los prólogos de sus libros.

En los dos textos[14], el introductorio y el avanzado, se notan tendencias comunes; por ejemplo, en ambos predomina el mismo tipo de actos. Sin embargo, se aprecian también divergencias importantes. Por ejemplo, en el texto introductorio, hay bastantes clasificaciones y abstracciones, observaciones, comparaciones y predicciones, mientras que en el texto avanzado sólo hay una clasificación y no hay abstracciones; hay una observación y no hay ni comparaciones ni predicciones. Además, en el texto introductorio hay más instancias de la función valorativa que en el texto avanzado, aunque en cada texto es casi igual el número de veces que se realiza la función argumentativa y la función de facilitación.

Las diferencias en el discurso de los dos textos pueden explicarse en base al hecho de que están dirigidos a diferentes tipos de lectores. El texto introductorio está escrito, según el propio autor, para: a) proporcionar al estudiante un marco general para la consideración de los problemas físicos, lo que explica las clasificaciones y abstracciones; y b) presentar los principios básicos de la física, estableciendo sus relaciones con el mundo real, lo que explica las observaciones, comparaciones y predicciones. Todos estos actos están representados muy raramente en el texto avanzado porque su propósito es desarrollar herramientas (teóricas) y técnicas sofisticadas. El autor presupone que los alumnos ya han hecho (leído) las observaciones, clasificaciones, abstracciones, comparaciones y predicciones pertinentes; se concentra, por lo tanto, en definiciones, generalizaciones, postulaciones, y sobre todo, deducciones lógicas.

La desproporción en el número de valoraciones que ocurren en los dos textos es coherente con la idea de que los alumnos avanzados están familiarizados con su ciencia y lo que necesitan es desarrollar herramientas sofisticadas: ellos ya saben, en buena medida, qué es importante.

Así como podemos relacionar los esquemas de actos retóricos que ocurren en el texto introductorio y el avanzado con las intenciones de sus autores, también podemos relacionar con éstas, y por tanto con aquéllos, las realizaciones del acto de definición. Por ejemplo, en las definiciones del texto introductorio es notorio el énfasis en las características distintivas de las entidades definidas, lo que permite hacer clara la relación del marco teórico con el mundo. Por otro lado, en las definiciones del texto avanzado abundan las ecuaciones matemáticas. Además en este texto, a diferencia del introductorio, el acto que más frecuentemente sigue a una definición es la deducción lógica. Estos hechos permiten en el texto avanzado un desarrollo más acelerado de la argumentación.

 

Recapitulación

En la primera sección de este artículo mostré algunas contradicciones aparentes entre diferentes concepciones de la definición. Indiqué también que éstas se disolvían al notar que no eran caracterizaciones de la misma cosa, sino de actos con funciones distintas. Ello nos llevó a la consideración, en esta sección, de las funciones principales del discurso científico. He planteado la existencia de tres funciones: la argumentación, la facilitación y la valoración, las cuales se relacionan de maneras bastante complejas. He indicado posibles caminos para la utilización, en el análisis de textos científicos, de esquemas que contemplen estas funciones y series de actos retóricos. Finalmente presenté algunos resultados de un estudio llevado a cabo con base en las consideraciones indicadas. Estos resultados se pueden explicar tomando en cuenta las intenciones de los autores de los textos, las que a su vez dependen, en buena medida, de las características de los lectores a quienes están destinados. En la siguiente sección presentaré una discusión más detallada de la definición, viendo algunas de sus propiedades lingüísticas y considerando, tanto los aspectos relacionados con sus productores y sus destinatarios, como su papel en el cumplimiento de las funciones del discurso científico.

La definición

En esta sección discutiré primero la definición en general y después la definición en el discurso científico.

Todos los actos que habitualmente denominamos como definiciones tienen algo en común: son meta-aseveraciones de correferencialidad potencial. Relacionan dos expresiones e indican que si éstas fueran usadas para cumplir efectivamente la función referencial, se estarían usando para referirse a la misma cosa. Consideraremos un ejemplo burdo: si para un escritor y un lector, en circunstancias dadas, la siguiente definición es válida:

Una garlopa es un cepillo largo y con puño que sirve para igualar las superficies de la madera ya cepillada.[15]

Entonces las dos siguientes oraciones expresarían la misma proposición (aunque podrían comunicar diferentes actitudes del escritor):

La garlopa estaba desafilada.

El cepillo largo y con puño que servía para igualar las superficies de la madera ya cepillada, estaba desafilado.

 Debido a que las definiciones aseveran correferencialidad, podemos decir, como una primera aproximación a un paradigma, que en la definición típica se encuentra el verbo “ser” o una expresión perifrástica del tipo de “se llama”. Todas las definiciones podrían considerarse como variaciones de este paradigma. Pero, por supuesto, no todas las oraciones en que ocurre el verbo “ser” se usan para establecer correferencialidad, ni siquiera todas aquellas en que se lleva a cabo algún tipo de clasificación[16] por ejemplo:

La descripción de la estructura interna del protón es un problema no resuelto que preocupa mucho a los físicos.

Ahora bien, no sólo es cierto que no todas las oraciones con el verbo “ser” expresan correferencialidad; es cierto también que no todas las oraciones que se usan para expresar correferencialidad son definiciones. En particular es ilustrativo distinguir las definiciones de las oraciones que Halliday[17] llama equatives. En éstas, dice Halliday, se identifican dos términos; el hablante supone que el oyente conoce la referencia de uno y desconoce la del otro. Por ejemplo, la oración:

John is the leader

donde la sílaba subrayada corresponde a la sílaba tónica del inglés oral, podría ser usada para responder a la pregunta

Which is John?


Aquí, el oyente ya sabe algo acerca de John —v.gr. que es una persona amable— pero no lo puede identificar, aunque puede reconocer claramente al líder; la oración afirmativa le asigna un referente a la palabra John: el mismo que a la expresión the leader. Con

 John is the leader

tendríamos el caso inverso. El oyente sabe quién es “John” y conoce el significado de “leader”, pero no sabe a qué se refiere la expresión “the leader”. La oración, entonces, le asigna referente a esta expresión.

Hay dos puntos relacionados entre sí que distinguen a una definición de una ecuación como las de Halliday:

1) En la definición, además de establecerse la correferencialidad de dos expresiones, se establece una identidad de denotación.[18] “Garlopa” se relaciona con los mismos objetos del mundo que “cepillo largo y con puño que sirve para igualar las superficies de la madera ya cepillada”. “John” no se relaciona con todas las personas que se relaciona “the leader”; y viceversa, “the leader”, no se relaciona con todas las personas con que “John” lo hace.

2) En la definición se habla de tipos, o categorías relativamente generales; en las ecuaciones se habla de muestras, o individuos particulares. Los términos que intervienen en una definición no ocurren en expresiones que se pueden usar para cumplir la función referencial sin modificaciones.

En la definición diríamos: “una garlopa …“

En una proposición diríamos: “la garlopa …“

En cambio, en una ecuación los términos pueden tener ya la forma de las expresiones referenciales “the leader” sólo necesita ocurrir, sin modificaciones, en el contexto apropiado, para cumplir la función referencial.

Entonces, en las definiciones no sólo se establece que los términos que se identifican pueden ocurrir en expresiones referenciales que sirvan para referirse a la misma cosa, sino que también se establece que estos términos, en cuanto tipos, tienen la misma denotación. (Por supuesto, esto no implica que las definiciones sean aseveraciones triviales. Las dos expresiones que se identifican en una definición no son sinónimos: aunque tienen la misma denotación, los distintos elementos que intervienen en ellas tienen diferente sentido.)

Ahora bien, hay muchos tipos de definiciones, según las intenciones de los hablantes o escritores que las producen. Como casos extremos podríamos considerar las definiciones de un diccionario y las de una teoría matemática. La definición de un término en un diccionario está hecha para las personas que lo desconozcan, lo encuentren en un texto y deseen averiguar su significado. Una definición formal en una teoría matemática está hecha para todos los lectores, y en cierto sentido, para ninguno; indica cómo se usará un término dentro de la teoría. La definición del diccionario reporta el uso de un término, describe o explica el significado que ya tiene. La definición matemática crea un concepto, establece arbitrariamente el significado del término. De una definición de diccionario podría decirse que es falsa, si no corresponde al uso de los hablantes nativos. De una definición matemática no tendría sentido decir que es falsa: es cierto que las expresiones que identifica son correferenciales ¡por definición!

La arbitrariedad de las definiciones matemáticas en ocasiones da origen a oraciones que en el lenguaje común resultarían contradictorias, pero que en la teoría son perfectamente coherentes, como:

If the indexed family F of spaces is disjoint, then each is both open and closed.

                                                                                                                                                  Hu (1964: 36).

En inglés cotidiano, open y closed son excluyentes entre sí. En el inglés de la topología, las relaciones de sentido entre los dos términos, que resultan de sus definiciones, permiten que algo sea al mismo tiempo open y closed. Esto no quiere decir que las definiciones sean falsas. Simplemente son extrañas y les dan a los términos significados distintos de los cotidianos.

Cabe aclarar que la arbitrariedad de las definiciones matemáticas es total siempre sólo en cuanto a la verdad de la equivalencia que establece. Generalmente, los significados de los términos definidos tienen alguna relación con los significados del lenguaje cotidiano, como ayuda para la memoria del lector, aunque esta relación no es necesaria.

La arbitrariedad en matemáticas es posible, y deseable, porque de hecho rara vez que usan las expresiones (verbales o algebráicas) de las teorías para hacer referencias. Lo que importa en matemáticas son las consecuencias de que dos expresiones sean correferenciales y no a qué se refieran estas expresiones.

Podemos pensar que entre el extremo de la fidelidad que deben tener las definiciones de diccionario y el extremo de la arbitrariedad que pueden tener las definiciones de las matemáticas, hay toda una gama de definiciones. En el derecho, por ejemplo, se debe reflejar el uso común, pero aquí las definiciones sirven para delimitar el significado de las palabras y evitar interpretaciones ambiguas de las leyes. Por ejemplo, en el lenguaje cotidiano entendemos ciudadano como un término que sirve para designar a las personas que pueden ejercer derechos políticos. En la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se precisa esta noción de la siguiente manera:

Artículo 34. Son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan, además, los siguientes requisitos:

  1. I.                    Haber cumplido 18 años, y
  2. II.                 Tener un modo honesto de vivir.

En la física, encontramos, como en el derecho, muchos términos del lenguaje cotidiano cuyo significado se precisa. Estos términos sirven para referirse a objetos, y propiedades de objetos, que están en el mundo real y de los cuales hablamos en nuestras conversaciones diarias. Por lo tanto es útil tener las mismas palabras en el lenguaje cotidiano y en el lenguaje técnico. Pero, por otro lado, en la física se busca que las teorías, además de reflejar el mundo real, tengan una consistencia lógica como la de las matemáticas, lo que crea la necesidad de definiciones que, en un plano de la discusión, sean arbitrarias.

El doble carácter de las definiciones físicas, como delimitaciones de los significados cotidianos y como creaciones de conceptos dentro de la teoría, se puede ilustrar con el término temperature. La definición que de la temperatura se hace en termodinámica permite hablar con mayor precisión que la común de fenómenos que experimentamos todos los días, como el hecho de que si calentamos un cuerpo aumenta su temperatura; o que si tenemos 3 cuerpos, A, B y C tales que la temperatura de A es mayor que la de B y la de B mayor que la de C, entonces la temperatura de A es mayor que la de C. Entonces, de algún modo, el lector de un texto de termodinámica ya conoce el significado de temperatura. Sin embargo, dentro de la teoría, representa un concepto nuevo. Así, Pippard nos dice:

As a matter of sensory experience we know that this is because two systems chosen independently will not in general have the same temperature, and the changes which occur when they are brought into thermal content result( in their eventually attaining the same temperature. But there is no need at this stage to employ the, as yet, meaningless word temperature to describe this particular fact of experience.

                                                                                                                                                                                                   Pippard (1964: 8).

Más adelante define temperatura de la siguiente manera:

We have thus demonstrated that for every fluid, is possible to find a function ɸ (P,V) of its parameters of state (different of course for each fluid) which has the property that the numerical value of ɸ (=ɵ, say) is the same for all fluids in equilibrium with one another. The quantity ɵ is called the empirical temperature,…

                                                                                                                                                                                    Pippard (1964: l0).

 Ahora, la física no sólo estudia fenómenos que conocemos de manera directa, sino también fenómenos cuya aprehensión está forzosamente medida por complejas cadenas de inferencias y por descripciones de experimentos llevados a cabo en el laboratorio. En la discusión de ellos, el físico no necesita que los significados de sus términos tengan correspondencia clara con los significados cotidianos, porque los significados cotidianos no existen, con respecto a estos fenómenos. En estos casos, como en las matemáticas, la física toma cualquier palabra que sugiera cualquier tipo de asociación, para ayudar a la memoria, y le asigna el significado que necesita manejar de manera condensada. Así, por ejemplo, en la física moderna encontramos el termino charm que sirve para designar una propiedad de las partículas subatómicas, propiedad que interesa a algunos físicos.

Al discutir las definiciones de las matemáticas, el derecho y la física, hemos visto que su carácter depende de diversos factores, principalmente del objeto de estudio de la disciplina y del procesamiento de la información por la mente. Este procesamiento, a su vez, depende de si el objeto de estudio se considera o no en el lenguaje cotidiano, y depende de diversas maneras. Es decir, las definiciones son resultado de la necesidad de un discurso coherente y verdadero, por un lado, y de un conocimiento comunicable y manejable, por otro. Hay que añadir que la importancia de los objetos del discurso también codetermina las definiciones. Un diccionario incluye las palabras (2 000, 20 000, 30 000…) que el lexicógrafo considere más importantes para los usuarios a quienes está destinado. Una teoría define sólo los términos que tienen un lugar especial (en principio podrían definirse casi todos).

Lo anterior nos lleva a plantear tres cuestiones:

1. ¿Cómo se relacionan, en el discurso científico, las definiciones con otros actos retóricos?

2. ¿De qué manera cumplen las definiciones las diferentes funciones del discurso científico?

3. Tomando en cuenta las cuestiones 1 y 2, ¿cómo se realizan lingüísticamente las definiciones?

Al abordar estas cuestiones, es preciso hacer notar, antes que nada, que en un determinado texto científico pueden ocurrir definiciones de muchos tipos: desde definiciones muy parecidas a las de un diccionario, hasta definiciones como las que he llamado matemáticas; desde definiciones formales muy precisas y que el autor identifica como tales, hasta definiciones vagas e implícitas. Todas pueden tener diferentes propósitos. Podemos encontrar definiciones que no forman parte de la teoría en sí, sino que ubican la ciencia dentro del saber humano, como:

The science of thermodynamics, in the widest sense in which the term is used nowadays, may be said to be concerned with the understanding and interpretation of the properties of matter in so far as they are affected by changes of temperature.

                                                                                                                                                                                                Pippard (1964: 1).

Esta definición se parece mucho a las definiciones de diccionario. Está formulada para las personas que no tengan de antemano una idea de lo que normalmente se entiende por termodinámica. Tiene las características de que habla Widdowson:
hay un término, thermodynamics, dado por el título del libro: The Elements of Classical Thermodynamics; este término se explica con un elemento nuevo: [… the understanding of …]”

 Podemos encontrar también definiciones que, aunque establezcan términos de la teoría, no se encuentran marcadas ni léxica ni tipográficamente, porque los términos no son muy importantes:

To determine a set is to determine its members.

                                                                                                                                                                                                    Hu (1964: 2).

Hay definiciones en las que están involucrados los procedimientos por medio de los cuales se manipulan los elementos de la teoría, como la anterior o como la definición que da Feynman de adición y que está citada en la primera sección de este artículo. Hay definiciones expresadas de una manera más impersonal, tomando sólo en cuenta las características (estáticas) de la entidad definida:

The point p is said to be an interior point of the set E provided that there exists a neighborhood N of p in X contained in E.

                                                                                                                                                                                                            Hu (1964: 21).

Los lingüistas aplicados que hemos estudiado la definición sólo hemos tomado en cuenta algunos tipos de definición y no todos los que están representados por las definiciones que he citado en este artículo (ni tampoco todos los tipos que no están representados aquí). Por lo tanto, no todo lo que hemos dicho es válido para todas las definiciones. Yo, por ejemplo, he caracterizado la definición de la siguiente manera:

A. La entidad que se define se considera por primera vez en el sentido definido.
B. La definición asocia la entidad definida con un conjunto de características distintivas.
C. La definición clasifica la entidad definida.
D. La definición establece la categoría de la entidad definida.

E. El conjunto de asociaciones entidad-características puede ser considerado como un conjunto de axiomas.

                                                                                                                                                                                              Castaños (1977: 91).

Por todo lo dicho anteriormente es claro que estas aseveraciones, sobre todo la A y la D, podrían formularse mejor y que no todas las aseveraciones son válidas para todas las definiciones. En particular, la aseveración E no es válida para las definiciones de diccionario y la B y C no son válidas para muchas deficiones de las matemáticas.

La aseveración A debería reformularse así: Si la definición cumple una función argumentativa, entonces dentro de la teoría el término definido no existía antes de la definición y empieza a existir a partir de ella.

La aseveración D debería reformularse así: La definición establece el tipo de objeto definido. Es decir, debe quedar claro que se está hablando de ‘categoría’ en el sentido de la distinción tipo/muestra[19], y no necesariamente de una categoría en un sistema taxonómico de la ciencia en cuestión. Si, por ejemplo, encontramos una definición de partícula, podríamos argüir que implícitamente se clasifica como “cosa” o “cuerpo”. Pero, estrictamente hablando, estos términos son, aunque necesarios, pre-teóricos y no tienen las propiedades de un sistema taxonómico; entre otras cosas, el que algo sea “cosa” no implica que no pertenezca a otras categorías del mismo rango (¿cuáles?) y que sí pertenezca a categorías superiores (otra vez: ¿cuáles?). Tendríamos también problemas para clasificar dentro de la teoría las unidades de medición y las constantes. Aunque quizá éstos no sean insolubles en todos los casos, hay que notar que lo importante de las definiciones de unidades y constantes es que les asignamos a ellas un valor (v. gr. 1cm = l/l00m).

Convendría también reformular la característica E así: El conjunto de asociaciones entidad-característica es, para efectos de la consistencia interna de la teoría, arbitrario. Habría que considerar que, fuera del ámbito de la consistencia interna de la teoría, las definiciones no son siempre totalmente arbitrarias, como ya lo indiqué anteriormente.

Las características A, B y C son en conjunto casi completamente equivalentes al grupo de características que dan Selinker, Todd y Trimble (1976). Las críticas que hice a ellos en la primera sección son, por lo tanto, válidas para mi caracterización y las críticas que acabo de hacer a mi caracterización son válidas para ellos.

Ahora bien, las características A a D son importantes porque, para los casos en que se aplican, dan cuenta de las diferentes formas que puede tener una definición y permiten entender las relaciones de la definición con otros actos retóricos. Es decir, estas características permiten empezar a resolver las 3 cuestiones que he planteado anteriormente.

Consideremos unos ejemplos que ya he usado:

 1. A neutron, is a subatomic particle which has no charge and a mass approximately
equal to that of the proton.

2. The neutron, on the other hand, has no charge and a mass approximately equal to
that of the proton.

3. [...] the proton, with positive charge, and the neutron, with no charge.

4. lf a particle has no charge, it is a neutron.

                                                                                                                                                     Castaños (1977: 91).

En todas estas formas se encuentran la característica A: las letras destacadas indican que el término neutron no es, estrictamente hablando, parte del lenguaje de la teoría en el momento en que ocurre la definición. Además, en la forma 1, “(x) es (y) que (z)” están representadas las otra características, excepto la E, lo que la convierte en una forma casi ideal. La forma 2, “(x) tiene (z)”, enfoca la característica B. La forma 3, “y (x), con (2)”, enfoca las características B y D e implica claramente la característica C. La forma 4, “Si (y) tiene (z), es (x)”, enfoca la característica E; es interesante señalar que lo hace de una manera un poco indirecta, aunque es posible enfocar la característica E de manera más directa, introduciendo, por ejemplo, la palabra axioma, como sucede frecuentemente en matemáticas.[20]

Las características A a E no sólo permiten dar cuenta de las diferentes formas que pueden servir para realizar una definición, también permiten explicar la coherencia[21] entre la definición y otros actos. Por ejemplo, en la prueba de un teorema se hará referencia a la propiedad E y en la identificación de un objeto, como muestra de la entidad definida (del tipo), se hará referencia a la característica B.

Las características A a E son, entonces, análogas a las precondiciones del acto de dar una orden que plantea Labov (1970). En un contexto apropiado, basta enfocar o referirse a una precondición —en nuestro caso a una característica— para, por decirlo así, invocar el acto completo.

 

Aplicación

Hemos tratado el problema de la definición desde tres ángulos distintos. Al principio de esta sección proporcionamos una caracterización general de la definición como meta-aseveración de correferencialidad. En la sección anterior indicamos cómo la definición puede servir para desempeñar diferentes funciones del discurso científico, lo que permite explicar, tomando en cuenta las intenciones del autor, por qué ocurren Ciertos tipos de definición de un texto. Y en los últimos párrafos discutimos las características de las definiciones argumentativas en el discurso científico. Pasaremos ahora a combinar los tres enfoques en el análisis concreto del siguiente texto, cuyas oraciones han sido numeradas para facilitar las referencias en la discusión:

CHAPTER 1
THE EQUA TIONS OF MOTION

1. Generatized co-ordinares

(1) One of the fundamental concepts of mechanics is that of a particle. (2) By this we mean a body whose dimensions may be neglected in describing its motion. (3) The possibility of so doing depends, of course, on the conditions of the problem concerned. (4) For example, the planets may be regarded as particles in considering their motion about the sun, but not in considering their motion about the sun, but not in considering their rotation about their axes.

(5) The position of a particle in space is defined by its radious vector r, whose components are its Cartesian co-ordinates, x, y, z. (6) The derivate v = d r / dt of r with respect to the time t is called the velocity of the particle, and the second derivate d r /dt is its acceleration.

                                                                                                                                                                                        Landau & Lifshiiz (1972: 3).

 El libro de donde fue tomado este texto está escrito para estudiantes que ya han llevado un curso de mecánica. Podemos decir que es un libro para estudiantes avanzados del nivel de licenciatura. El título del primer capítulo indica que no se seguirá el enfoque de los libros introductorios, en los que se separan los problemas estáticos de los dinámicos. Aquí, el título nos hace suponer que se discutirán desde un principio las consideraciones básicas para el planteamiento de problemas de dinámica; quizá los problemas estáticos se traten como casos particulares de problemas dinámicos. El título, entonces, cumple una función facilitadora: la de anunciar el contenido y el enfoque del capítulo y del libro.

El subtítulo Generalised co-ordinales indica que en la primera sección se discutirá la manera de representar la ubicación, en el tiempo y en el espacio, de las entidades físicas. Tiene una función facilitadora.

Las dos primeras oraciones sirven para realizar una definición. Cabe preguntarse por qué los autores usan dos oraciones para la definición de partícula, en lugar de una, como lo hacen para la velocidad más adelante. La razón es que los autores no sólo están llevando a cabo una función argumentativa, sino también una función facilitadora y una función valorativa.

La función facilitadora es doble. Por un lado, los autores están diciéndoles a aquellos alumnos que ya saben lo que es una partícula (supuestamente la mayoría de ellos): “vamos a definir partícula”. Esto les permite leer la definición muy rápidamente, casi saltándosela. Por otro lado, están colocando el término definido —this— en la posición de la información dada, y así pueden usar la definición para explicar el término a aquellos que no lo conozcan bien.

La función valorativa se cumple por medio de dos mecanismos. El primero es obvio: en la oración (1) no se usa el concepto de partícula en sí, sino que se dice de él que es importante. El segundo mecanismo consiste en colocar la palabra particle en una posición prominente de la oración, es decir, al final.[22]

Ahora, no obstante la preocupación de los autores por valorar el concepto de partícula y por facilitar su procesamiento durante la lectura, enfatizan que lo están definiendo arbitrariamente. Con “By this we mean […]”  queda claro que la consistencia de los razonamientos en que se use el concepto deberá juzgarse en cuanto a los términos establecidos por ellos.

Las oraciones (1) y (2), entonces, definen el término partícula para efectos de la discusión teórica pura. La oración (3) añade a esta definición indicios para la aplicación del término al hablar del mundo real, y así cumple primordialmente una función argumentativa: que sea cierto, o no, en la realidad lo que se dice de las partículas en la teoría, depende de qué objetos se puedan considerar como partículas.

Para ciertos lectores bastarán los indicios de la oración (3) sobre la aplicabilidad del término particle. Pero otros necesitarán alguna aclaración, que los autores proporcionan en forma de ejemplo en la oración (4). Esta oración cumple así una función facilitadora.

La oración (5) es muy interesante. Expresa una proposición que se podría esquematizar como “x is defined by y”. Pero esto no quiere decir que la oración sea una definición de x, más bien es una definición de y; “y is called x” no podría ser una paráfrasis de “x is defined by y”. Lo que sí podría constituir una paráfrasis aceptable es algo como: “x is indicated by y” o “x is determined by y”. De hecho, el contenido de la primera parte de la oración (5) quedaría más explicito así: “the position of a particle in space is represented by a vector, called its radius vector.”

Además de ilustrar que “is defined” no necesariamente se usa para definir la expresión que ocupa la posición del sujeto, la oración (5) es interesante porque con ella se realiza una doble definición del término radius vector. Por un lado se define al radio vector como la representación de la posición de una partícula, y por otro se define como equivalente a una triada de coordenadas.

La concentración de dos definiciones en una sola oración contrasta con el inicio del texto, donde se usan dos oraciones para una sola definición. Uno diría que los autores presentan las cosas para que el lector proceda a través de la argumentación más rápidamente. Esto se confirma al notar Otros dos puntos: 1° ninguna de las dos definiciones de radio vector es explicita y 2° el concepto de radio vector se define en términos de un concepto no definido en el texto, el de coordenadas cartesianas.

El primer punto significa que los autores no resaltan la importancia del concepto, aunque la tiene. El segundo punto significa que los autores aceptan como válidos los resultados de la teoría estándar sobre las coordenadas cartesianas. Lo hacen suyos y parten de ellos sin plantearlos explícitamente.

En la oración (6) los autores aceleran aún más el desarrollo de la argumentación, aunque presentan definiciones explicitas. Encontramos otra vez dos definiciones, pero en este caso de dos términos distintos, velocity y acceleration, no del mismo término como en la oración (5). Además en la segunda definición se ha hecho elipsis de una parte que sí está en la primera, “of LJ, with respect to time t”, y en lugar de “is called”, se usa simplemente “is”.

Tenemos en los dos párrafos que hemos considerado definiciones de cuatro términos: particle, radius vector, velocity y acceleration. En el primer párrafo está la definición del primer término y en el segundo las definiciones de los otros tres. A cada definición le van dedicando los autores menos espacio, acelerando así el desarrollo de la argumentación. Parecería que los autores se preocuparan inicial- mente para que los lectores pusieran su mente a trabajar en cierta dirección y después fueran olvidando esta preocupación para concentrarse en la pura argumentación.

Veamos ahora cuáles de las características del acto de definir que discutimos anteriormente se enfocan en las definiciones de Landau y Lifshitz. Al definir partícula, los autores enfocan todas las características. Indican que a partir de ese momento el término particle, que está en cursivas, tendrá cierto significado y que éste es en última instancia arbitrario: “By this we mean […]”. Los autores presentan también las características distintivas de las partículas: sus dimensiones son despreciables (en comparación con las otras magnitudes que intervienen en la descripción de su movimiento); esto se marca muy claramente con el pronombre whose (cuyas). La definición, además, clasifica las partículas como cuerpos (“…a body […]”). Finalmente, en la oración (3) queda claro que partícula es un tipo y que diferentes objetos podrán ser considerados como muestras de él bajo ciertas circunstancias.

La definición de radio vector no tiene todas las características, y de las que si tiene, no todas se enfocan. Por un lado, no se presentan características distintivas y, por otro, no se pone ningún énfasis en el hecho de que se considera por primera vez el término radio vector con un significado especial. Que LJ, es un vector, queda claro en su nombre: radius vector; la clasificación se enfatiza al decir que tiene coordenadas, como todos los vectores. Que radio vector es un tipo, se resalta al decir que cada partícula tiene su (its) radio vector. La arbitrariedad se refleja, aunque no de manera prominente, en la selección combinada del lexema define, que tiene un carácter definitivo, del tiempo presente y de la voz pasiva (“is defined”): las cosas son así, y ya.

En la definición de velocidad vuelve a aparecer la primera característica. Con “is called” se enfatiza que el término tiene un significado especial dentro de la teoría. Las características distintivas siguen brillando por su ausencia y la clasificación es menos prominente que en las definiciones de la forma “x es un y que…” Los autores clasifican la velocidad como una derivada simplemente diciendo: “The derivative v = d LJ, / dt…” La arbitrariedad resalta menos que en las definiciones anteriores; depende de la convención general del lenguaje de las matemáticas según la cual el sujeto implícito de “is called” no es cualquier hombre de la calle, sino cualquier persona que esté trabajando dentro de la teoría.

En la definición de aceleración sólo se enfocan dos características, y se enfocan débilmente. Que acceleration es un término nuevo dentro de la teoría sólo se indica por el uso de cursivas y la clasificación del concepto es como en la definición anterior: “[…] the second derivatived2 LJ, / dt2…” Lo único notorio es la característica fundamental de todas las definiciones: la meta-aseveración de coreferencialidad, expresada por el verbo is.

Resumiendo, los autores cada vez dedican menos espacio a las definiciones que presentan, desde dos oraciones hasta media oración. Asimismo, cada vez se preocupan menos por las funciones facilitadora y valorativa de su discurso. Finalmente, cada vez “invocan” el acto de definir enfocando menos características de él.

Comentario final

El estudio del texto anterior muestra que el análisis del discurso puede volver a tener un lugar prominente en el inglés para propósitos específicos, ya que es posible relacionar la lectura de un texto con su estructura. Por supuesto, antes de proponer tipos de ejercicios y procedimientos para la conducción de la clase, aún falta un camino largo por recorrer; pero tener en mente el funcionamiento del lenguaje, desde la perspectiva que puede proporcionar el análisis del discurso, puede, sin duda, proporcionar gran ayuda al maestro que desee detectar los problemas de sus alumnos y debe contribuir a la visión del diseñador, a la adopción de enfoques y lineamientos generales para el desarrollo de cursos.

El estudio también muestra La utilidad de combinar análisis detallados de actos específicos con análisis globales de las funciones principales del discurso científico, y tomando en cuenta las intenciones de los autores.

Bibliografía

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(Recibido en septiembre de 1980).


[1] Por ejemplo, en el reporte de la investigación que desarrolló Sandy Urquhart con la supervisión de
Henry Widdowson para la universidad del Res Abdul Aziz, encontramos:

…comparatively little is known at present about how much ,information students actually acquire in this way, or how quickly and efficiently it has been extracted from the text… One reason for this major gap in our knowledge is that there exists at present no generally accepted way of describing (he overall structure of lexis.

                                                                                                                                                                                                                                                             Widdowson and Urquhart (1978: 1)

 Más adelante, los mismos autores dicen:

This lack of a generally accepted discourse models… also causes problems to the classroom teacher…

                                                                                                                                                                                                                                                             Widdowson and Urquhart (1978: 1)

 

En este reporte el lector puede encontrar un examen serio de las ventajas y desventajas de varios enfoques para el estudio del discurso.

 

[2] 2 Por ejemplo, Charles Anderson dice en un reporte de la antigua Unidad de Investigación y Desarrollo del CELE:

The aim of the courses clearly conditions their content. We are not interested in teaching the language, but in getting students to read lexis in a foreign language for their specific purposes.

Alderson (1978: 6)

[3] Esta es la línea, por ejemplo, que Henry Widdowson y Sandy Urquhart adoptan en el trabajo mencionado en la nota 1:

From the beginning, we saw Discourse Analysis as (he central area, logically preceding the others… Such a description precedes descriptions of readers’ comprehension, since before judging how well readers comprehend, we must know what there is to be comprehended in the text.

Widdowson and Urquhart (1978: 37)

[4] Otros temas importantes son: las formas lingüísticas que permiten la realización de los actos y la codificación de actos simultáneos.

[5] Según Halliday (1970), la información dada comúnmente ocurre al principio de la oración inglesa y la información nueva al final.

[6] En Todd and Trimble (1979), encontramos un desarrollo de la distinción entre definición formal y definición informal. Este desarrollo, que he sintetizado en el texto de este artículo, preserva el espíritu original de la caracterización que encontramos en Selinker, Todd, and Trimble (1976).

[7] Algunos biólogos expresan sus intuiciones respecto del lenguaje y el método científico diciendo que la teoría es la taxonomía. En ella están contenidos todos los principios generales de la teoría de la evolución, la filosofía, la genética y la ecología, así como todos los datos relevantes provenientes de la observación. Un matemático que hiciera una aseveración de este tipo la haría en otro sentido: diría más bien que la teoría son los axiomas. Un físico dina que la teoría son las leyes de la naturaleza.  

[8] Este punto de vista ha sido criticado por Urquhart en Widdowson and Urquhart (1976: Appendix 2)

[9] Ver, por ejemplo, Castaños (1977), trabajo que se discute en este articulo.

 [10] Evidentemente, es necesario hacer estudios empíricos sobre la legibilidad de distintos tipos de discurso (distintos patrones de organización de los actos retóricos) para poblaciones dadas.

 

[11] El caso de Gabor es muy ilustrativo. Él produjo toda una teoría sobre los hologramas antes de que existieran hologramas, de hecho antes de que existiera siquiera el Láser. Empezaba su trabajo preguntándose qué se podría hacer con un rayo de luz coherente, si existiera. Terminaba diciendo que desafortunadamente tal rayo no existía. Cuando se inventó el Laser, los científicos se pusieron a averiguar si la fotografía tridimensional imaginada por Gabor era posible. Cuando ésta se empezó a aplicar en ingeniería aeronáutica y en sistemas de seguridad, Gabor fue condecorado con el premio Nobel. Antes de ello, su trabajo sólo era una bella pieza de argumentación físico-matemática, de interés para unos cuantos.

[12] Las ideas que Halliday ha desarrollado (específicamente sobre el inglés) parten originalmerue de trabajos de lingüistas de la escuela de Praga. Al respecto, se puede ver, por ejemplo, Fibras (1964).

[13] Este trabajo, Castaños (1978), fue realizado dentro del programa de Maestría en Ciencias en Lingüística Aplicada de la Universidad de Edimburgo.

[14] Los textos estudiados fueron Brown (1956) y Goldstein (1956).

[15] Para producir esta definición simplemente he añadido al verbo “es” a la entrada correspondiente a “garlopa” del Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española.

[16] Menciono esto porque en algunos cursos importantes de inglés para propósitos especiíicos se encuentran ejercicios en los que se presenta una asociación muy simple entre forma y acto retórico, lo que podría ser contraproducente.

[17] Ver, por ejemplo, Halliday (1967).

[18] John Lyons distingue entre referencia, sentido y denotación (Lyons, 1977: 174-215). Brevemente, referencia es la relación que guarda la expresión que en un enunciado tiene la función de “señalar” el objeto específico del que se está hablando (en una determinada situación) con ese objeto. Sentido es el término que, a partir de Frege, usan muchos filósofos para designar lo que otras personas llaman significado. Lyons considera el sentido como las relaciones (semánticas) que guarda una palabra con otras en el sistema (abstracto) de la lengua. Denotación es la relación de una palabra con todos los individuos (con la clase de individuos) a los que nos podemos referir usando la palabra adecuadamente en una expresión.

[19] Lyons, al hablar de los trabajos de Pierce (Lyons, 1977: 13-18), da los siguientes ejemplos para ilustrar la distinción entre muestra (token) y tipo (type):

(1) There are fine lettes in the word reference.

(2) There are five (different) letters in the word reference.

En el ejemplo (1), tenemos nueve muestras de letras. En el (2), cinco tipos. La relación entre muestras y tipos es que las muestras son instancias de los tipos. Así en reference tenemos cuatro muestras del tipo “e” y dos muestras del tipo “r”.

 [20] Es como si la mente se pusiera a considerar argumentaciones, y se olvidara de facilitaciones y valoraciones, porque ve una forma típica de las deducciones: “Si (y) tiene (x)”. Es decir, la característica E se enfoca por una especie de asociación. Este es un fenómeno que aún no logro entender bien.

[21] Estoy usando la distinción entre coherencia y cohesión que encontramos en Widdowson (1973).

 [22] Sobre tema del final de la oración como una posición prominente ver Leech & Svartvik, (1975: 175).

 

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Elements for a coding system of argumentative acts (part 2)

Castaños, Fernando. 1982.

 (PDF) (DOC)

Elements for a coding system of argumentative acts (part 2). Papers on Work in Progress, no. 7. Bologna. Cooperativa Libraria Universitaria Editrice. 15-23. 

 

ELEMENTS FOR A CODING SYSTEM OF ARGUMENTATIVE ACTS’ (part 2)

Fernando Castaños

Institute of Education, University of London


Reference and Predication  

Philosophers and semanticists usually distinguish two aspects of reference: definiteness and number. The paradigmatic case which is often studied is reference to a particular or individual, that is, singular definite reference. Other types of reference are contrasted to it. For example, in discussions of aspects of meaning (denotation, sense), reference to an individual is opposed to reference to a class of individuals; then the terms ‘general or “generic’ reference are used. In discussions of logic, reference to an individual is opposed to reference to some and to all individual members of a class; then the terms “plural” and “universal” are used. Sometimes, specially in ontological discussions, reference to an individual is distinguished from reference to a property; then the term “universal” is used, but in a different sense from the previous one. Clearly, how many divisions one wants in the field of reference depends on one’s purposes, and in applied linguistics we will have to decide which ones would be most useful for us.

Different types of predications have also been proposed. Philosophers and semanticists, again, distinguish equatives from non-equatives. But other linguists, mainly grammarians, further subdivide the non-equative sentences into ascriptive and relational ones, i.e. into sentences where a property is predicated of, or ascribed to, an individual or individuals, and sentences where two or more individuals are related. Among the relational sentences, several subcategories can be distinguished, such as comparative and transitive sentences. At present some very interesting attempts to provide a systematic account of relational sentences are being produced within a generative approach, in what 15 sometimes called “case grammar” and sometimes “thematic relations theory”. The frameworks that are emerging seem general enough to deal even with equative and ascriptive sentences.

In some initial attempts to codify academic texts, I have found the need to consider a kind of predication as separate from those mentioned above, and to further subdivide it into several categories. This I have termed inclusions. They are typically but not exclusively, realized by the verb “to be” and an unrestricted noun phrase beginning with an indefinite article (a” or ‘an”). A hierarchical sense relation exists or is established between the head of the noun phrase in the predicate and the subject to which the predicate is applied. The sense relations involved are, for example, superordinate/hyponym, member/group, part/whole, though the latter may present some aspects usually associated with syntagmatic relations and not with hierarchical relations. The reason I have needed to separate this kind of predications is that they seem to lie at the center of certain confusions in coding systems, mainly related to categories such as “classification”, “identification”, “categorization”, “taxonomy”. And the justification for subdividing this kind of predications into several subcategories, depending on the sense relation involved, is that each relation has different logical properties, as will be shown presently.

Having considered reference and predication separately, examples of some combinations follow:

  1. Reference to particulars

1.1.  Singular definite reference

a)Equative predication:

(12) The book is “Wordpower”.

b) Ascriptive predication:

(13) The book is heavy.

1.2. Singular indefinite reference

a) Equative predication:

(14)? A chart is a product. (The sense in which this sentence would be

acceptable beyond doubt would be the inclusive one)

b) Ascriptive predication:

(15) A chart is informative (in the context of another chart not being

informative)

1.3.  Plural definite reference

a)      Equative predication:

(16) The feathers are the symbols of power.

b) Ascriptive predication:

(17) The feathers are expensive.

1.4. Universal singular (distributive) reference

a) Equative predication:

(18) * Every child is every student. (This “content” would have to be

expressed with two propositions:

(i) Every student is a child, and (ii) Every child is a student.)

b) Ascriptive predication:

(19) Every child is healthy.

1.5. Universal plural reference

a) Equative predication:

(20) * All children are all students. (The situation is like that of (18).)

b) Ascriptive predication:

(21) Al] children are healthy.

2. Generic reference

2.1. Singular:

a) Equative predication:

(22) ‘Man’ is ‘human being’. (Note the need for inverted commas)

b) Ascriptive predication:

(23) Man is rational.

2.2. Plural:

a) Equative predication;

(24) ‘Letters’ are ‘symbols . (Clearly, this non-inclusive sense also

requires inverted commas and would occur in restricted contexts)

b)      Ascriptive predication:

(25) Letters are symbolic.

3. Reference to prototypes

a) Equative predication:

(26) A human being is a homo sapiens.

b) Ascriptive predication:

(27) A man is rational.

A few points of interest arise from these combinations. The first thing to note is that from a purely logical point of view, equivalences hold between certain pairs of combinations, such as (19) and (21): here, commitment to “every” implies commitment to “all”, and viceversa. In a similar fashion, the same proposition could be expressed with the following two combinations, if both of them existed: [generic reference-equative predication], [universal reference-equative predication]. But the latter is impossible, as shown in (18). And this is the second thing to note.
The (imaginable) pair of alternative propositional acts that express the same proposition with one member of the pair being possible and the other impossible is probably an extreme case. Impossibility in our examples seems to be associated with psychological difficulty. Perhaps given two alternative realizations of the same proposition, one would be easier to process in certain contexts; in other contexts it would be the other way round, and that is why the two versions are available. Of course, if that is the case, there must also be contexts where the differences, which are rather subtle anyway, are neutralized.

It seems to me, however, that not all the differences can be accounted for in terms of a processing difficulty of the sort hinted at above. Clearly, communicative impact, which at times can even point in the opposite direction, also needs to be taken into account. But there is perhaps a more crucial factor, from the point of view of scientific argumentation. As the philosophical controversy between induction and deduction has shown, only statements about particulars can be tested empirically. As indicated by the inverted commas in the [generic-equative] cases, both the singular and the plural, the role of generic statements would seem to be associated more with discussions within systems of meaning, for their elaboration or modification, than with direct observation of reality based on them.

Having mentioned the points above, which indicate the necessary directions for further research, I wish to consider inclusions, for the reasons already expressed. Three o then will first be examined in syllogism-like reasonings, with the including element being in one of the premises in one occasion and in the conclusion on another; the positions of the included will, of course, be the other way round. After brief comments on those examinations, two more inclusions will be mentioned. The names I have adopted for inclusions are very provisional.

1. Part/whole

(1) Leaf l. is part of plant p.

(2) l has a disease.

(3) p has a disease.

—–

(4) Leaf l is part of plant p

(5) p has a disease

(6) l has a disease.

2. Element of/collective entity.

(1) Flower f is in garden g.

(2) f  is red.

(3) g is red.

—–

(4) Flower f is in garden g.

(5) g is green.

(6) f is green.

3. Member of/set

(1) Shoe s is a member of Mary’s wardrobe.

(2) Shoe s is black.

(3) Members of Mary’s wardrobe are black.

(4) Shoe is a member of Mary’s wardrobe,

(5) Members of Mary’s wardrobe are black.

(6) s is black.

The results of the previous examinations can be summarized in the following table:

Part/                Element/               Memeber

Whole             collective ent.        Set

P(xed) →     P(xing)              √                          ?                         x

P(xing) →  P(xed)                 x                          x                         √

where:

‘P(x)’ means “x has property p”,

xed’ stands for “entity included”, and

xing’ stands for “entity including”.
There is a big difference between the first two inclusions and the third one, between part/whole and element of/collective entity, on the one hand, and member/set, on the other. In the former case, a statement about the including entity is a statement about a qualitatively different entity than the included elements, about another, larger unit. In the latter case, statements about the including entity are statements about a quantitatively different entity only, about all members of a set, not about the set considered as a unit.

The problem with xed inheriting its properties to xing with xing considered as a unit, is that it depends on very subtle degrees and variable thresholds. For example, it could be said of a garden full of red flowers that it was red, even if the grass were green. But how many flowers are needed before they can inherit their colour to the garden would seem to be a conversational matter.

The difference between the first inclusion, part/whole, and the second, element of/collective entity, seems to be due to which degrees and which thresholds, apply. In other words, the kind of inclusion seems to determine the logic that can be applied,
and when it is applied it operates within conversationally defined limits. But the question arises that the inclusion itself may be variable, that a given xed/xing   relation counts as, say, part/whole under some circumstances, and as element of/collective entity under other circumstances. This doubt is increased if we realize that the very adjective used in the second premise also plays a role in determining the logics that can be applied, as will be shown presently.

Set theory formalism avoids the variability of P(xed) →  P(xing) reasonings by avoiding the logic of relations like part/whole altogether, as hinted at above in the distinction between qualitative and quantitative inferences. If the need arises to talk about a property of a set considered as a unit, rather than as plurality of members, then that property has to be defined in terms of the properties of its members. That is, the semantics used by set theory is a limited semantics, in that there sense relations do not contain their logic of application, as sense relations do in everyday semantics. The question then arises of whether all discourses can afford to be set theoretical, that is, rigorous but uneconomical in terms of mental effort. But this is an empirical question, which must be left unresolved for the moment.

The fourth inclusion I wish to consider is:

4. Component/compound

(1) Oxygen is a component of water.

(2) Oxygen is heavy.

(3) Water is heavy.

—–

(4) Hydrogen is a component of water.

(5) Water is heavy.

(6) Hydrogen is heavy.

—–

(7) Oxygen is a component of water.

(8) Oxygen is electrically negative.

(9) Water is electrically negative.
Here we see that the component/compound relation is like the part/whole relation for adjectives like ‘heavy’, and is not really a relation, in terms of logical behaviour, for adjectives like ‘electrically negative’. Clearly, knowledge of the world is involved here.
I finally wish to make some brief comments about relations of number systems. There is a sense in which it can be said, and is sometimes said, that the natural numbers are included in the integers, the integers in the fractions, the fractions in the real numbers, and the real numbers in the complex numbers. All elements of the set of natural numbers are also elements of the set of integers, but not all integers are natural numbers. All integers are fractions, but not all fractions are integers. And so on.

Now, the properties of the complex number system are not necessarily shared by the real number system. The real number system does not share all its properties with the fractions. And so on. For example not all statements about subtraction that are true of the natural numbers when considered as elements of the system of integers are true when they are considered as elements of the natural number system only, because not all subtractions which can be carried out between natural-numbers-as-integers can be carried out between natural numbers within the natural number system. Thus, a statement about 3-5 is meaningful if 3 and 5 are seen as integers, but meaningless if they are seen as natural numbers.
The semantic network that emerges is very curious. Looked at from a certain angle, the relationship between natural numbers and integers is hike a hyponym/superordinate relation, like, say, the relationship between dog and ‘mammal’. The two relations could be represented visually in the same way, e.g. with trees. And given an integer, we can say that it is either a natural number or a negative integer (or zero)? but not both at the same time, in the same way that we can say that a mammal is either a dog or a cat (or something else), but not both at the same time.

But looked at from another angle, the relationship is not like a hyponym/superordinate relation. Deductions of the sort: All mammals have warm blood. A dog is a mammal. Therefore, a dog has warm blood” are not necessarily valid for number systems. This would seem to be related to another curious fact. In a taxonomy like the dog/mammal one, the superordinate has less defining features than the hyponym, but in a taxonomy like the natural/integer one, it is the other way round.

The implications of the previous speculations could be important for reading. If when we read, we judge the validity of the inferences in the text on the basis of the semantic networks involved, then familiarity with those networks will make the reading easier, and conversely, familiarity with the inferences will make the construction or modification of the networks easier.

Sense Relations

 

A few acts constituted by combinations of sense relations in pairs of propositions are presented.

Notation:

‘U’ represents a rhetorical unit

‘p’ represents a proposition

‘P’ represents a predicate

‘x’ represents a referring expression, or subject

‘P(x)’ represents a proposition

‘S’ represents a sentence

‘:’ means “is being used to express”.

—  Combination 1:

1. U = S1 + S2                  2. S1 : P1(x1)                 3. S2 : P1                   4. S1 ≠ S2

Example: “That man is Welsh. Welsh is that man.”

Possible name for U: ‘Simple Rephrasing’.

— Combination 2:

1. U = S1 + S2         2. S1 : P1(x1)            3. S2 : P2(x2)                                                       4. P1 and P2 are different but equivalent.

Example: “That man is Welsh. That man is from Wales.”

Possible name for U: ‘Complex Rephrasing’.
— Combination 3:

1. U = S1 + S2                                 2. S1 : P1(x1)                                   3. S2 : P2(x2)

4. P2 is a hyponym of P1

Example: “That man is British. That man is Welsh.”

Possible name for U: ‘Precising’.

— Combination 4:

1, 2 and 3 as above           4. P2 is a superordinate of P1

Example: “That man is Welsh.” That man is British.

Possible name for U: ‘Classifying’.

— Combination 5:

1. U = S1 + S2                 2. S1 : P1(x1)                  3. S2 : P2(x1)

4. P1 and P2 are cohyponyms

Example: “That man is Welsh. That man is Scots.”

Possible name for U: ‘Contradiction’.

— Combination 6:

1, 2 and 4 as above             3. S2 : P2(x2)

Example: same as above

Possible name for U: ‘Contrast’.
In the previous examples the following were varied: a) the relations between the referential expression in S1 and S2, and b) the relations between the predicates in S1 and S2. The variations were systematic, though clearly not comprehensive. The combinations should be taken as an indication of what can be done, and not as a finished product.
1 The first part of this article was published in PWP 6.

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