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Actitud

ACTITUD

FERNANDO CASTAÑOS ZUNO y ÁLVARO CASO

DEFINICIÓN
En la comunicación cotidiana, la palabra actitud se emplea muchas veces para hacer referencia a una disposición de ánimo que se manifiesta en una manera de estar, un modo de actuar o una forma de hablar. En consonancia con esta acepción, se utilizan como sinónimos parciales de ella voces que aluden a tales modalidades, como postura, talante, aire o tono. En ensayos de cierta índole, también se usan como equivalentes restringidos palabras que remiten más directamente a la proclividad anímica, como orientación o inclinación.1 En otra acepción común, actitud denota una reacción constante a un tipo de objetos o una respuesta generalizada ante una clase de hechos. Los sinónimos que podríamos encontrar cuando se adopta este sentido son construcciones con verbos que indican la intención de acercarse o alejarse, como buscar o evitar.

1 En más de una ocasión, Octavio Paz utilizó estos equivalentes parciales de la palabra actitud para hablar de rasgos de la personalidad de otros poetas. Ver, por ejemplo, su ensayo biográfico sobre Xavier Villaurrutia (1978).

No hay sustantivos que designen tipos específicos de actitudes; pero éstas tienden a agruparse, por medio de frases hechas, en función de sus grados de definición. Se habla, por ejemplo, de actitudes claras o inciertas. También, con el mismo tipo de recursos, se suelen esbozar clasificaciones que toman en cuenta la consideración que tienen unos sujetos por otros, o las relaciones que entablan entre sí. Se dice, en ese tenor, que una persona tiene una actitud cooperativa o dominante. De lo anterior podría desprenderse que, generalmente, una actitud entraña una valoración del objeto que la suscita. No es extraño que esto se haga explícito cuando se dice que el objeto despierta actitudes favorables o adversas; también es frecuente que se califique al sujeto o a la actitud misma, que se diga que alguien es positivo o negativo, o que tiene actitudes buenas o malas.

En el mundo académico se jerarquizan y complementan los rasgos de las acepciones cotidianas, de manera que se enfocan mejor fenómenos determinados, como veremos más adelante. Pensamos que puede ser útil agrupar estos enfoques en dos grandes conjuntos, de acuerdo con los intereses y las perspectivas de las disciplinas que se han ocupado de la materia: en el primer conjunto, incluiríamos los tratamientos de la psicología social, la sociología política, la demoscopia y la psicología laboral; en el segundo, los de la lógica, la filosofía del lenguaje, la lingüística y los estudios del discurso.

En el campo de la psicología social, el término actitud tiene una carga teórica importante y se considera como un factor principal y definitorio de un conjunto de opiniones. A la vez, la actitud está determinada, en buena medida,

por un valor. Estas ideas se representan frecuentemente por medio de una pirámide invertida. En la parte inferior, que es la más pequeña, se encuentra un valor; en la parte media, un conjunto de actitudes y en la parte superior, que es la más extensa, un número grande de opiniones. En este esquema se puede apreciar cómo de un valor se desprende una serie más grande de actitudes y cómo, análogamente, una actitud genera un número vasto de opiniones.

En la sociología política y la demoscopia, actitud es un término central y tiene un significado derivado del que recibe en la psicología social, lo que se reconoce explícitamente en los informes de investigaciones básicas, cuyas metodologías o cuyos resultados sustentan los marcos de referencia de otras investigaciones. Más aún, la teoría de que las opiniones son variables dependientes de las actitudes y éstas, a su vez, dependientes de los valores, ha orientado, al menos en parte, la interpretación de los datos en algunos de los trabajos académicos más importantes de estas disciplinas.

Sin embargo, en esos campos, la necesidad de contar con definiciones operacionales que guíen el análisis de información cuantitativa y cualitativa, obtenida tanto a través de encuestas, como por medio de entrevistas abiertas o de discusiones en grupos de enfoque, ha llevado a introducir o dar preponderancia a ciertos rasgos observables que puedan diferenciar las actitudes, por un lado, de los valores, y por el otro, de las opiniones.

El principal rasgo ha sido el de la duración: se considera que un valor tiene mayor permanencia que una actitud, y que ésta es menos cambiante que

las opiniones. Se piensa, por ejemplo, que un grupo social continuará teniendo una actitud favorable al tipo de políticas que promueva un partido en un periodo, aunque adopte una opinión negativa acerca de la implantación de una de esas políticas. Análogamente, el grupo continuaría identificándose con los valores que suscriba el partido, aunque dejara de tener una actitud favorable a ese tipo de políticas.

Ligado al rasgo de duración, está el de variabilidad contextual, que es también de carácter escalar, por lo que en relación con él se pueden establecer diferencias de grado entre las opiniones, las actitudes y los valores. Qué tan favorables son las opiniones acerca de un político puede depender tanto de los temas que se están tratando en el momento en que se expresan, como de con quién o quiénes se compare a este político. En cambio, las actitudes acerca de un partido se conservan para espectros temáticos y rangos comparativos más amplios. Los valores ligados a una orientación política tienen alcances aún mayores.

Cabría, quizá, resumir estas concepciones diciendo que las actitudes tienen profundidad, duración y alcance medios en un marco de valoración estratificado o jerarquizado. Además de tratar las actitudes de esta manera, en la psicología laboral se considera útil distinguir entre dos actitudes de dedicación: una productiva, que conduce a una distribución eficaz de los esfuerzos, y otra estéril, que lleva al agotamiento y no produce resultados. Reflexiones más elaboradas en este campo conducen a definir lo que llamaríamos actitudes de segundo orden, es decir, actitudes acerca de las

actitudes. Sería positiva la actitud de quien está preparado para cambiar y aprender si su manera de acercarse al trabajo no es productiva; en otras palabras, la de quien asume las dificultades como retos por superar.

En las disciplinas en que se ha desarrollado el segundo conjunto de enfoques académicos, se parte de una distinción entre dos tipos de información o de contenidos que son comunicados por medio de las estructuras de las palabras: la proposición y la actitud del hablante.

En primer lugar, cuando un enunciado expresa una proposición, nos dice cómo es o qué ocurre con algo. En términos técnicos, formular una proposición es asociar un predicado con un argumento o una serie de argumentos. Un argumento representa una entidad, concreta o abstracta, y normalmente es un nombre propio, un pronombre o una frase nominal. Un predicado representa una cualidad, una acción o una relación; comúnmente involucra un verbo y puede comprender adjetivos y preposiciones. Entonces, una proposición es una construcción que se puede afirmar o negar, y que se puede juzgar como cierta o falsa. Estrictamente, una proposición sería verdadera si el hecho al que corresponde es como dice que es, y falsa si es de otra manera. En un discurso hacemos referencia a las proposiciones expresadas anteriormente o en otros discursos, por medio del verbo “decir” acompañado de la conjunción “que”. Así, por ejemplo, (1) refiere una proposición expresada por Alberto acerca de Juan y (2) una formulada por Josefina acerca del libro y la mesa:

  1. (1)  Alberto dijo que Juan había venido;
  2. (2)  Josefina dijo que el libro estaba sobre la mesa.

En segundo lugar, un enunciado expresa una posición de aquél que habla respecto de la proposición. En (3), por ejemplo, el enunciador hace patente que considera la proposición de Alberto como verdadera, mientras que en (4) el hablante muestra reservas sobre la proposición de Josefina:

  1. (3)  Estoy seguro de que Juan había venido;
  2. (4)  No sé bien si el libro estaba sobre la mesa.

El segundo contenido del enunciado, es decir, la actitud del o de la

hablante, atañe a la relación entre éste y la proposición (y lo hemos ejemplificado con la seguridad de (3) y con la duda de (4)).

En la lógica y la filosofía del lenguaje, cuyas reflexiones han dado gran fuerza a la distinción entre los dos tipos de contenidos, se subraya que dos oraciones distintas pueden expresar la misma proposición y que con la misma oración se puede expresar proposiciones distintas. El par (5) y (6) ejemplifica lo primero:

  1. (5)  El Rey Sol gobernó Francia desde 1643 hasta 1715;
  2. (6)  Luis XIV gobernó Francia entre 1643 y 1715.

Si imaginamos que (7) se hubiera pronunciado, tanto en 1700, como en

1785, tendremos un buen ejemplo de lo segundo:
(7) El rey de Francia tiene un carácter débil.
En las dos fechas la oración hubiera expresado proposiciones distintas,

una falsa y otra verdadera, porque en 1700 “el rey de Francia” se referiría a Luis XIV y en 1785, a Luis XVI.

En la lógica y en la filosofía del lenguaje se observa también que una proposición se puede expresar en diferentes idiomas,2 como ocurre con (8) y (9):

  1. (8)  La nieve es blanca;
  2. (9)  Snow is white.

A partir de ello, se subraya que una proposición es una entidad abstracta

y que es verdadera (o falsa) independientemente de quién la exprese, en suma, que tiene un carácter objetivo. La actitud, en cambio, es subjetiva; incluso algunos filósofos importantes la consideran como un estado mental del hablante que depende no sólo de quién pronuncia o escribe el enunciado, sino de cuándo y en qué circunstancias lo hace: así como una persona puede estar convencida de la verdad de una proposición y otra puede dudar de ella, alguien más puede aceptarla con distintos grados de confianza en diferentes momentos3. En (10) y (11) se manifiestan distintas actitudes acerca de la misma proposición:

(10) Te digo que allí está;
(11) Me parece que allí está.
En la lingüística y los estudios del discurso, se concibe la actitud de

manera similar a como se hace en la lógica y la filosofía del lenguaje, y en buena medida por influencia de estas disciplinas, aunque más indirecta que

2 Se señala también que la traducción perfecta no existe. Por ejemplo, John Lyons (1979) ha afirmado que se puede traducir todo lo que dice una oración o sólo lo que dice ella, pero no todo y sólo lo que dice: siempre se agrega o se suprime algo. Pero esto no demerita el punto principal aquí señalado, sino que lo subraya: en lo que expresan las dos formas distintas hay algo común. 3 Por su importancia potencial para entender las dinámicas del pensamiento, se ha buscado indagar de diversas maneras la variabilidad de las actitudes acerca de una proposición, e inclusive aprehenderla por medio de formalizaciones simbólicas; ver, por ejemplo, Richard, 1990.

directa. En esos campos, la actitud no es materia de discusión explícita, ni objeto de definición formal, pero las actitudes se examinan implícitamente al considerar el conjunto de recursos que las manifiestan, el cual se denomina “modalidad”.

En la mayoría de los enunciados, la modalidad depende primordialmente del modo sintáctico. En español, por ejemplo, con el modo indicativo tienden a expresarse aseveraciones que implican actitudes de compromiso con la verdad de la proposición; con el modo subjuntivo tienden a expresarse conjeturas o deseos y a describirse condiciones esperadas o hipotéticas, en otras palabras, planteamientos que implican actitudes no acerca de lo que es, sino de lo que puede ser.

Entre los recursos modales se encuentran adverbios, como francamente o quizá, y frases adverbiales, como en verdad o tal vez. Muchas veces la modalidad depende también de manera importante del significado léxico de verbos que se denominan modales, entre los que se encuentran los siguientes: creer, pensar, saber, dudar. Por supuesto, habría que agregar decir al conjunto, así como otros verbos de comunicación. A partir de análisis gramaticales sobre las posiciones en las que pueden aparecer y las conjugaciones que pueden tener, se incluye entre los verbos modales otros como poder, deber, querer, tener.

Las combinaciones entre los modos sintácticos y los significados léxicos de los verbos modales pueden dar lugar a diferencias de modalidad sutiles, que implican, a su vez, distinciones finas entre actitudes. Por ejemplo, tanto con el

modo indicativo como con el subjuntivo se pueden exponer, con los verbos mencionados, valores de probabilidad o grados de convicción, como en (12) y (13):

  1. (12)  Yo sé que Rosa puede venir;
  2. (13)  Que yo sepa, Rosa puede venir.

Con el modo imperativo, se pueden conformar modalidades desiderativas,

además de las propiamente imperativas, como en (14) y (15):

  1. (14)  ¡Ven pronto! Eso es lo que quiero;
  2. (15)  ¡Vengan inmediatamente! Tiene que ser.

Si comúnmente las diversas actitudes que expresan los hablantes son

claras para los usuarios de la lengua, cabe advertir que no hay entre los expertos un acuerdo sobre la taxonomía de las actitudes.4 Los problemas y las polémicas que hay al respecto se indicarán en la siguiente sección. Por ahora basta decir que no todos los autores proponen el mismo número de categorías de clasificación, ni las mismas subdivisiones para cada una de ellas.

HISTORIA, TEORÍA Y CRÍTICA
Como se expuso en el apartado anterior, el primer enfoque académico —el que plantea el esquema de opiniones, actitudes y valores como predisposiciones estratificadas— se sustenta principalmente en la idea de que la actitud, como respuesta o tipo de respuestas, es relativamente constante (véase p.***). Esta noción fue esbozada en la psicología social, la sociología y la demoscopia a

4 De hecho, no hay tampoco una taxonomía definitiva de las modalidades.

finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo XX en diversos textos; sin embargo, los investigadores toman como punto de partida el de Gordon Allport, en el que se enfatiza que las actitudes dirigen el comportamiento (1935). Tal idea se desglosa y complementa en las décadas de los años sesenta y setenta por medio de modelos estadísticos, de los cuales el más influyente en su momento fue el que propusieron Martin Fishbein e Icek Ajzen (1975), para quienes expresar una opinión era una forma de comportarse. De acuerdo con sus planteamientos, qué tan favorable o desfavorable es una actitud ante un objeto es algo que puede medirse en una escala elaborada en función de dos variables también cuantificables: la creencia de que el objeto posee un rasgo determinado y la valoración que se tiene de ese rasgo.

El modelo de Fishbein y Ajzen delinea un espacio de las actitudes con dos dimensiones, una cognoscitiva y otra apreciativa, ambas importantes desde un punto de vista científico: distinguirlas brinda bases para realizar observaciones más claras y reflexiones más rigurosas que las que se tenían antes. Sin embargo, en las últimas décadas han tenido mayor difusión modelos que no reconocen esta distinción, pero que se consideran útiles para tratar temas de gran interés para la sociología política aplicada, por lo que han recibido gran atención.

Es notorio que actualmente el principal modelo en el campo de la investigación sea el de la pirámide invertida, descrito en la sección anterior, cuyo primer exponente, Daniel Yankelovich (1991), buscaba explicar el cambio como un producto de comunicaciones recibidas y de procesos “internos”, propios

del sujeto individual. Él consideraba que los procesos internos estaban impulsados por una necesidad de resolver lo que Leon Festinger (1957) llamara “disonancias cognoscitivas”, es decir, estaban motivados por la necesidad de modificar las ideas para que formaran sistemas armónicos o coherentes. Sin embargo, al postular que en la base de las actitudes están los valores, Yankelovich asimiló la dimensión de las ideas y la cognición al campo de lo apreciativo, lo que consideramos equivocado.

Lo que logró Yankelovich fue sintetizar planteamientos diversos de autores distintos, de tal manera que se pudieran comunicar y recordar con relativa facilidad, por lo que su modelo piramidal resultó de utilidad considerable.5 Es importante, sin embargo, consignar aquí que su propósito era poder enfocar una materia que parecía dispersa, y que, al estipular su esquema, el autor advertía que no debería atribuirse un carácter rígido a las relaciones entre los tres estratos de la pirámide. Él tenía claro que un cambio de valores generalmente conlleva cambios de actitudes; pero sabía que, en ocasiones, algunas actitudes cambian sin que lo hagan otras afines al estado anterior. Entendía también que, inclusive, las modificaciones de las actitudes podrían conducir a una transformación de los valores.

Desafortunadamente, sobre la posición prudente y, en parte, crítica de Yankelovich, se ha impuesto la fuerza icónica de su modelo, en la que se apoya

5 Por ejemplo, cuando se prepara un cuestionario, el modelo obliga a seleccionar o diseñar más de una pregunta de opinión para medir una misma actitud, lo que generalmente proporciona a los resultados una confiabilidad mayor que cuando se utiliza una sola pregunta como indicador de una variable.

el punto de vista que confiere a la duración media el carácter de rasgo definitorio de las actitudes. La precaución aconsejaría dejar la temporalidad de una actitud (posiblemente variable) como un dato empírico por explicar.

La investigación contemporánea se apoya generalmente en variantes del modelo de Yankelovich, que muchas veces se combina con ideas de Allport o de Fishbein y Ajzen. La herencia conjugada de estos autores se explicita muchas veces, no sólo en introducciones de informes de encuestas sobre temas diversos, sino también en los títulos de las publicaciones que se derivan de ellas.6 Ahí se revela la persistencia de las inconsistencias teóricas aludidas arriba; por ejemplo, cuando se incluyen los valores en una jerarquía cognoscitiva o las ideas en una valorativa.

No cabría concluir, sin embargo, que la influencia de dichas herencias sea dominante, en un sentido estricto. Muchas veces proporciona una orientación inicial, o queda como un sustrato implícito que facilita la comunicación entre expertos; pero la manera en que se obtienen los datos de cada estudio no sólo depende de ella sino también, y con cierta frecuencia en mayor medida, de procedimientos de control metodológico,7 como la prueba de preguntas de cuestionario en levantamientos piloto y en sesiones de grupos de enfoque. Estos procedimientos permiten mejorar, por ensayo y error, los instrumentos de

6 Ver, por ejemplo, Vaske y Donnelly, 1999.
7 Al respecto, ver, por ejemplo, las investigaciones de la llamada Encuesta mundial de valores (World Values Survey), nombre de una red de investigadores sociales que, desde 1981, ha realizado cinco rondas u “olas” de encuestas a muestras representativas de sociedades que comprenden el 90% de la población mundial (http://www.worldvaluessurvey.org/). Entre 2010 y 2012 se condujo la sexta ola de la serie. Considérese también la investigación que dio origen al libro Los mexicanos de los noventa (IIS, 1996).

medición imperfectos debido a las limitaciones de la teoría.8 Así como esto ocurre con la obtención de los datos, la interpretación de los mismos está guiada por la experiencia de los investigadores en la producción de los instrumentos.

En el segundo grupo de disciplinas —es decir, el de la lógica, la filosofía del lenguaje, la lingüística y los estudios del discurso—, algunas de las nociones que definen el análisis sobre la actitud tienen orígenes ancestrales y han cobrado forma a lo largo de los siglos mediante análisis heterogéneos —sobre todo gramaticales, retóricos y epistemológicos— acerca del concepto de modo.

La discusión que propiamente da forma al enfoque recibe su primer impulso de Bertrand Russell, en sus indagaciones sobre el significado (1905) y sobre el conocimiento (1984 [1913]). El filósofo británico buscaba construir una teoría que permitiera analizar cualquier afirmación a partir de las conjunciones o negaciones de lo que llamó “proposiciones atómicas”: oraciones simples que fueran constatables en la realidad empírica por medio de la observación. Esta teoría permitiría establecer, por ejemplo, si la afirmación (16) es verdadera o no, una vez que se constate si las proposiciones (17) y (18) son ciertas o falsas:

  1. (16)  Los dos libros de química están sobre la mesa;
  2. (17)  El primer libro de química está sobre la mesa;
  3. (18)  El segundo libro de química está sobre la mesa.

8 Al respecto, ver, por ejemplo, cómo procede el Pew Research Center for the People and the Press (http://www.people-press.org/).

Pero Russell, que era crítico y autocrítico, muchas veces encontraba problemas que ponían en cuestión sus propios planteamientos. Se dio cuenta de que podemos explicar la verdad o la falsedad de una construcción como (19) cual si fuera el producto de la verdad o la falsedad de unidades más simples, como (20) y (21):

  1. (19)  El gato y el perro son jóvenes;
  2. (20)  El gato es joven;
  3. (21)  El perro es joven.

No obstante, también advirtió que no podemos descomponer (22) de la misma manera:

(22) Creo que el gato es joven.

La proposición (22) puede ser cierta aunque (20) sea falsa; entonces, dar cuenta del significado de afirmaciones con verbos como creer en función de proposiciones atómicas verdaderas no resulta tan fácil como explicar el significado de afirmaciones con verbos como ser. En consecuencia, el significado de verbos como creer es de naturaleza diferente al significado de verbos como ser. En la terminología que se ha derivado de estas consideraciones, con los primeros verbos se refieren estados mentales y con los segundos, hechos objetivos.

Lo interesante y lo importante es observar que, de algún modo, el significado de (22) sí depende de los significados de creer y de ser; en otras palabras, sí hay algo que vincula el estado mental y el hecho objetivo. Para tratar de esclarecer ese vínculo, Russell propuso la noción de “actitud

proposicional”: una relación entre el sujeto que habla y lo que dice acerca del mundo. La afirmación, como la negación o la duda, constituye una actitud acerca de lo que dice; un compromiso con la proposición que se expresa. El problema para el atomismo era, entonces, dar cuenta de la combinación de las palabras que significan actitudes y las palabras que significan proposiciones.

Este tipo de esclarecimiento inicial del problema de la relación entre el significado y la verdad ha sido de gran trascendencia para la filosofía. Aunque no hay consenso sobre su solución, discutirlo ha impulsado, tanto a seguidores como a críticos de Russell, a indagar asuntos clave para comprender el uso del lenguaje en la actividad mental y en la interacción social. Un punto importante en las discusiones que han surgido es que se ha validado la concepción de proposición que expusimos en la primera sección (véase p. ***), que consiste en la asociación de un predicado con uno o más argumentos. Ésta fue adoptada, aunque sin claridad suficiente, por Russell a partir de tratamientos seculares y de aportaciones de Gottlob Frege en el campo de la filosofía de las matemáticas (1950 [1893 y1903]), y fue precisada posteriormente por John Searle a partir de señalamientos críticos de Peter Strawson y John Austin.

Strawson hizo ver que las teorías del significado y la verdad que Russell procuraba construir requerían que se distinguiera más claramente entre la oración y lo que se dice con la oración (1950), porque lo que se dice puede variar conforme al contexto en el que se usa la oración, como ya se señaló en la primera sección. Austin (1962), por su parte, mostró que no siempre que se emplea una oración se hace una afirmación acerca de un hecho constatable,

sino que se puede hacer también una pregunta sobre el hecho o una exclamación, las cuales lo suponen pero no lo aseveran. Incluso la oración puede constituir el hecho, como cuando se le da un nombre a una persona. En otras palabras, cuando hablamos normalmente llevamos a cabo distintos tipos de actos, y una teoría del significado como la de Russell, si fuera correcta, sólo explicaría un tipo: el de las afirmaciones. Determinar qué tipo de acto se realiza depende, entre otras condiciones, de la intención que tiene el hablante cuando pronuncia la oración o —deberíamos acotar nosotros— de la intención que es válido atribuirle al hablante.

Searle (1969) reúne las aportaciones de Strawson y Austin y, en consecuencia, distingue entre la oración, el acto y la proposición. Una oración contiene elementos que expresan intenciones y que le dan la fuerza de acto, además de elementos que expresan argumentos y predicados y que le dan carácter de formulación proposicional. Entonces, podemos ver las intenciones de Austin y Searle como una extensión de las actitudes de Russell. Junto con la teoría patrimonial del modo, éste es uno de los sustratos de la concepción lingüística contemporánea de modalidad, que tiene su impulso inicial en los años setenta y ochenta del siglo XX, como se puede ver en la obra del semántico John Lyons (1977; 1981). Vistos así los asuntos en cuestión, habría que mantener claras las distinciones, primero, entre actitud y modalidad y, luego, entre modalidad y modo. La actitud es un estado del hablante, mientras que la modalidad es un conjunto de recursos de la lengua que, conjugados, expresan la

actitud, y el modo solamente uno de esos recursos (el cual reside en la conjugación de los verbos).

Cada vez es más aceptado que la organización del discurso como tal contribuye también a la identificación de las actitudes del autor; es decir, que la expresión de estas no depende sólo de las propiedades gramaticales de las oraciones. Por ejemplo, si a un hecho se le da la condición de consumado, luego aparece el conector por y después sigue una frase que hace referencia a una acción, se entenderá que para el hablante la acción es la causa, y que no duda de ello, aunque la frase no venga acompañada de ningún verbo conjugado, y no haya, por lo tanto, modo alguno. En este caso, hay un carácter afirmativo que se transmite de la descripción del efecto a la expresión de la causa. Más aún, las actitudes pueden ser tácitas, asumirse por el contexto, estar expresadas por la entonación o encontrarse sugeridas por gestos y ademanes. Por ejemplo, la frase (23) podría ser empleada, por ejemplo, después de (24), para solicitar la ubicación de un producto al dependiente de un supermercado y, después de (25), para responder la pregunta de un amigo:

  1. (23)  Y también los cereales;
  2. (24)  Quería preguntarle dónde se encuentran las salsas;
  3. (25)  ¿Están caras las frutas aquí?

Si se mantiene la distinción entre actitud y modalidad, es relativamente

sencillo explicar que los recursos empleados en (23) permiten expresar distintas actitudes o, incluso, que éstas se dan a conocer aún si divergen de lo que estos recursos significan canónicamente. Pero si se equiparan la actitud y la

modalidad, resulta caprichoso decidir a qué modalidad corresponde la frase 23, si a la interrogativa (en cuyo caso se pregunta por la ubicación de los cereales) o a la afirmativa (en cuyo caso es respuesta a la pregunta de 25). El problema es mayor si se confunden la modalidad y el modo, como ocurre en algunas clasificaciones que postulan los modos condicional, negativo, optativo, potencial o interrogativo, además del indicativo, el subjuntivo y el imperativo9.

En cuanto al problema de la taxonomía de las actitudes mencionado en la sección anterior (véase p.***), se debe considerar que si se toma la modalidad sólo como guía para elaborarla, pero éstas se categorizan en sus propios términos, no se buscará una correspondencia biunívoca entre modalidades y actitudes. Entonces, las actitudes se dividirán inicialmente en un número limitado de clases y, posteriormente, esas clases se subdividirían en otras. De esta forma, el primer nivel de clasificación coincidiría con el primero (también) de una clasificación de los actos de habla, aunque esto no quiere decir que las taxonomías de las actitudes y los actos sean paralelas, pues, por un lado, en la categorización de los actos intervendrían otros elementos además de las actitudes imputables y, por el otro, en el discurso se pueden expresar muchos grados de actitudes cuyas diferencias no se traducen en distinciones de actos.

9 Aunque en estudios gramaticales de los últimos lustros, como el de Emilio Ridruejo (1999), se mantiene la distinción aquí sustentada, la confusión que se señala se ha extendido más de lo que pudiera pensarse, y se refleja, por ejemplo, en entradas actuales de la Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Modo_gramatical, consultada el 30 de mayo de 2015).

Desde la perspectiva esbozada en el párrafo anterior, consideramos que hay tres clases básicas de actitudes.10 Las primeras son las actitudes que interesaron originalmente a Russell: se ubican en el espacio del conocimiento y tienden a ser denominadas como “epistémicas”. Una actitud epistémica es aquélla en que el hablante da a entender qué tan seguro está de la verdad o la falsedad de la proposición que formula. Las segundas son actitudes respecto a los derechos y las obligaciones relacionados con el hecho que representa la proposición y se denominan “deónticas”. Una actitud deóntica es aquélla en que un hablante indica que un hecho es permitido, prohibido u obligado. Las terceras se ubican en otro espacio diferente de los anteriores y, aunque tienen diversas denominaciones, nosotros preferiríamos llamarlas simplemente “valorativas”. Las actitudes de este tipo corresponden a las ocasiones en que los hablantes manifiestan si un contenido proposicional es importante o no y si es positivo o negativo. El punto es que uno puede considerar una proposición como verdadera o como falsa independientemente de que vea el hecho como permitido o prohibido y deseable o indeseable; es decir, se puede combinar cualquier actitud epistémica con cualquier actitud deóntica y con cualquier actitud valorativa. En otras palabras, estamos hablando de tres dimensiones lógicamente independientes y, por lo tanto, si las tomamos como base de la taxonomía, ésta será exhaustiva y rigurosa.

LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN Y DEBATE CONTEMPORÁNEO 10 Esta posición se basa en consideraciones expuestas en Castaños, 1997.

Para las disciplinas que, como la psicología social, la sociología política y la demoscopia, ven una actitud como un haz de opiniones o como un rasgo común de un conjunto de opiniones, el problema de la temporalidad continuará impulsando la investigación, y probablemente recibirá aún mayor atención de la que ha tenido. Es de preverse que se buscará entender por qué la duración de una respuesta no siempre corresponde a su posición en la jerarquía de valores, actitudes y opiniones; por qué, por ejemplo, en ocasiones, una actitud permanece, pero el valor que supuestamente la regía cambia. Un caso ilustrativo es el de ciertos países en los que se sigue apreciando el matrimonio religioso aunque la religiosidad disminuya.

Otro problema, en parte ligado al anterior, es el de la dirección del cambio: se desea saber cuándo las modificaciones de las actitudes conducen a cambios de opiniones y viceversa. Se supone que de la identificación con un partido se sigue la preferencia por un candidato, pero en ocasiones el hecho de preferir a un candidato hace que grupos de votantes se identifiquen con su partido, de la misma manera que rechazarlo produce un distanciamiento con el partido. ¿De qué depende que estas divergencias se resuelvan en un sentido o en otro?

Tales problemas empíricos quizás se traduzcan en preocupaciones teóricas, ya que en los ejemplos expuestos lo que se pone en cuestión es la predicción que se desprende de las conceptualizaciones básicas. Si las predicciones son dudosas, se deberían revisar las conceptualizaciones. Cabría pensar, por ejemplo, que una opinión no se deriva de una actitud, sino que en una opinión se conjugan diversas actitudes sobre los distintos asuntos que

están en juego en el enunciado. Luego, habría que pensar en un modelo de redes que sustituyera el de la pirámide.

Para indicar la posible dirección de la investigación futura en las disciplinas que, como la filosofía y la lingüística, adoptan un enfoque como el segundo (tratado en las primeras secciones de este artículo), es decir, que distinguen entre el contenido proposicional de un enunciado y la relación de su autor con ese contenido, sería útil identificar dos problemas que tienen cierta afinidad con los anteriores. Uno de ellos es el de las actitudes implícitas. Dado que no están codificadas en la lengua, sino que se recuperan a partir de las estructuras discursivas que se forman con los elementos lingüísticos y en función de las condiciones en que se produce el discurso, esas actitudes no sólo se dirigen hacia el contenido proposicional, sino también hacia el contexto discursivo y hacia la situación de enunciación. No tiene la misma fuerza afirmar públicamente que alguien ha cometido una falta que hacerlo en privado, ni postular una causalidad en un artículo científico que plantearla en una conversación informal, porque la afirmación no tiene las mismas consecuencias en unos casos que en los otros. Cuando atribuimos una actitud proposicional que no está marcada explícitamente, estamos suponiendo que el o la hablante asume lo que esa actitud implica para él o ella, es decir, estamos haciendo una inferencia retrospectiva que va de los efectos a la actitud. Sería importante, entonces, indagar cómo se relacionan las actitudes proposicionales con las actitudes discursivas y las situacionales.

El otro problema es el de la imposibilidad de la paráfrasis total. Como la distinción misma entre proposición y actitud de donde parte, la discusión sobre la tipología de las actitudes se apoya en equivalencias de frases u oraciones. Los filósofos y los lingüistas abstraen la noción de proposición cuando encuentran que en dos enunciados distintos se hace referencia a la misma entidad y se dice lo mismo de ella; asimismo, ellos aíslan la noción de actitud cuando ven que con dos frases diferentes un autor se compromete de una misma manera con cierta proposición. No obstante, nunca dos estructuras sintácticas dicen estrictamente lo mismo; en el caso de la traducción, por ejemplo, siempre se minimiza o se subraya algún punto y se añade o se suprime algún matiz11.

Cuando tratamos dos frases como equivalentes, lo que hacemos es destacar lo que tienen en común y dejar fuera de consideración lo que las distingue. Así que, advertir que se manifiesta una actitud implica reconocer un horizonte y una jerarquía de actitudes posibles. Ello indica que, para profundizar en el conocimiento del campo, un tema importante sería el de la interacción entre las consideraciones que pertenecen a las tres dimensiones identificadas en la sección anterior: epistémica, deóntica y valorativa. Parece sugerirse, por ejemplo, que el rango de opciones valorativas que importan no necesariamente es el mismo cuando hay una expectativa de que ocurra un hecho que cuando se piensa que es imposible que suceda. Asimismo, dar a un

11 Ver nota 2 (p***).

acto el carácter de obligación, en lugar de verlo como derecho, podría modificar el grado de pertinencia que tiene juzgar si el acto existe o no.

Al ver todos estos problemas en conjunto, cabría imaginar que un diálogo entre los investigadores de cada uno de los enfoques sería muy productivo. Entender cómo se conjugan las predisposiciones acerca de los diferentes elementos que se tratan en un enunciado y comprender cómo se conjugan las posturas epistémicas, deónticas y valorativas acerca de la proposición formulada en él son tareas que pueden iluminarse mutuamente. Lo mismo puede decirse del cambio de valores y de la rejerarquización de opciones. Sin embargo, las rutas de investigación asociadas a los dos enfoques han estado separadas tanto tiempo, que no podríamos calificar el diálogo que se propone como probable, sino sólo como deseable.

BIBLIOGRAFÍA

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Acuerdo

ACUERDO

FERNANDO CASTAÑOS ZUNO ÁLVARO CASO

DEFINICIÓN
En el lenguaje ordinario, la palabra “acuerdo” tiene diversas acepciones, que pueden agruparse en torno a dos significados básicos. En primer lugar, denota una relación de afinidad o conformidad entre planteamientos. Es común emplearla en este sentido para sustentar una predicción; se dice, por ejemplo: “De acuerdo con esta información, los precios van a bajar”. Se utiliza, también, en una especie de inferencia retrospectiva, para subrayar una evidencia contraria a un supuesto de forma que sea posible cuestionarlo: “De acuerdo con

su idea, la mayoría debería haber asistido; pero vinieron pocos”.
En el ámbito de esa denotación, muchas veces se usa “acuerdo” para expresar la compatibilidad entre la forma en que una persona percibe un hecho o un objeto y un planteamiento acerca de este hecho u objeto, así como para referir la actitud epistémica de esa persona frente a dicha proposición. Se advierte, por ejemplo: “tu testimonio está de acuerdo con lo que ella ha dicho”, o, “ella está de acuerdo con eso”, para indicar que ella considera que eso es

verdadero.
Como sustitutos de la palabra en su primer significado o, mejor dicho, de

la frase “de acuerdo con”, se utilizan, entre otros, los siguientes: “según”, “en concordancia con” y “de conformidad con”. Como antónimos, se tienen: “en

desacuerdo con”, “en discrepancia con” y “en contra de”. Por supuesto, en ciertos contextos se puede parafrasear tanto la relación positiva como la negativa, por medio de conectores que indican consonancia y disonancia. Para el primer caso, tenemos, por ejemplo, adverbios de secuencia, sobre todo los que funcionan como conjunciones ilativas, como “luego”; para el segundo, locuciones adversativas, como “sin embargo”.

En segundo lugar, “acuerdo” tiene como significado básico el de resolución conjunta. Entre las acepciones que lo conforman se encuentra la de compromiso pactado. Se dice, por ejemplo, “se pusieron de acuerdo”, para indicar que se llegó a una decisión aceptada por las partes involucradas y que, en consecuencia, cada una ha adquirido obligaciones determinadas. En tales casos suele suponerse que el resultado es producto de alguna negociación y pone fin a una disputa.

Una acepción del segundo grupo de significados que tiene ecos del primero es la de consenso logrado. Cuando se usa la palabra en este sentido, aparece en frases como “alcanzaron un acuerdo”. Entonces, tiende a implicarse que, además de la negociación, hubo alguna deliberación. Es decir, la palabra da pie para pensar que se tomaron en cuenta las razones de las partes y no sólo sus intereses.

Es de señalarse que el uso de la palabra “acuerdo” en sus acepciones cotidianas generalmente tiene implicaciones de honestidad, aunque éstas pueden variar, dependiendo de la acepción y del contexto de uso. Por ejemplo, si se dice que un número de personas están de acuerdo con una observación

acerca de un hecho, se entiende que la palabra adquiere entonces su sentido epistémico, y que todas las personas referidas suscriben genuinamente la observación. Si alguna de ellas es insincera, entonces lo que describe la palabra es falso.

Por otro lado, si por medio de la palabra se informa que dos partes han tomado una resolución conjunta, se implica entonces que ambas se obligan a cumplir con lo establecido en dicha resolución. Por supuesto, se sugiere aquí que ambas tienen una buena opinión acerca de la medida concertada entre las dos, pero no hay un compromiso estricto al respecto: pueden desviarse de su mejor opinión, precisamente para alcanzar una resolución. Además, no porque alguna de las partes haya sido insincera, con respecto a la opinión, o aún con respecto a la voluntad de asumir la obligación, la obligación deja de existir; lo que la palabra informa es cierto.

La palabra “acuerdo” también tiene algunos significados especializados, relacionados en distintos grados con los cotidianos o con las implicaciones de éstos. En ciertos ámbitos —prototípica pero no exclusivamente en el parlamentario y el diplomático—, designa el contenido de una resolución o la materia de un consenso. También puede denominarse así al documento en que se asientan los puntos de vista comunes a actores diversos o las responsabilidades asumidas por ellos en un proceso. Cuando esto ocurre, es común que la palabra, en singular o en plural, vaya acompañada del nombre del lugar en el que se firma el documento, y la frase resultante se convierta en el título del mismo, como en el caso de “los Acuerdos de Yalta”.

“Acuerdo” se usa también para nombrar la disposición de una autoridad colegiada o de un funcionario de alto rango en el Estado, en una asociación privada o en una organización civil. Aquí, lo importante es que la decisión es vinculante para otros: estipula un curso de acción o define un conjunto de derechos y cometidos. En otras palabras, tiene el carácter de mandato o de precepto.

Quizá por derivación de esos significados especializados, aunque ya con cierta distancia de los usos ordinarios, en el medio gubernamental se llama “acuerdo” a la reunión periódica entre un funcionario y su superior. Se espera que en cada ocasión éste apruebe o dicte objetivos y líneas de trabajo, de modo que el primero se sujete a ellos. En este sentido, se dice “mañana tengo acuerdo” y “voy a mi acuerdo”.

Entre los expertos en estudios de opinión surgió, hace no más de veinte años, otra acepción que ha sido retomada en ocasiones por conductores de radio y televisión; ésta es la de “calificación del desempeño presidencial”. Cuando se le da ese sentido, por “el acuerdo”, se entiende la respuesta promedio —en una escala cualitativa o numérica— a preguntas como la siguiente: “¿Qué tan de acuerdo o en desacuerdo está usted con la forma en que gobierna el presidente?”

HISTORIA, TEORÍA Y CRÍTICA
Aunque la palabra “acuerdo” no es en el mundo académico un vocablo técnico, tiene algunas de las propiedades de los términos científicos. No es objeto de

definiciones formales y no ha sido materia de controversias importantes; sin embargo, tiene poca variabilidad y se le trata con cuidado considerable.

En la filosofía y en la lingüística, se tiende a emplear la palabra en un sentido epistémico vinculado con la relación de afinidad o conformidad entre planteamientos de la que hablábamos al principio, aunque más preciso. Generalmente, cuando se dice que dos ideas están de acuerdo, se implica que una se puede inferir de la otra siguiendo las reglas de la lógica, o bien que las dos son compatibles y que ambas serían una consecuencia natural de supuestos válidos.1 También se puede entender que una de las ideas es análoga de la otra y, entonces, se pueden poner en correspondencia los elementos de una y otra. Por lo tanto, usar la palabra en este sentido supone que se han examinado y juzgado las ideas con cierto detenimiento, como en el siguiente ejemplo: “Esencialmente de acuerdo con el comité de vecinos, el ingeniero piensa que sí se puede reparar el puente”.

En la sociología política y la historia política, “acuerdo” tiene una acepción muy similar a la diplomática especializada: hace referencia al pronunciamiento de dos o más actores.2 Aquí se subraya que quienes lo suscriben quedan sujetos a la sanción mutua y, sobre todo, son agentes de responsabilidad pública. Visto así un acuerdo, son materia de juicio, primero, el proceso que conduce a la resolución y, luego, el contenido de la misma; pero lo es también,

1 Quizá el uso precursor de la palabra en estos sentidos sea el de John Locke cuando la emplea para definir el conocimiento (ver el capítulo I del libro IV de su Ensayo sobre el entendimiento humano, 1609 [2009]).
2 Ver, por ejemplo, cómo emplea Marwick (1964) la palabra.

posteriormente, el comportamiento de las partes en relación con el objeto del acuerdo.

Por una parte, el actor político que procura y logra un acuerdo legítimo es encomiable; el que no lo consigue es decepcionante; el que busca uno ilegítimo es despreciable. Por otra parte, cuando el acuerdo es legítimo, quien lo honra merece la confianza de sus pares, y quien lo incumple ve disminuidas sus posibilidades de entablar uno posterior. Ahora bien, la opinión de la ciudadanía es tanto o más importante que la inclinación de los actores políticos para emprender iniciativas conjuntas. En el paradigma ideal, el actor que cumpla con lo estipulado recibirá el apoyo de los votantes; el que no, su rechazo.

Como podría suponerse, ese sentido de la palabra “acuerdo” es muy cercano a algunas nociones clave en el pensamiento sociológico, como las de pacto y contrato. Al igual que éstas, el término que nos concierne se utiliza cuando se piensa que la coordinación y la cohesión de los grupos dependen, en buena medida, de las normas que adoptan, aunque, a diferencia de ellas, sugiere que la óptica desde la cual se ven las cosas es también importante. Como “pacto”, el “acuerdo” pone en el telón de fondo los intereses de los actores; pero, como “contrato”, da prominencia a la posible sanción por incumplimiento. En comparación con ambos, el pacto y el contrato —que pueden ser tácitos o evidentes, haber sido creados por los signatarios o ser de antemano constitutivos del orden social— el acuerdo casi siempre se manifiesta con claridad y se toma en un momento dado. Por tales razones, hay contextos en los

que las tres palabras son intercambiables y otros en que sus peculiaridades cuentan.3

Aún considerando esas sutilezas, comprender qué es un acuerdo no ha sido un problema académico, propiamente, y no hay un campo de investigación teórica dedicado al acuerdo. Las áreas de estudios empíricos y aplicados en las que éste es un tema importante tienden, por lo tanto, a ser de carácter interdisciplinario y se concentran, bien en las condiciones que producen y mantienen acuerdos, bien en los efectos de ellos. De dichas áreas, la principal es, quizá, la de la resolución de conflictos, que en las últimas décadas se ha abocado sobre todo a caracterizar el papel de los mediadores en la obtención de acuerdos y a identificar las mejores estrategias para lograrlos.4 Otra que ha recibido atención considerable es la de las relaciones corporativas, donde se ha visto que los acuerdos modifican las posibilidades de representación de intereses y pueden reducir las inequidades en los procesos de decisión.5

LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN Y DEBATE CONTEMPORÁNEO
Es de esperarse que la investigación aplicada cobre aún mayor impulso en los próximos lustros y que se especialice en función de los ámbitos y las materias de los acuerdos. Ya se observan tendencias más o menos claras en varios terrenos, como el de la terminación de confrontaciones armadas y el de la separación matrimonial.

3 Ambas condiciones pueden apreciarse en Biddle et al., 2000.
4 Ver, por ejemplo, Kressel y Pruit, 1985, o Wallensteen y Sollenberg, 1997. 5 Ver, por ejemplo, Schmitter, 1992.

Algunos de esos estudios están conduciendo a la elaboración de modelos sobre el cambio en las posiciones de los actores involucrados en un conflicto, los cuales tienen pretensiones de rigor analítico y de sustento empírico. Son de interés especial los que buscan captar las relaciones entre los marcos de compresión y las formas de entablar acuerdos.6

Es probable que en el campo de los estudios parlamentarios se desarrolle uno de tales terrenos especializados. Aunque no puede preverse si será en diálogo con los otros campos ya mencionados o independientemente de ellos, sí puede anticiparse que responderá a la motivación de mejorar la toma de decisiones en contextos de gobiernos divididos.7 Probablemente será promovido en parte también por la investigación sobre la deliberación, que a su vez recibe impulso académico de los estudios sobre el discurso y sobre la democracia.

La deliberación propicia la identificación de premisas comunes y, por consiguiente, confiere legitimidad a los consensos, aún entre quienes representan identidades e intereses confrontados. Además, en una democracia, las decisiones basadas en la deliberación conllevan, por ese solo hecho, la obligación de cumplirlas. En otras palabras, el acuerdo está implícito en ellas y, si se hace explícito, adquiere la mayor fuerza posible.

6 Ver Thompson, Neale y Marwan, 2004.
7 Varios libros publicados recientemente en nuestro país reflejan esta preocupación. Ver, por ejemplo, Hernández, del Tronco y Merino, 2009.

BIBLIOGRAFÍA

BIDDLE, Jesse, Vedat MILOR, Juan Manuel ORTEGA RIQUELME, Andrew STONE (2000), Consultative Mechanisms in Mexico, Washington: The World Bank (PSD Occasional Paper, 39).

HERNÁNDEZ ESTRADA, Mara, José DEL TRONCO, José MERINO (2009), “Mejores prácticas en negociación y deliberación. Reflexión final y lecciones aprendidas”, en Un congreso sin mayorías, México: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y Centro de Colaboración Cívica, pp. 357-386.

KRESSEL, Kenneth y Dean G. PRUITT (1985), “Themes in the Mediation of Social Conflict”, Journal of Social Issues, vol. 41, núm. 2, pp. 179-198. LOCKE, John (2009 [1609]), An Essay Concerning Human Understanding,

recopilado en Works of John Locke, edición Kindle de Amazon Books. MARWICK, Arthur (1964), “Middle Opinion in the Thirties: Planning, Progress and Political ‘Agreement’”, The English Historical Review, vol. 79, núm.

311, pp. 285-298.
SCHMITTER, Philippe C. (1992), “Corporatismo (corporativismo)”, en Matilde

Luna y Ricardo Pozas (eds.), Relaciones corporativas en un período de transición, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Sociales, pp. 1-21.

THOMPSON, Leigh, Margaret NEALE y Marwan SINACEUR (2004), “The Evolution of Cognition and Biases in Negotiation Research: an Examination of Cognition, Social Perception, Motivation, and Emotion”, en Michele J. Gelfand y Jeanne M. Brett (eds.), The Handbook of Negotiation and Culture, Stanford, California: Stanford University Press, pp. 7-44.

WALLENSTEEN, Peter y SOLLENBERG, Margareta (1997), “Armed Conflicts, Conflict Termination and Peace Agreements, 1989-96”, Journal of Peace Research, vol. 34, núm. 3, pp. 339-358.

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Los invitamos a la presentación de la revista Discurso, Teoría y Análisis, junto con las demás revistas que edita el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. El evento tendrá lugar el día 2 de marzo de 2012 en el Auditorio 5 del Palacio de Minería, ubicado en la calle de Tacuba, número 5, Colonia Centro Histórico, en punto de las 18:00 horas.

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Los oficios de Dylan y Manzanero

De palabras      Fernando Castaños

 

9 de noviembre de 2011

 

“El lenguaje significa; ésa es su condición.” (Emile Benveniste)

 

En cierta ocasión, un periodista le dijo a Bob Dylan que se le veía como un poeta y le pidió una opinión al respecto. El autor y ejecutante de canciones rock folk contestó: “Yo no me nombro así, porque no me gusta la palabra. Soy un trapecista.”

Algunos años después, otro periodista le hizo a Armando Manzanero una observación y una solicitud similares. El cantautor de boleros balada sonrío y dijo: “Soy un trovador.”

En sus respuestas, ambos músicos dieron prueba de poseer capacidades como las de un poeta. Mostraron, al emplear enunciados que oponían dos palabras, de qué estaban hechas ellas. No es que las hayan explicado, que es lo que haría un lexicógrafo: hablar acerca de las palabras. Al colocarlas junto a otras, nos enseñaron cómo funcionan y dirigieron nuestra atención hacia sus rasgos de sentido.

Ésa es, precisamente, la función del lenguaje que Roman Jakobson llamó “poética”, la que dirige la mirada hacia la factura de la frase y, así, revela la naturaleza de sus constituyentes. No se trata —es pertinente anotarlo aquí— de una función exclusiva de la poesía. La encontraremos en las arengas políticas o en los anuncios publicitarios, porque atrae y distribuye la atención, operaciones muy valiosas cuando uno busca que otros hagan suyos los mensajes que emite. La hallaremos también en el lenguaje cotidiano, en virtud de que puede ser fuente de juegos divertidos.

De hecho, la función poética aparece en momentos felices en todos los géneros y en todos los registros discursivos, pues advertir cómo trabajan las palabras es algo que fascina a los seres humanos. Pero en la poesía esta función siempre es tanto o más importante que otras que puede cumplir el lenguaje, como la de referir hechos o la de expresar emociones, y las y los poetas son individuos que dedican sus mejores horas a dominarla. Generalmente, es en los textos poéticos donde la función poética se desempeña con excelencia. Esto es lo que quería subrayar Jakobson al nombrarla como lo hizo.

Entonces, con su actuación, ambos, Dylan y Manzanero, dieron la razón a sus entrevistadores: son verdaderos poetas. En la manera de negarlo, lo confirmaron. Cuando nos damos cuenta de ello, los lectores de las entrevistas no pensamos que sus respuestas sean ilógicas, y mucho menos vanas. Sabemos que, además de mostrar en la práctica y con ironía qué hace un poeta, ellos sí buscaban rechazar una parte del significado de la palabra que pusieron en cuestión.

El vocablo “poeta” denota a quienes encuentran combinaciones de palabras que exhiben las claves del lenguaje, los recursos de que se ha ido dotando la humanidad para construir pensamiento y crear sociedad. Pero esa locución también connota cómo se comportan esas personas y cómo son tratadas por los demás. Son estas connotaciones lo que preocupa a los dos autores de canciones. Cada uno, a su manera, nos dice que no se concibe como se piensa generalmente que son los poetas y que no quiere ser interpelado como se convoca usualmente a los poetas.

Con mucha imaginación y mayor audacia, Bob Dylan nos hace ver que ciertos poetas se mueven entre las palabras como los artistas del trapecio se mueven en el aire, dando giros inesperados y asumiendo riesgos. Son nómadas y no persiguen honores de instituciones que se erijan por encima de sus espectadores. La libertad que reclaman les permite llamar a cuentas a las palabras que exponen. Ésa es la ocupación que ha escogido.

Con gran pudor y mesura superior, Armando Manzanero nos recuerda que la aspiración de algunos poetas ha sido la de producir versos que recojan el habla popular y sean gratos al oído. No pretenden que, además, sus líneas resistan el examen de quienes estudian la poesía en el ámbito académico. No cuestionan ningún orden; esperan, sí, cantar el amor y que ello les lleve a recorrer mundo. Ésa es la profesión que ha elegido.

Porque Dylan las contrasta, vemos qué tienen en común las palabras “poeta” y “trapecista”. Porque Manzanero las compara, advertimos cómo difieren “poeta” y “trovador”. El contraste supone el cotejo y la comparación implica la contraposición. Dos atribuciones son claves en esto: consideramos que la autocaracterización de Dylan, como trapecista, es falsa y conferimos a la de Manzanero, como trovador, el valor de verdadera. Ellos así lo esperan y, de algún modo, anticipan que nosotros sabremos que lo esperan. Se establece lo que algunos han llamado “una reciprocidad de perspectivas”.

Allí reside la diferencia entre los usos metafóricos y literales de las palabras, de acuerdo con Donald Davidson. Lo metafórico forma parte de una afirmación deliberada y notoriamente falsa; lo literal, de una simplemente verdadera. De ello, inferimos que la metáfora requiere una cooperación mayor entre el remitente y el destinatario, una complicidad casi; y además que concentra mucha más atención. Esto es lo que explica su fuerza.

La afirmación del rockero cuyas letras inspirarorn a una generación rebelde es metafórica. La del baladista en cuyas líneas se han reconocido cofradías de románticos con edades varias es literal. Ambos actúan con las palabras de formas cuya explicación requiere ideas como las de Jakobson y Davidson. Esas ideas, que han producido un giro lingüístico en las humanidades y las ciencias sociales, son la materia de esta columna. Mis propósitos son exponerlas y ofrecer análisis de fragmentos de diferentes tipos de discursos, principalmente literarios, políticos y mediáticos.

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Las astucias de Mitterrand

De palabras      Fernando Castaños

8 de noviembre de 2011

“Significar implica poder elegir.” (John Lyons)

Cuando inició la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de Francia, en 1981, el socialista François Mitterrand respondió así a una pregunta de un periodista: «Siempre estuve con el general de Gaulle; nunca fui gaullista.»  De esa manera, abrió uno de los principales frentes de la contienda, en el que disputó el significado de la palabra «gaullista» al partido de derecha que la ostentaba en su nombre, y que había postulado a uno de los principales candidatos, Jacques Chirac.

Esa primera batalla fue breve y exitosa para Mitterand. Con un solo enunciado, logró distinguir con toda claridad las siguientes dos premisas:

(1) Todos los gaullistas están con de Gaulle.

(2) Todos los que están con de Gaulle son gaullistas.

Al mismo tiempo, Mitterrand demostró que (2) era falsa. No sólo hizo esas dos cosas, sino que además planteó, entre líneas, que estar con de Gaulle y ser gaullista no eran cuestiones muy importantes para decidir por quién votar ese año.

Mitterrand sabía que el adjetivo «gaullista» podía funcionar y era utilizado muchas veces como un sustantivo. En el ámbito de la opinión pública era al menos tan común decir «es un gaullista» como decir «es gaullista». Esto le daba al rasgo o, mejor dicho, al conjunto de atributos asociados con el adjetivo el carácter de claves de clasificación y, por ende, de predicción. Ser gaullista era pertenecer a una clase de votantes posibles, que tenía ciertas actitudes y se comportaba de cierta manera.

Como el uso de cualquier sustantivo, la utilización de «gaullista» conllevaba la activación —la movilización, dirían hoy algunos analistas franceses del discurso— de los atributos clasificatorios, así como de los comportamientos asociados con la palabra. Éste fue el terreno en el que decidió actuar Mitterrand: el de lo implícito. Empleó en yuxtaposición los adverbios temporales «siempre» y «nunca» porque implican, uno, el cuantificador «todos» y, el otro, la negación de ese cuantificador.

Lo que buscaba Mitterrand era impedir que las frases «estar con de Gaulle» y «ser gaullista» pudieran ser tratadas como paráfrasis una de la otra. Lo logró al oponer la evidencia testimonial, en tiempo pasado y en primera persona, a la generalización (2), en tercera persona genérica y en presente atemporal.

Como intervención discursiva, la respuesta del candidato Mitterrand, en su forma de constatación sintética, era análoga al resumen de observaciones de madame Curie sobre la radiación, que hizo cambiar el significado de la palabra «átomo» (pues ya no podía ser «partícula indivisible»); pero él no esperaba que el efecto fuera igual de categórico. Su interés principal no era que los gaullistas duros dejaran de pensar acerca de sí como lo hacían.

Lo que quería el contendiente socialista era que, para los gaullistas medio desencantados y, sobre todo, para los votantes indecisos, el fervor patrio no los identificara con los gaullistas duros y los motivara a votar como ellos. Eventualmente lo consiguió, gracias al avance sorpresivo de sus puntos de vista en la primera batalla. En la primera vuelta de votaciones, Chirac quedó relegado al tercer lugar.

Francois Mitterrand mantuvo otras dos disputas discursivas que también ganó. En una logró contrarrestar las percepciones negativas acerca de la izquierda que había entre la mayor parte de los indecisos, y que muchos socialistas alimentaban. Ellos  pensaban que las divisiones dentro del partido socialista minarían su capacidad de trabajo proselitista. Además, tenían dudas sobre la capacidad real de gobierno de un futuro equipo socialista, que los estrategas del principal candidato a vencer, el presidente de centro Valéry Giscard d’Estaing, buscaban reforzar.

Mitterrand narró y narró procesos en los que distintos grupos habían unido esfuerzos para combatir antagonistas comunes, y habían evitado que sus diferencias ideológicas los dominaran, en las décadas posteriores a la guerra, como durante la resistencia a los nazis. También explicó hechos de ambos periodos en los que él había tenido un papel de agente clave. Finalmente, encabezó una corriente de izquierda amplia y confiada en su potencial.

En el otro frente, François Mitterrand identificó su agenda temática con la de los franceses. Actuó de dos maneras para alcanzar la convergencia. Fue detectando las preocupaciones difusas de la población y encontrando formas definidas de nombrarlas. Al mismo tiempo, hizo que se hablara más de los temas que él jerarquizaba y menos de los que promovía Giscard. En la segunda vuelta, Mitterrand fue visto, no sólo como el abanderado de la izquierda, sino como el mejor representante de la mayoría.

La campaña de Mitterrand puede ser utilizada como modelo de libro de texto en materia de estrategia electoral. Deconstruyó y reconstruyó la identidad de sus adversarios; construyó la suya propia; asoció la agenda política nacional con su postura. Lo hizo ofreciendo testimonios, narrando, explicando, nombrando. Sus palabras quedan, entonces, también como un corpus valioso para los estudiosos del discurso.

François Mitterrand actuó con las palabras de formas cuya explicación requiere, entre otras, la idea de que quien habla manifiesta una actitud con respecto a las denotaciones clasificatorias y las connotaciones valorativas de las palabras que emplea; es decir, que suscribe o cuestiona las denotaciones y las connotaciones. Esto es así, puede ser así, porque, como dice Henry Widdowson, el discurso es comportamiento enmarcado en, pero no gobernado por, las reglas de la lengua. De hecho son las tomas de postura, el trabajo discursivo, lo que va moldeando la lengua. Ideas como éstas, que han producido un giro lingüístico en las humanidades y las ciencias sociales, son la materia de esta columna. Mis propósitos son exponerlas y ofrecer análisis de fragmentos de diferentes tipos de discursos, principalmente literarios, políticos y mediáticos

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Castaños, Fernando. 2009. “Tú, llama Hamlet a sí: una reflexión sobre las transposiciones pronominales” en El “tercero” Fondo  y   figura de las personas del discurso, Coord. Rosa Graciela Montes y Patrick Charaudeau. México, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 45-55.

 (PDF) (DOC)

 

LLAMA HAMLET A SÍ: UNA REFLEXIÓN
SOBRE LAS TRANSPOSICIONES PRONOMINALES

FERNANDO CASTAÑOS[1]
Instituto de Investigaciones Sociales (IIS)
Universidad Nacional Autónoma de México

Un disfrutar en corro de presencias,
de todos los pronombres —antes turbios
por la gruesa efusión de su egoísmo—

de mi y de Él y de nosotros tres ¡siempre tres!

José Gorostiza, Muerte sin fin

 

Muchos lectores de Hamlet, el drama de Shakespeare, leerán con detenimiento la siguiente línea, que pronuncia la reina Gertrudis, madre del príncipe, cuando éste se bate en duelo con Laertes en el quinto acto:[2]

 

“QUEEN: The queen carouses to thy fortune, Hamlet.”[3]                                         286 [Hamlet, V.II]
  Probablemente a la mayoría de ellos lo que más los llame la atención es que, al brindar por la fortuna de su hijo, Gertrudis apura su propio destino; bebe la copa envenenada que el rey Claudio había preparado para Hamlet por si Laertes faltara en herirlo con la punta también empozoñada de su espada. Pero algo que tal vez contribuya a la singularidad de la línea es la fusión de la primera y la tercera personas. El empleo del vocativo “Hamlet” y el del pronombre posesivo “tu”, thy, suponen una referencia a Gertrudis en primera persona, a yo o a mí. Pero el nominativo “la reina”, the queen, y la terminación del verbo, es, hacen la referencia en tercera persona.

 La fusión tiene un efecto: acerca a la reina hacia Hamlet. Determina una separación menor a las distancias propias del protocolo monárquico, que marcarían enunciados formulados consistentemente en primera persona o consistentemente en tercera persona. Es claro que éste es un efecto buscado por Shakespeare, ya que él puso en voz de Gertrudis la forma T[4] de la segunda persona, thy, cuando pudo haber elegido la forma V, you, además de que hace eco de la aproximación física de la madre al hijo, y es subrayado por la entrega de su pañuelo a él. Una prueba adicional de la intencionalidad del autor es que, cuando el rey le hace notar a la reina que su forma de actuar es impropia, ella le responde que él habrá de perdonarla. En otras palabras, por medio de la fusión, ella se desprende de sus obligaciones mayestáticas —que habría asumido si hubiese empleado el ‘yo”, 1, o si hubiese evitado el “tu”, thy.

 ¿Cómo podemos dar cuenta de ese resultado? Para buscar la respuesta a esta pregunta, comentaré otros enunciados de la misma obra donde también se observan modificaciones que adquieren en el habla los valores de las personas gramaticales.
UNO
Hay un yo que está, que se ubica en el espacio y en el tiempo, prototípicamente aquí y ahora. Es el yo que se revela como “él”, he, cuando Bernardo responde a Francisco en la primera escena del primer acto, que él mismo iniciara con la pregunta: “Quién está allí?”

 BARNARDO Who’s there?

FRANCISCO Nay, answer me. Stand and unfold yourself.

BARNARDO Long live the king

FRANCISCO Bernardo?

BARNARDO  He.

FRANCISCO You come most carefully upon your hour.[5]

[Hamlet, I.I.]

Hay otro yo que se comporta, que actúa en un marco de derechos y obligaciones. Es el que se manifiesta doblemente en la elección del verbo principal, obey, y en la del auxiliar, shall, cuando la reina Gertrudis en el tercer acto, responde al rey Claudio que obedecerá su orden de “dejarnos” de salir del salón de audiencias.

KING       Sweet Gertrude  leave us too,

                 For we have closely, sent for Hamlet, hither

                 That he, as ‘twere by accident, may here

                 Affront Ophelia ;

    QUEEN     I shall obey you—[6]

[Hamlet, III.I.]

 

Y hay un tercer yo que es, que sabe que es y que sabe que sabe. Es el yo que se habla a sí sin invocarse cuando, en la misma escena después de que el rey y su primer ministro se han escondido detrás de las cortinas, Hamlet entra y dice que la pregunta del ser es qué es más noble para la mente, sufrir o terminar el sufrimiento.

HAMLET     To be, or not to be, that is the question:

                    Weather ‘tis nobler in the mind to suffer

                   The slings and arrows of outrageous fortune,

 

                  Or to take arms against a sea of troubles,

                   And by opposing end them .[7]

                                                                     [Hamlet, III.I.]

 

    BARNARDO        ¡Viva el rey!

    FRANCISCO        ¿Barnardo?

    BARNARDO        El mismo

    FRANCISCO        Llegáis de la manera más cuidadosa justo a vuestra hora.

    REY                      Dulce Gertrudis dejadnos también,

                                  Pues acabamos de enviar por Hamlet,

                                  Para que, como si fuera por accidente,

                                  Pueda enfrentar a Ofelia aquí.

  Pero los tres yo, el del estar, el del actuar y el del ser son inseparables. A diferencia de la luna en el agua, que sin ser está, si yo soy, estoy y si estoy, soy. Concomitantemente, y a diferencia de la luna en el firmamento, que sólo está, cuando estoy, actúo, y cuando actúo, estoy; el mero no hacer nada es una forma de comportarme, de obrar dentro o fuera, pero de cualquier manera en relación con mi marco de derechos y obligaciones. Así, el yo del ser reflexivo de Hamlet se ordena a sí, el yo del actuar, identificado como “tú”, you, atemperarse en su momento, el del yo del estar: ahora, now:

                                                                                                                                                                       “HAMLET:    Soft you now,”[8]

DOS

No obstante, aun siendo inseparables, los tres yo son distinguibles en la enunciación, y en el enunciado pueden recibir atención diferenciada. Como el pintor chino que pone, ya, frente a nuestros ojos la rama del árbol, deja entrever la pagoda en medio de la bruma y prefigura los peñascos o destaca, luego, la montaña, con las hojas como encuadre y hace del templo, apenas atisbado, un metro que nos da la escala de la representación, de la misma manera, el dramaturgo ora lleva el yo del ser al proscenio, deja el del comportamiento normado en el foso de la orquesta y coloca el del estar en el fondo de la escena, y después promueve a éste, desplaza al esencial y hace descender al agente sujeto.

¿Quién es Bernardo? En la línea 5, es primordialmente él, el yo que está allí, alguien que ocupa un lugar. Pero también es quien antes, en la línea 3, fue sobre todo yo, aquel que habla como Bernardo y dice lo que Bernardo diría, el que con su proclama dio el santo y seña de su ser de tal manera, suscitó que Francisco pronunciara su nombre. Y no ha dejado de ser tú, quien a responder fuera conminado por Francisco, en la línea 2; sólo que este yo de Bernardo, el tú, está ahora en un tercer plano.

Dar prominencia a uno de los yo y restarla a los otros es, entonces, una prerrogativa del autor. Si Shakespeare hubiera puesto en voz de Claudio las palabras “te pido que te retires”, en lugar de “déjanos”, hubiera sobresalido el yo del comportamiento del rey, y no su yo del estar, como en el texto real. En cambio, con “yo pienso que deberías retirarte” o “yo preferiría que te retiraras”, sería su yo del ser el que quedaría en el foco de la atención.

TRES

Ahora, este yo que son tres, esta primera persona del habla, es, está y actúa en referencia y por referencia a las otras dos personas. Las tres forman un sistema, en el sentido saussureano aunque más complejo que los sistemas de De Saussure, y aunque para él sólo era sistémica la lengua. Si sólo hubiera dos personas en el habla, como supone la mayoría de los modelos de la comunicación del siglo XX, la noción de yo sería el producto de una sola oposición, entre la primera y la segunda personas; seria, entonces, unidimensional. Sería sólo el yo del estar, o sólo el del ser, o sólo el del deber. Y si las tres personas fueran dos diadas, la primera y la segunda personas, por un lado, y la primera y la tercera, por el otro, el yo sería producto de dos oposiciones; sería bidimensional. Pero como las tres personas son, efectivamente, una triada, conforman un sistema de tres oposiciones.

La primera oposición es la que se tiene entre la primera persona, por un lado, y la segunda y la tercera, por el otro, entre yo y los otros. Esta separación, entre aquel o aquella que está hablando y quienes no lo están haciendo es la que produce el yo del ser. Permite a cada uno cobrar conciencia de sí. Si podemos pensarnos como individuos, es porque podemos pensarnos como semejantes o diferentes a otros individuos, y si podemos hacer eso es porque podemos reconocernos como hablantes. Yo soy quien habla, no quienes han hablado. Yo soy quien habla como o no habla como quienes han hablado. Este conocimiento inicial es el que me permite ser quien me habla cuando me hablo, es la piedra angular de nuestra ontología.

La segunda oposición es la que se tiene entre la segunda persona, por un
y la primera y la tercera por el otro, entre y los demás. Es la separación entre la persona que hablará o hablaría después de mí y los que no lo haremos, él y yo, o ella y yo. Esta es de carácter deóntico: define quién debe o puede hablar. Es, por lo tanto, la que brinda la posibilidad de la ilocución la que le confiere su carácter social al habla, la que funda el orden del discurso.

La tercera oposición es la que se tiene entre la tercera persona, por un do, y la primera y la segunda, por el otro. Esta es de carácter topológico: separa a los que están frente a frente de quien no lo está. El, o ella, no es quien habla ni quien hablaría. Es, simplemente, el otro.

CUATRO

Pero, si las tres oposiciones son simultáneas porque son las de una triada, entonces definen de manera compleja no sólo a la primera persona, sino también a la segunda ya la tercera. Todas y cada una de las tres personas son, están y se comportan. Es por esto que dos pueden alternar sus papeles, como lo hicieran Bernardo y Francisco; la materia de ambas personas es la misma. Es también por esa razón que Claudio puede asignar a Polonio dos papeles a la vez, cuando, después de interrogar a Laertes, lo señala como tercera persona por medio de la morfología y lo designa como segunda por medio del léxico, en la pregunta: “¿Qué dice Polonio?”

       KING            Have you your father´s leave? What says Polonius?

       POLONIUS   He hath, my lord, wrung from me my slow leave

                            By laboursome petition and at last

                           Upon his will I sealed my hard consent. [9]

  

Es, asimismo, por eso que es posible promover o desplazar uno de los rasgos de una persona al referirse a ella por medio de las palabras que designan o aluden a otra: los rasgos están también en la otra. Pero esto entraña un ordenamiento diferente de los rasgos en cada persona de la lengua.

 Al menos en español y en inglés, los signos de la lengua que corresponden en principio a la primera persona del habla, los pronombres “yo” y “I”, pueden caracterizarse por la secuencia ontológica, deóntica, topológica. En cambio, los pronombres de la segunda persona, “tú” y “you” se caracterizarían por la secuencia deóntica, topológica, ontológica, y los de la tercera, “ella”, “él”, “he”, y “she”, por la secuencia topológica, ontológica, deóntica, como se muestra en el cuadro 1.

 Cuadro 1

Ordenamiento de los rasgos de persona

Yo                           Tú                         Él, Ella

 O                                 D                            T

 

CINCO

Cuando Bernardo dice “él” para decir yo, pone la topología de las personas la deixis, en el foco de la atención. Renuncia a ser el cero de las coordenadas, y adopta el marco de referencia que tiene a Francisco, el anterior yo, en el centro. Bernardo es, entonces, quien está allá en relación con el aquí de Francisco. Así, Bernardo se identifica como el de Francisco, acepta el mandato de responderle. La transposición de la tercera por la Primera personas crea un movimiento de en dos tiempos, que da prominencia primero al lugar después, a la obligación en que se encuentra el hablante.

Cuando Gertrudis emplea las formas de la tercera persona para referirse a sí misma también dirige la atención a la dimensión espacial del significado de persona. La reina es quien es allá, en relación con Hamlet, y se acerca a él. Pero hay ahora, además, por la yuxtaposición con el yo implícito en el “tú”, un efecto metafórico de la aproximación física: ella infringe la distancia protocolaria. Esto, a su vez, Conduce a una segunda metáfora: la madre rompe el alejamiento afectivo entre ella y el hijo.

Al poner frente a frente los órdenes T, O, D, y D, T, O, Shakespeare produce el orden D, O, T y, casi en el mismo instante, el orden O, T, D. Un nuevo yo, casi igual al que está codificado en la lengua, emerge. Su dimensión ontológica está, como en aquél, en primer plano; pero la topológica y la deóntica han intercambiado sus posiciones.

 PUNTOS SUSPENSIVOS

… En Hamlet, Shakespeare nos muestra cómo la tragedia del rey, la reina y el príncipe es el drama de la lengua y el habla: lo que se dice es acción con, por y contra lo que dice… acción desde los signos sobre los signos. Tal vez esta revelación subraye la pertinencia del tema principal de la obra, el monólogo
que crea la conciencia.
[10] Y quizá por esto nos llame la atención la fusión de la primera y la tercera personas en el enunciado que presagia el infortunio de la reina que preferiría recuperarse como madre.

DOS  PUNTOS

Ahora bien, lo que Shakespeare muestra en esa fusión, igual que en las otras que hemos considerado, es un proceso de resignificación que puede visualizarse como una serie de tres pasos. Primero, se disocian los significantes, en este caso el “she” tácito de la conjugación “carouses” y el “I” implícito en el uso de “thy”, de sus significados, las secuencias de rasgos T-O-D y O-D-T. En segundo lugar, se reordenan esos rasgos para producir la secuencia O-T-D. Finalmente, se asocia esta secuencia, como un nuevo significado, con el significante “I”.

Estrictamente, no cabría decir que se haya producido un signo nuevo, un par significante/significado nuevo, porque la nueva asociación “I”/O-T-D no queda propiamente inscrita en la lengua. Fuera de su uso en la aproximación descrita, “I” sigue siendo lo que era antes, el portador de los rasgos ordenados O-D-T. Pero por un instante —y en algunos casos por un periodo— es como si tuviéramos un nuevo signo. La transposición tiene el efecto de crear un cuasisistema de lengua, que difiere del sistema verdadero en unos puntos específicos y que, por contraste con éste, es provisional.

Transponer un pronombre, darle el lugar de otro, es, entonces, reconfigurarlo; y, caso límite de la sustitución, la transposición muestra que sustituir, es decir, equiparar dos desiguales, es redefinir ambos. De ello se sigue que la definición de pronombre como sustituto de nombre, ni abarca al pronombre, ni da cuenta de la relación entre nombre y pronombre.

Decir que el pronombre sustituye al nombre es un primer acercamiento a una caracterización propia del pronombre, porque es válido decir que un pronombre está en un lugar en el que podría estar un nombre. Pero si de esto concluyésemos que lo que es un pronombre puede derivarse de lo que es un nombre estaríamos equivocados; y la prueba es que, si lo aceptásemos, tendríamos que aceptar también que 1 y he son iguales, en tanto que ambos pueden sustituir a Barnardo, y que I y you también son iguales, puesto que los dos pueden sustituir a Hamlet. Luego, en tanto que la sinonimia de I, you y he es una conclusión absurda, debemos advertir que el acercamiento al pronombre como sustituto del nombre es sólo eso: una aproximación.

Ahora, hablamos de sustitución —podemos hablar de sustitución— en la medida en que con un pronombre se hace referencia al mismo individuo que con un nombre. Pero entonces, el nombre también obtiene sentido del pronombre, y no sólo se lo confiere, lo que es posible sólo si el nombre y el pronombre son en principio equiparables, si el nombre indica y no sólo denota.

Barnardo, “Bernardo”, un individuo que es antes de que Francisco le hable y que será después de hablarle, es también he, “él”, la persona que estuvo en ese momento y en ese lugar hablando con Francisco. Por arte de la correferencialidad entre nombre y pronombre, Bernardo es quien estuvo, quien ocupó esas coordenadas a las que yo puedo aludir desde este lugar en este momento porque puedo hacer referencia a Francisco. Y por esto, porque un nombre remite a una historia pronominal, a una sedimentación de lugares y momentos de habla, es que puedo hacer afirmaciones acerca de Hamlet, y que esas afirmaciones pueden ser juzgadas de manera análoga a aquella en que se juzgan las aseveraciones empíricas, aunque ni yo ni todos los que las juzguen podarnos identificar la cara de Hamlet.

PUNTO Y APARTE

La Posibilidad de sustitución revela que el nombre, como portador del significado INDIVIDUO y el pronombre, como portador del significado PERSONA, se necesitan mutuamente, forman un sistema, porque ella —la posibilidad— reside en las propiedades de la cadena de palabras dichas. Es ahí, en el decir, donde entran en correspondencia la triada de personas que sitúan el habla y la miriada de individuos que existen fuera del habla.

Esta Posibilidad de sustitución es también la que hace posibles los pronombres plurales, que reúnen, ahora, a Gertrudis y a Claudio, para dejar atrás a Hamlet, y luego, a Gertrudis y a Hamlet, para poner de lado a Claudio, que más que indicar conforman entidades colectivas: el nosotros que nos identifica a ella o a él y a mí frente a ti; el otro nosotros, que nos compromete mutuamente a ti y a mí ante él y ella; el ustedes que te identifica con él o con ella; el VOsofr,s, que es el nosotros frente a mí, y que te compromete junto con ella o con él ante nosotros; el ellos y el ellas, que simplemente reúnen a él con él, a ella con ella, a ella con él y, por lo tanto, me permiten definir el corro pronominal delimitar el espacio donde estamos los que hablamos del espacio donde están otros.

GUIÓN

Si la posibilidad de sustituir nombre y pronombre en la cadena de lo dicho es la condición que permite identificar personas con individuos y también aquélla de la cual depende la conformación de entidades colectivas, entonces es lo que permite que lo dicho por el fantasma de Hamlet padre trascienda el momento que fue dicho, que exhiba el orden falso de la corte. Es lo que nos permite a los seres humanos crear sociedad al hablar.

¿PUNTO FINAL?

 Un pronombre puede estar en el lugar de otro, haber sido puesto ahí, lo que muestra que los pronombres denotan, y no sólo indican. Esto supone que las personas de la gramática conforman un sistema,[11] y contradice la heterogeneidad de la tercera persona que las gramáticas tradicionales heredaron (aún) al funcionalismo[12] y a la teoría de la enunciación.[13]

 Por ende, la situación básica de comunicación es la triada, y no la diada de de Saussure.[14] Y, precisamente por ser esencial, la cardinalidad de la situación permite que el referente de un pronombre pueda ser un individuo distinto cuando un individuo distinto habla y, sin embargo, los individuos sigan siendo quienes son. Pero, por la identidad de los individuos, de mí y de ti, la variabilidad referencial de los pronombres, de yo y tú, entraña una diferencia entre el habla, necesariamente discreta, y el discurso, posiblemente continuo.

Esa diferencia hace posible el análisis del discurso y nos obliga a pensar el análisis cuando pensamos el discurso… nosotros. Ahora entonces, la continuidad del discurso en la discontinuidad del habla, junto con la posibilidad del análisis, son lo que permite decidir quién está cuando hablamos, además de definir quiénes somos nosotros. En consecuencia, la asociación, y por ende la sociedad, no puede ser sino discursiva, aunque la sociedad sea más que el discurso: lo que es cuando el discurso ya no está y lo que está antes de que el habla sea. Es decir aunque sea, como el mundo denotado dada.

¿Y no es por este doble carácter por lo que la sociedad está en la lengua y es en el habla? ¿No es por esto también que para el analista ha sido inevitable e irresoluble la sospecha de que la transgresión es consustancial al discurso? Si así fuera, tendríamos frente a nosotros lo que explica por qué las teorías de la sociedad no han sido teorías del discurso, incluyendo las que así se han llamado: dirigen la atención a las propiedades emergentes de la sociedad, y el discurso sólo brinda las condiciones de producción de la sociedad.

 

BIBLIOGRAFÍA

Bloom, Harold. 1994. The Western Canon. New York: Riverhead Books.

Castaños, Fernando. l999. “Corro pronominal”. 10° Encuentro Nacional de Profesores de Lenguas: Antología. México: CELE, UNAM. pp. 96-104.

Ducrot, Osvald. 1980. Les echelles argumentative. Paris: Les Editions de Minuit.

Jakobson, Roman (editado por Linda R. Waugh y Monique Monville-Burston).1990. “The speech event and the functions of language” On language.     Cambridge, Massa-chussetts: Harvard University Press. pp. 69-79.

Saussure, Ferdinand De (editado por Charles Bally y Albert Sechehaye). 1919. Cours de Lingüistique générale, Lausana y París.

Shakespeare,  William. C. 1601 (Edición de John Dover Wilson basada en el Segundo Cuarto de 1605 y el Primer Folio de 1623, 1934; reimpresión de la segunda edición, 1969). Hamlet. Cambridge: Cambridge University press.

 


[1] Agradezco a los colegas que participaron en el seminario “Identidades sociales e identidades discursivas” del programa franco-mexicano Discurso y sociedades, sus comentarios a este texto y a otras formulaciones de las ideas que lo vertebran. Doy también las gracia a quienes, en varios foros y en distintos cursos en los que las he expuesto, han expresado sus opiniones al respecto. Expreso a Ricardo Pozas mi reconocimiento por sus observaciones y sugerencias.

[2] La numeración de las líneas en los fragmentos que cito es la de la edición de John Dover Wilson para la editorial de la Universidad de Cambridge, 1934 (1969).

[3] REINA: La reina bebe por tu fortuna, Hamlet.

[4] Se designan como formas T los pronombres de las lenguas indoeuropeas que corresponden, aunque sea aproximadamente, al pronombre Tu del francés; y como formas V, los que corresponden al pronombre Vous de la misma lengua. La importancia de la elección de la forma T en este caso me fue señalada por Rodnev Williams

 [5] BERNARDO   ¿Quién está allí?
FRANCISCO   No, respóndedme vos a mí. Incorporáos y mostráos.

[6] REINA     Os obedeceré

[7] HAMLET   Ser o no ser, ésa es la pregunta:

Si es más noble sufrir en la mente

Las pedradas y los flechazos de la fortuna desaforada,

O tomar las armas en contra de un mar de problemas,

Y al oponerse, acabar con ellos.

[8] HAMLET Apacíguate ahora.

[9] REY               ¿Tenéis el permiso de vuestro padre? ¿Qué dice Polonio?

POLONIUS   Mi señor, él ha extraído mi permiso tardo

Por medio de una petición laboriosa, finalmente

He sellado su voluntad con mi duro consentimiento.

[10] Como lo ha planteado Harold Bloom en The Western Canon, Riverhead Books, New York, 1994, en las obras de Shakespeare se origina —y alcanza el máximo valor estético— la  representación del cambio autogenerado y sustentado en la autoescucha.  Añadiría que en Hamlet la conciencia del ser está en el centro del escenario porque la conciencia de la conciencia es el centro de la escena.

[11] La hipótesis, que encuentra confirmación aquí, es uno de los planteamientos que ha animado el trabajo del seminario “Identidades sociales e identidades discursivas”. Ver, por ejemplo, mi trabajo intitulado “Corro pronominal”, en la sección dedicada al panel “Tú, yo y siempre el otro: identidades en juego” de la antología del 10° Encuentro Nacional de Profesores de Lenguas: antología, CELE, UNAM, México, 1999, o los otros que pertenecen a la misma sección, escritos por colegas participantes en el seminario.

[12] Para Roman Jakobson, autor central de esta corriente, las funciones del lenguaje corresponden a los elementos de una situación de comunicación en la que participan un remitente y un destinatario. Ver, por ejemplo, su artículo titulado “The speech event and the functions of language”, que se encuentra publicado en su libro On language (editado por Linda R. Waugh y Monique Monville-Burston), Harvard University Press. Cambridge, Massachusetts, 1990.

[13] Para Osvald Ducrot, autor central de esta corriente, el habla es un proceso por medio del cual el hablante persuade a su oyente gracias a orientaciones argumentativas codificadas en la lengua. Ver, por ejemplo, su libro Les echelles argumentatives, Les Éditions de Minuit, Paris, 1980.

[14] En Cours de lingüistique générale (editado por Charles Bally yAlbert Sechehaye, Lausana y Paris, 1916), texto que funda la lingüística del siglo XX, de Saussure postula que la comunicación es un proceso en el que participan dos personas, un hablante (el emisor) y un oyente (el receptor).

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